jue. Abr 30th, 2026

Según indica la encuesta de Noticias publicada ayer, el Presidente mantiene un alto índice de aprobación (58 por ciento), lo que se explica por su concentración de poder y el despliegue diario de su fuerza personal.

La mayoría piensa que sus políticas públicas son negativas, están desaprobadas y que en algunos casos son un rotundo fracaso.

Pero celebran su autoritarismo dándole una buena nota personal.

El poder que ostenta –y aumenta a la menor oportunidad– lo convierte en un presidente muy popular.

Desde que comenzó su carrera en la oposición, ha ganado popularidad… por su poder para doblegar autoridades y leyes.

El presidente priísta que autorizó su candidatura ilegal a jefe de Gobierno del Distrito Federal, y los líderes panistas que lo apoyaron, le dieron popularidad porque AMLO los redoblaba con la fuerza de un par de manifestaciones en el Zócalo.

Su popularidad es producto de su fuerza, y no al revés.

Los que marcharon contra el desgobierno en 2005 le ratificaron que no vienen a él con el hecho de que la ley es la ley.

Cuanto más se inclinan ante sus presiones, mayor es su popularidad.

Es cierto que su aprobación es inferior a la del INE, la del Inai, la del Tribunal Electoral y la de la Corte Suprema, pero el 58 por ciento es muy alto en comparación con la destrucción provocada en cuatro años.

Sus violaciones de la ley lo hacen más popular. Poder.

Por eso se enfurece contra el Tribunal de Justicia y la prensa libre, porque contienen su poder.

Odia a los ministros que no le han permitido cambiar la Constitución para mantenerse en el poder. De eso se trataba el experimento en Baja California, la propuesta de que Arturo Zaldívar se quedara en el cargo, o la consulta “para que el Presidente siga”.

Pero aún así su poder es inmenso y le da popularidad.

Supo transformar a los diputados y senadores de Morena en aficionados y consiguió que dejaran de pensar.

Convirtió a sus seguidores en fanáticos de su persona.

Puede otorgar poderes comerciales y académicos al Ejército y burlarse de los científicos con la mano en la cintura.

Todos los días acusa a personas e instituciones prestigiosas de criminales, antipatrióticas e inhumanas, dando así carta blanca para actuar en su contra.

Como dicen los profesores Ivan Krastev y Stephen Holmes en su magnífico libro La luz que se apaga: “Para él (Trump) alguien leal no es alguien que lo apoya cuando tiene razón, sino alguien que lo apoya incluso cuando está equivocado, sea cual sea el precio”.

Ese es AMLO. Lo demostró la semana pasada cuando mostró su poder al derribar a los senadores más inteligentes de Morena.

Los sometió, desistieron de pensar y se fueron aplaudiendo de Palacio Nacional.

Por supuesto que es popular, cómo no va a serlo.

Con sus insultos y monstruos malvados que crea cada mañana, galvaniza el resentimiento de quienes no han tenido la oportunidad de lograr en la vida lo que creen merecer.

Les señala cada mañana quiénes son los culpables: “Mis adversarios” son también los adversarios de vuestra prosperidad.

Por eso el Presidente (aquí parafraseo lo que dicen los autores antes mencionados) no siente obligación alguna de representar a los mexicanos que no estén de acuerdo con él.

López Obrador es popular mientras tiene el poder. Poder para humillar, para mentir, para transgredir la ley, para pisotear reputaciones, para someter a la Legislatura, para atacar a los medios de comunicación ya la Corte Suprema.

Se va el próximo año y ya no tendrá electricidad. Su popularidad se desplomará.

Por eso hay una competencia abyecta entre quienes aspiran a sucederlo: le hacen creer que seguirá mandando, que seguirá teniendo el poder.

Es decir, seguirá siendo popular.

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Metro

By Metro

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