sáb. Abr 25th, 2026

Los signos de desquiciado se han intensificado en el Presidente de la República y el país está atrapado en su creciente odio, cuando aún faltan 16 meses y medio para que deje el gobierno.

De aquí al 30 de septiembre del próximo año, México estará a expensas del ánimo presidencial.

El punto de inflexión que precipitó su descontrol fue la encuesta que puso por encima de él en aceptación a la presidenta de la Corte, Norma Piña.

A partir de ahí se rompió el dique de contención y el torrente de sus impulsos arrasa con instituciones, gremios y personalidades respetadas por la sociedad.

Luego vino el contagio poco creíble de covid, cuando se desmayó en Yucatán, sin saber hasta ahora qué médicos lo atendieron.

Andrés Manuel López Obrador es un hombre que somatiza sus derrotas. Cuando perdió contra Peña Nieto y el entonces presidente -recién llegado- aprobó con mayoría calificada en el Congreso las reformas que iba a frenar, le dio un infarto.

Luego de haber perdido en los tribunales lo que considera “esencial” de su proyecto, una ley de comunicación social para campañas y otra sobre responsabilidades administrativas, el desquicio del Presidente escaló ostensiblemente.

El martes empezó hablando de los españoles “cuando nos invadieron” y de que “no vinieron a civilizarnos”, y luego prorrumpió en insultos contra la Corte y sus ministros, porque no estaban de acuerdo con él.

Hablaba del daño que una empresa le había hecho a los manglares en Quintana Roo, y de la nada se acordó de Carlos Loret y lo convocó para responder a un reto sobre bienes y propiedades.

Ya le cuesta hilvanar ideas. Sus fantasmas lo asaltan y de repente se pone furioso, y luego se ríe a carcajadas.

Ese día López Obrador anunció que va a presentar una iniciativa de reforma constitucional para desaparecer la actual Suprema Corte de Justicia de la Nación y que a partir de ahora los ministros son elegidos por voto popular.

No importa su conocimiento, sino su popularidad.

Para eso, dijo, necesita ganar una mayoría calificada en el Congreso en las elecciones federales del próximo año.

Con esa mayoría de Morena y todavía él como Presidente, se impondrá la dictadura: una Corte elegida por los votantes de Morena. Lo mismo ocurrirá, dijo, con los asesores electorales. Desaparecerá el INAI y con ello se anulará el acceso a la información (Artículo Sexto de la Constitución).

Si así reacciona ante una derrota en la Corte, ¿qué hará cuando los ministros frenen la segunda parte del plan B electoral?

Yo pregunto: ¿qué va a hacer el presidente López Obrador si no llega a la mayoría calificada en el Congreso el próximo año?

Intentará destruirlo todo.

Gane o pierda, lo peor está por llegar.

Dieciséis meses en los que el país quedará atrapado en sus resentimientos.

Ayer dijo que el Premio de Derechos Humanos 2023 a Norma Piña, presidenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (que otorga la Asociación Internacional de Mujeres Jueces, que reúne cada año a 10.000 juezas de 143 países), es “uno de esos que se consiguen en la Plaza de Santo Domingo.

Llamó “delincuente” al exfiscal general de la República Ignacio Morales Lechuga por defender a Loret.

Destiló sarcasmo por el doctorado honoris causa que recibió en Sevilla el rector de la UNAM, Enrique Graue, y por el reconocimiento al historiador Enrique Krauze en España.

Así se expresó el periodista Carlos Loret cuando solicitó una entrevista: “Imagínate que me voy a dejar entrevistar. no quiero verlo Quiero decir, es un matón. O sea, me reservo el derecho de admisión, sí, aquí me reservo el derecho de admisión. No puedo encontrarme con bandidos, no puedo encontrarme con matones, no puedo encontrarme, no, no, no, nada, nada, nada”.

Son signos públicos de trastorno que sus médicos deben atender. Nadie se beneficia de tener otro ataque al corazón.

Y en política, ojo: todo lo malo puede pasar por la frustración de un político que llegó a Presidente y no ha podido hacer nada constructivo.

¿Tu proyecto era que no hubiera devaluación del peso?

Un poco. Y no es su mérito.

¿Quería gobernar para hacer un tren en la selva que costará 400 mil millones de pesos a los contribuyentes?

¿O construir una refinería en una zona protegida, que va a costar más del doble de lo presupuestado?

Si esos 400 mil millones de pesos del tren se hubieran invertido en un sistema de salud pública robusto, sería reconocido.

Si los 18 mil millones de dólares de la refinería Dos Bocas se hubieran canalizado a infraestructura vial de primer mundo en Tabasco, Campeche y Chiapas, hubiera cambiado la vida de los habitantes de esa región.

No hay nada de eso.

Su legado será un agujero negro con oportunidades perdidas, más los líos que hará antes de enfrentarse a la realidad el 1 de octubre del próximo año.

Dieciséis meses estaremos atrapados en su pánico y frustración.

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Metro

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