
Qué bueno que nos acerquemos al cierre de una gestión presidencial que, hasta hoy, podríamos decir estará coronada por un crecimiento prácticamente inesperado de la economía, con tasas de inflación estables o en descenso y una cascada de anuncios de nuevas y prometedoras inversiones.
Qué mal que este fin de ciclo de gobierno se concentre, una vez más, en el atrabiliario y bloqueado discurso presidencial y sus anfitriones contra jueces, ministros y magistrados, hostilidades que conducen a un juego “perverso” como lo calificó José Woldenberg en su artículo en el el pasado martes en lo universal. Ataque verdaderamente agresivo, orquestado desde lo más alto del Poder Ejecutivo, coreado festivamente por quienes forman filas en ese curioso ‘ejército’ que apoya a la gran coalición morenista.
Tal como están las cosas, hay poco que celebrar y mucho de qué preocuparse. Para empezar, preguntarnos si esta guerra, todavía simbólica hasta hoy entre dos de los poderes del Estado, no tendrá repercusiones negativas en el todavía temible cuadrante de las inversiones y las decisiones que las acompañan y preceden; si no pone en riesgo abierto el mapa de proyectos que contribuyan a recuperar el interés y la respetabilidad que México alcanzó y que sus dueños, incluidos los habitantes del llamado sector público de la economía, pudieron disfrutar durante un buen número de ellos. de décadas: un hecho que muchos calificaron como un “milagro” del que, sin embargo, no podía responsabilizarse de sus propios éxitos.
Para muchos observadores, las críticas al ‘desarrollo estabilizador’ se centraron en un nuevo tipo de desigualdad que implicó los nuevos contingentes de trabajadores que se incorporaron, incluso en las actividades más productivas, opiniones que crecieron en años en los que los gobiernos ejercieron una inusitada represión y, Luego del ataque al movimiento social liderado por los ferroviarios de Demetrio Vallejo, el Estado precipitó su estrepitosa caída política tras los salvajes ataques a universidades, universitarios y la ‘solución’ criminal que quiso imponer el 2 de octubre.
Años tristes y duros de los que, como nos recordó don Jesús Silva Herzog en un mensaje leído por su hijo Jesús, “todo cambió” pero, afortunadamente, de ese nudo represivo que implicó la pérdida de toda legitimidad de gobiernos que se veían como directos. y herederos legítimos de aquella revolución gloriosa, que incluso nos dio la Constitución. Surgieron nuevos y grandes movimientos proletarios, esperanzadores y de gran alcance, como la Tendencia Democrática de los electricistas encabezada por don Rafael Galván.
Asimismo, el sufrido y castigado campo mexicano auspició importantes e innovadoras iniciativas que buscaban ir más allá de la tradicional demanda agraria y, en un conjunto complejo y hasta contradictorio, el país volvió a vivir grandes jornadas de demanda social capaces de absorber los anhelos libertarios que llevó a muchos jóvenes a optar por las armas y, poco después, se encuentran encadenados en los peores calabozos de lo que sus propios protagonistas bautizaron como una guerra sucia. Esta demanda social de tantas esperanzas no fue encauzada favorablemente y para muchos de estos nuevos proletarios no hubo otro camino que la más indefensa informalidad laboral o la huida descarada hacia el Norte. Y efectivamente, como decía el Maestro Silva “todo cambió” aunque sus beneficios e indudables avances no fueron suficientes para todos.
Con la demanda democrática inaugurada por los estudiantes en 1968, a un costo muy alto, se cultivó una vena de aliento y esperanza que desembocó en un cambio político de grandes proporciones.
Después de años de introducir reglas y acuerdos democráticos, el país no podía cantar victoria y mucho menos sentarse a contar triunfos y anécdotas como si la vida democrática fuera una obra terminada y no un sistema vivo. Imprudencia o interés miope que ha facilitado que la agenda de quejas y carencias, acumuladas por años de escaso crecimiento y peor redistribución de sus frutos, siga creciendo. En 2018, muchos esperábamos que con los años de aprendizaje y meditación de quienes ahora vivimos en Morena, tuviéramos un gobierno con clara vocación progresista, de justicia social, eficiente y transparente. No fue así.
Ahora, son muchas las voces bien intencionadas que advierten sobre un cuasi colapso del régimen a medio construir de nuestra transición, lo que, de suceder, sería un verdadero desastre histórico para el que no estamos preparados.
Nuestra impotencia es clara, será mejor que nos ocupemos de ello pronto y con generosidad.
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