dom. Ago 16th, 2026

El otro día asistí al picnic de cumpleaños en Monterrey que su familia está organizando para un buen amigo mío. (No tengo malos amigos). Se sirvió un banquete mejor que el de las bodas de Camacho en Don Quijote. Había chivo, claro, al natural, claro, claro, es obvio, preparado de seis o siete maneras diferentes: al pastor, al horno, en ataúd, en adobo, guisado en salsa de tomate, frito… Había cordero al griego. Había cerdo asado a fuego lento. Había -algo inusual- patagorría, que no es un platillo de Nuevo León, sino un platillo declarado de Coahuila, del Centro y Norte de mi estado natal. La patagorría, cuyo nombre tradicional es “patagorrilla”, o también “patagorrillo” -palabra relacionada con “batiburrillo”, que significa cazuela-, es el guiso que se elabora con las entrañas, los despojos troceados del cordero, el cabrito y Incluso el mismo cerdo. Pero eso no fue todo. También estuvieron unos famosos chiles rellenos de frijoles, una gala de la cocina criolla cuyo indescriptible sabor se logra al freír los frijoles con manteca de cerdo en la que se colocan hojas de aguacate. Había unos quesos de cabra indescriptibles. Y a la hora del postre apareció toda la confitería regional, con las glorias gloriosas de Linares, los turcos de la antigua Villa de Santiago, las deliciosas frutas de los molinos de la región de los cítricos, el pan de Bustamante, además de todas las galas. de la pastelería urbana. La fiesta de Lúculo fue ésta. Este Lúculo -la verdad es que su nombre debería decirse sin tilde: Lúculo, pero así suena feo- era un romano famoso por los banquetes que ofrecía, llenos de delicias exóticas que maravillaban a sus comensales. Una vez este Lúculo -Lúculo- dejó cautivados a sus amigos con el sabor de unas pequeñas frutas que había traído a Roma desde Asia. Aquellos pequeños frutos eran cerezas, hasta entonces desconocidas en Europa. Pero vuelvo a Monterrey que está más cerca. A mi lado estaba cierto compañero que días antes me había dicho que estaba siguiendo una dieta rigurosa para contrarrestar los efectos visibles que la gula había dejado en su abdomen. No pude evitar observar que dicho compañero cantaba sobre dos mejillas, y lo habría hecho aún más si hubiera tenido más de dos. Fue probando de todo, sin dejar pasar ni uno solo de los platos que los camareros llevaban a las mesas. Se sirvieron porciones competentes y él dio un relato detallado de todas ellas. La tentación de acorralarlo era irresistible, un mexicanismo que significa burlarse de alguien. Le pregunté sarcásticamente: “¿No dijiste que estabas a dieta?” Entonces escuché de sus labios una de las frases más sabias que he escuchado en los últimos tiempos, y vaya, casi todos los días escucho o leo frases sabias. Me dijo estas tres palabras aladas que, aún en su brevedad, son susceptibles de convertirse en máxima, frase, dicho o aforismo: “El gorro mata la dieta”. Esa expresión lacónica debe quedar inscrita en el bronce eterno o en el mármol duradero. En efecto, lo que se regala tiene un sabor muy especial; No hay propósito dietético o penitencial que pueda vencer la tentación de aprovechar los dones recibidos gratuitamente. “Nadie puede correr hasta el límite”, dice una frase que tiene mucha verdad. Sin embargo, tenga cuidado. En definitiva, nada es gratis. Quienes apoyan a un líder deben saber esto porque les da dinero o les regala cosas. A cambio pide su libertad. El que te guarda te detiene. Si recibes algo debes dar algo de valor similar para poder preservar tu integridad. Lo que se da cuesta. Recordemos, pues, otro sabio proverbio mexicano: “Más cara es una gorra que un sombrero a rayas”. FIN.

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