
El acuerdo de intención de compra de trece centrales de Iberdrola por parte de la gestora Socios de infraestructura de México (MIP), anunciado la semana pasada, fue celebrado por el Presidente de la República como “una nueva nacionalización que beneficia al pueblo”.
La información sobre la eventual transacción, valorada en aproximadamente 6.000 millones de dólares, ha sido clara por parte de Iberdrola. Al ser una sociedad cotizada, Iberdrola ha desvelado, de forma detallada, las razones y los efectos que espera del acuerdo.
Por ejemplo, ha anunciado que el 87 por ciento de la energía que generan los activos está contratada con la CFE y su concesión está sujeta a renovación; El 60 por ciento tiene más de 16 años en operación y 4 activos están afectados por litigios con organismos reguladores. La compañía considera que la operación es consistente con su enfoque estratégico en energías renovables y mejora sus indicadores financieros.
Por el contrario, el gobierno federal ha proporcionado información confusa y, en ocasiones, engañosa, especialmente con respecto a tres detalles clave.
La primera se refiere al comprador. Aunque Iberdrola especifica que la venta se haría a un fideicomiso administrado por MIP, el gobierno federal se adjudica la propiedad de los activos al señalar que, en este “vehículo de inversión”, el gubernamental Fondo Nacional de Infraestructura (Fonadin) tendrá participación mayoritaria. El comunicado oficial afirma que el acuerdo representa una generación más para el Estado.
La autoasignación de propiedad por parte del gobierno se descuida, por decir lo menos, ya que la propiedad legal del fideicomiso recaería en el MIP, como fideicomisario, mientras que el gobierno, en la medida de su participación, recibiría los beneficios de los activos. depositado.
La segunda peculiaridad es la opacidad de la financiación. El gobierno ha admitido que Fonadin pediría prestado para aportar capital al fideicomiso. Sin embargo, la SHCP ha minimizado el aumento de pasivos al afirmar que no aumentaría la deuda “presupuestaria”, porque el Fonadin está “fuera del balance del sector público”.
El intento de ocultar el endeudamiento del gobierno a través de la contabilidad contradice los estándares de transparencia exigidos por las autoridades de empresas y personas. Con todo, la trampa falla ya que los pasivos de Fonadin son parte del concepto más amplio de deuda pública.
Como en otras decisiones, la presente administración parece ignorar el costo de oportunidad del desembolso de los recursos. En descuido de sus funciones básicas, como la provisión de seguridad pública, salud y educación, o de necesidades apremiantes de infraestructura, como las redes de transmisión, que afectan la calidad del suministro de energía, el gobierno prefiere gastar en la transferencia de activos, sin aumentar la capacidad de generación eléctrica del país.
La tercera singularidad es que la CFE operará las trece plantas, lo que, según el gobierno, le permitirá reducir costos. Este cambio parece haber contribuido a la presunción del gobierno de que podrá superar el objetivo de una participación de mercado del 54 por ciento en la generación de electricidad nacional.
Sin embargo, parece poco probable que las plantas transferidas generen una disminución en los costos promedio. Los activos son independientes y están dispersos geográficamente, lo que limita las posibilidades de economías de escala. De hecho, es probable que ocurra lo contrario, considerando la menor eficiencia operativa de la CFE frente a Iberdrola, derivada, entre otros factores, de su mal gobierno corporativo, sus generosas prestaciones laborales y su falta de controles.
Además, el objetivo de participación de mercado carece de justificación económica, si se tiene en cuenta que la competencia en generación se está contrayendo y la CFE quiere producir lo que compraba a menor costo.
Más allá del uso adecuado del término, la caracterización del acuerdo como una “nacionalización” refleja el rechazo presidencial a la inversión extranjera y, en particular, a Iberdrola. La venta de la mayor parte de sus activos en México parece haber sido una excelente decisión de esa firma, luego de varios años de hostigamiento gubernamental y trabas a su operación y desarrollo. El mensaje es pésimo para las perspectivas comerciales, al reforzar la imagen de alta inseguridad jurídica en el país.
De llevarse a cabo, esta transacción beneficiará principalmente a algunos políticos, pero no a la sociedad. Al final, ahuyentar la inversión se traduce en un menor potencial de crecimiento en el nivel de vida de la población.
Es ex vicegobernador del Banco de México y autor de Economía Mexicana para Desencantados (FCE 2006).
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