
Ayer hubo elecciones en dos países. En Türkiye, la segunda vuelta de las elecciones presidenciales; en España, elecciones municipales. Vale la pena verlos para entender mejor lo que se viene en México.
En Turquía, Recep Tayyip Erdogan, que lleva más de 20 años en el poder, primero como primer ministro y ahora como presidente, logra ganar la reelección en unos comicios que ya están lejos de ser considerados democráticos. Erdogan se deshizo de su principal oponente, con una falsa acusación que le impide presentarse a las elecciones, controla la Corte, impide la libre circulación de información (incluso a través de Internet, bloqueando sitios enteros), ha construido un discurso religioso para mantener el control desde las zonas rurales del país y, para nada, también reparten dinero. Ya no se puede hablar de elecciones democráticas, como decía, sino del uso de las elecciones como medio para legitimar una autocracia.
En España, las municipales muestran el fortalecimiento del Partido Popular, en detrimento del PSOE, pero también un crecimiento en los extremos. Por un lado, Vox, que está recogiendo lo que queda del naufragio de Ciudadanos; por otro, Bildu, que no es más que la pantalla civil del viejo terrorismo vasco, crece gracias a los errores del PSOE, que le ha dado vida artificial, lo mismo que Unidas Podemos, el partido chavista en España. Los extremos son todavía pequeños, comparados con los dos grandes partidos del centro, pero no dejan de crecer, y ya no son expresiones marginales.
Estas elecciones me parecen reflejar el momento que estamos viviendo a nivel mundial. Cuando los populistas no han llegado al poder, las elecciones siguen funcionando, y muestran una población preocupada, que no entiende del todo lo que está pasando, y que por esa angustia busca respuestas en los extremos. No porque los haya, sino porque en esos espacios los líderes no tienen límites, y son capaces de mentir, engañar, ilusionar.
Cuando han llegado los populistas, las elecciones pierden su carácter democrático para convertirse en referéndums controlados: sin reglas claras, sin normas, sin espacios para resolver conflictos, sin libertades mínimas de información y reunión. Hay varias versiones, pero creo que los casos de Orbán en Hungría y Erdogan en Turquía son los menos cínicos, en comparación con lo que hemos visto en Nicaragua, Venezuela o, al final de la lista, Cuba.
México vivió el primer caso en 2018, y la población, angustiada por no entender, fue en busca del extremo, donde un líder cínico y mentiroso fue capaz de engañar a millones con promesas que nunca podría cumplir. Muchas, nunca había pensado en cumplirlas; otros, simplemente no pudo, no lo da. Todo indica que en 2024 estaremos muy cerca del otro caso, elecciones que no son plenamente democráticas. Nos separa de esto un INE debilitado, en manos de una persona que a todas luces coincide con el Presidente, es ideológico e incompetente. También tenemos un Tribunal Electoral y una Corte Suprema que han perdurado el mayor tiempo posible. En ambos casos hay una mayoría de magistrados y ministros interesados en cumplir con su trabajo, con su deber, pero sus decisiones no pueden convertirse en acciones si los brazos ejecutores, los fiscales correspondientes, no están dispuestos a ello. Y es el caso.
Por eso es tan importante la elección de 2024, porque puede ser la última que tenga alguna cercanía con la democracia. Si los populistas logran mantenerse en el poder, no habrá más democracia en México. Dirán que sí, eso es lo que promueve Orbán, la democracia iliberal. Pero esa es una historia para lavarle la cara a la gente que toma el poder, por el poder mismo o para saquear a la población. Es la última llamada.
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