Una mañana de 2012 desayuné con don Xavier López. Fue a la casa de nuestro amigo común, el profesor Antonio Osorio Vázquez.
En aquella mesa familiar conocí a un señor que conocía y amaba a Yucatán más que muchos que han nacido en esta tierra. Con su voz grave, como un adulto que conoce el mundo y es rico en lecturas, tejimos una variada conversación gracias a la cual pude verlo descender de su altura de leyenda del cine y la televisión a la condición de simple, sin reflectores, del ser humano
Ese mismo día, en una camioneta espaciosa y cómoda, lo llevé a visitar Diario de Yucatán.
Recién pisó la calle 60 y un aluvión de gente, sobre todo niños, gritaba, no su nombre, don Xavier López, sino el otro, el famoso, el sonriente personaje que vimos nacer en Televista en 1954 con la compañía de un generoso Yucateco, Don Ramiro —Tío— Gamboa.
Y era la cara del desayuno en miles de hogares mexicanos todos los domingos.
“¡Ahí está Chabelo! ¡Mira, es Chabelo!”
Dentro del periódico, su presencia alteró las actividades diarias. Todas las abejas de la colmena se acercaron a ver a don Xavier darle la mano al entonces director, secretarias, técnicos, redactores. Todo vuelve a la infancia y los sueños.
Cuando horas después don Antonio me permitió acompañarlo al aeropuerto, don Xavier fue nuevamente reconocido y aplaudido. Sonrió porque estaba convencido de su permanencia en la memoria, a pesar de que no usaba pantalones cortos y hablaba como un niño de jardín de infantes. Según una opinión —desagradable— que leí por estos medios electrónicos, don Xavier era arrogante, desagradable y ávido de espacio. Levantó la voz, dio órdenes. Quizás no entiendan que en el mundo de la escena, desde la espléndida Grecia, los actores se cansan de desdoblar y encubrir otras vidas.
Tras la tragedia, el protagonista y el deuterogonista se quitaron las máscaras de madera y dejaron de ser Heracles o Agamenón para llamarse Liceo, Gerenio o cualquier otro nombre vulgar.
A don Xavier, en el terreno de la realidad, le gustaba ser él mismo, exigía que lo trataran con respeto. No podía ser el “niño grande” de todos las veinticuatro horas del día. Tuvo que evitar que la fama sacrificara sus verdaderas horas en el altar del enorme plató de alegrías, concursos y regalos.
Hoy tanto el personaje como don Xavier López han muerto de verdad. Satisfechos serán aquellos ociosos del asco que cada semana lo mataban o lo usaban para medir las edades de la Tierra. Satisfechos en su pequeñez y su espacio limitado.
Cronista de Mérida.
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