lun. May 18th, 2026

Incluso hace 100 años, la verdad era ampliamente reconocida y respetada. No es pesimista pensar que hoy la verdad sufre de anemia severa. El éxito práctico del engañador de las masas es ahora muy efectivo en gran medida porque la voz de Pilato resuena hoy más que nunca con su “Quid est veritas?” –“¿Cuál es la verdad?”- pero también porque la rapidez y extensión de los mensajes son hoy extraordinarias gracias a la tecnología y sobre todo a las redes sociales.

El engaño de las masas ha pasado de un nivel local a niveles nacionales e incluso globales. Ahí tenemos el impacto arriesgado de ciertas campañas mediáticas como la de que Obama no nació en Estados Unidos y por tanto no podría ser presidente; o la de Trump, que negó insustancialmente la victoria electoral de Biden; también la idea conspirativa y negacionista contra las vacunas en general y en especial durante la pandemia del coronavirus.

Recordamos también la inexistencia de armas de destrucción masiva en Irak como supuesta justificación para invadirlo; también la historia de que la salida del Reino Unido de la Unión Europea (Brexit) supondría un ahorro semanal de 350 millones de libras para los británicos -que irían destinados a la salud del pueblo-, algo que no solo no sucedió, pero que los mismos propagadores de la mentira confesaron que era un argumento a sabiendas falso pero útil para convencer a millones de adultos mayores y así ganar el referéndum para salir de la Unión, como de hecho sucedió con una ajustada votación de 52 a 48%.

Las estrategias de mentira con fines de convencimiento o persuasión ideológica o política tienen, además de la mentira (incluso evidente, cínica), varios otros ingredientes, como el sentimentalismo, la desinformación o la ignorancia, las narrativas populistas de derecha y de izquierda, la inoculación de el miedo, el sueño incluso de lo imposible, el apetito popular por el chisme, el “jingoísmo”, la creación de un enemigo común y por supuesto el uso de la tecnología como el micrófono, la radio y los cortometrajes durante el régimen nacionalsocialista alemán, soviético comunismo y fascismo italiano; a las actuales tecnologías de comunicación sofisticadas, de altísima velocidad, algorítmicas, ampliamente disponibles y de bajo coste e incluso, ya llamando a la puerta en comunicación, la tecnología cuántica y la inteligencia artificial, esta última incluso capaz de “diálogo autónomo” con el usuario.

Un precedente que nos dice que la posverdad ya se gestaba a finales de la Edad Media en la mente de Nicolás Maquiavelo se contiene en este párrafo de su obra “El Príncipe” (cabe aclarar que en esta obra el ‘príncipe’ es el Gobierno): “Me guardaría bien de dar tal precepto (para decir la verdad) a los príncipes si todos los hombres fueran buenos; pero como son malos y siempre están dispuestos a quebrantar su palabra, el príncipe no debe ser exacto y celoso en cumplir la suya; siempre encontrará fácilmente una manera de disculparse por esa inexactitud”.

En este punto creo que la recomendación de Maquiavelo no ha sido ignorada hasta el día de hoy, pues nos queda muy claro, y sobre todo en esta era de la posverdad, que muchos políticos ya no son mentirosos como cualquier ciudadano, sino artesanos de la posverdad siempre que, de hecho, con frecuencia desprecien la verdad siempre que engañar a las masas les sea útil para sus fines políticos, personales o grupales, ya que, como les dice Maquiavelo, los ciudadanos son malos y mentirosos y también habrá Es hora de disculparse por su “falta de precisión”, la forma simpática que tiene el autor de llamar mentiras.

Pero no sólo en la política se destaca el artífice de la posverdad, sino también entre los ideólogos, la prensa y en general en los líderes de masas. No es lo mismo posverdad que mentira: la incluye, sí, pero la va más allá cada vez que la desprecia, la ignora.

La mentira es para unos pocos, la posverdad es para las masas y, si es posible, para todos; la posverdad es, en atractivas cápsulas, la droga más fascinante, adictiva y estupefaciente.

Cardiólogo de la UNAM. Máster en Bioética.

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