vie. May 8th, 2026

El muy avanzado, e ilegal con todas sus letras, el inicio del proceso electoral rumbo a las elecciones federales que se realizarán el próximo año para elegir al (¿o?) Presidente del país también iniciará el período de auge en el gasto público durante el ciclo político: uno donde la expansión del gasto social será muy superior a la observada para el resto del sexenio, y de continuar la tendencia actual, otro cuya opacidad y rendición de cuentas también quedarán pendientes.

Durante la totalidad de este quinquenio administrativo federal, la opacidad en la rendición de cuentas del gasto público destinado a proyectos sociales o de inversión, así como en el seguimiento de la normativa, el diseño, seguimiento y evaluación de los impacto de los programas sociales, fueron el lamentable “sello de la casa” de la amplia gama de programas sociales implementados desde el gobierno federal.

Programas federales como “Jóvenes Construyendo Futuro”, las “Becas para el Bienestar Benito Juárez”, así como “Sembrando Vida” y las “Pensiones para Adultos Mayores” se destacaron más por ser ideas con buenas intenciones (en el mejor de los casos) casos) que por tratarse de programas que buscan erradicar la pobreza en la que, inevitablemente, terminarían millones de mexicanos que reciben este apoyo si éste fuera retirado.

Pero, ¿por qué estas personas deberían verse privadas del apoyo que tanto necesitan, que en muchos casos ahora es requerido por ley? Por una sencilla razón: los recursos del gobierno son finitos, y salvo que se acelere la recaudación de impuestos, se reduzca aún más la emisión de deuda pública (que, por cierto, ha alcanzado nuevos niveles históricos de coste de financiación), o el muy pobre recurso. destinados a otros gastos que también son necesarios, estos programas carecen de una autogestión financiera que les permita seguir operando de manera sostenible.

Adentrándome un poco en el peligroso mundo del “debería ser” (del que prometo salir en las próximas líneas), el objetivo fundamental del gobierno no debe ser jugar un papel de eterno proveedor de caridad en la forma de la asistencia social, sino de brindar verdaderos mecanismos que permitan a las personas alcanzar su pleno potencial de manera independiente, liberándolas permanentemente del yugo de la pobreza y la vulnerabilidad.

Durante la década de 1990 y gran parte de la década de 2000, México se destacó por ser un país líder mundial en el diseño de programas sociales destinados a erradicar la pobreza de raíz: aportando inventiva en la inversión de capital humano. PROGRESA, OPORTUNIDADES y PROSPERA fueron programas sexenales cuyo fundamento fue utilizar eficientemente los recursos públicos, facilitando la adquisición de salud, educación, información y prevención, en hogares vulnerables utilizando la figura femenina como eje de construcción del tejido social y nuevos poder. .

Se podrían formular muchas críticas a estos programas, pero un hecho era cierto: la evidencia era en su mayoría positiva con respecto a los efectos que tenían en su población objetivo.

Este aprendizaje será fundamental para que en el futuro sirva de eje para la construcción de nuevos programas sociales que se alejen de la simple asistencia que se limita a “dar dinero” en forma de transferencias, a una que considere lo complejo tejido social e institucional en el que los mercados son insuficientes para resolver problemas fundamentales como la desigualdad de oportunidades. Aunque ese futuro parezca lejano, estemos preparados porque requerirá de la participación de todos para reconstruir la institucionalidad social necesaria para el correcto funcionamiento del país, con transparencia, apertura, objetivos apartidistas y una visión más allá de las próximas elecciones.

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Metro

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