mié. Abr 15th, 2026

Universidad Iberoamericana de Puebla y Universidad de Guadalajara

Parece que hoy vivimos un asedio a nuestra democracia, nuestra sociedad, nuestras libertades, nuestra economía, nuestro medio ambiente y nuestro planeta. Según el diccionario de la Real Academia, asedio es la “operación por la que un grupo armado cerca un emplazamiento enemigo, impidiendo su entrada y salida, hasta conseguir su rendición”, o la “presión ejercida sobre alguien”.

Estos días estoy viendo una serie sobre Isabel la Católica y su camino al poder. Los asedios a las ciudades amuralladas eran frecuentes y significativos. Algunas ciudades o reinos soportaron el hambre, la muerte y las enfermedades hasta que derrotaron a sus oponentes, mientras que otras ciudades cayeron ante los invasores. Hoy me recuerda lo que estamos viviendo en nuestro país. Un verdadero asedio de MEXICANOS (con mayúsculas) en muchos frentes, que parece abrumador. Es como si fuera una metralla que no cede, que aplasta y aplasta, que pone a prueba la resistencia de ciudadanos e instituciones.

Un frente principal, que sacó a la calle a cientos de miles de ciudadanos, es el ataque a los árbitros de nuestro sistema electoral, el INE y ahora el TEPJF, por parte del presidente y todo el aparato del partido oficial. Como ha quedado claro, este ataque busca anular incluso la competencia para perpetuarse en el poder a costa del voto de los ciudadanos.

En segundo lugar, la militarización del país debilita nuestro estado democrático, y el presidente ha incrementado el papel de las Fuerzas Armadas en la vida pública. Desde la seguridad, -pasando por el tránsito de personas, así como el tráfico de bienes y servicios dentro y fuera del territorio nacional- las Fuerzas Armadas se encuentran en las zonas más sensibles en una posición de control, sin transparencia y sin posibilidades de fiscalización no responsabilidad. Este frente lleva varios años abierto y está penetrando sin tregua, con la complicidad y anuencia del presidente López Obrador. Los ataques son constantes y el traspaso de atribuciones, presupuesto y facultades a las Fuerzas Armadas avanza sin obstáculos, salvo los que la Corte Suprema de Justicia logre contener en los próximos días y semanas.

Un tercer frente es el debilitamiento de nuestra economía. Como sucedía en la época medieval, hacer pasar hambre y penurias a la población era una forma de derrotar al enemigo. Hoy, lo que vemos es un fuerte perjuicio para nuestra economía, con poca inversión, un sector energético muy débil (y ahora Pemex nuevamente deja de pagar a sus proveedores), empleos precarios y una pobreza persistente y aún peor.

Otro frente, con repercusiones a largo plazo, es el ataque a la educación. Desde la contrarreforma educativa, la ideologización de los libros de texto que menosprecia las libertades, la falta de énfasis en el aprendizaje y la negación de los procesos de evaluación, constituyen ataques a la formación de niños y jóvenes que tendrán menos armas para enfrentar el mundo. que vivimos. La supuesta ley de la ciencia es un añadido a este implacable ataque. En estos días, el gobierno disparó una nueva coraza al cancelar la producción de datos, información oficial del INEGI que es fundamental, incluso por ley, para evaluar la política pública en educación. ¿A quién le interesa no evaluar la política educativa?

El descuido de la salud es también una afrenta a la población y su bienestar. Al igual que los golpes a la economía, el deterioro en la prestación de servicios de salud a la población nos debilita como sociedad. ¿Con qué propósito? ¿Para que la gente sea más dependiente de las dádivas del gobierno? Ya hemos visto en la pandemia que al gobierno no le importó que murieran más de 750.000 personas, que escondiera medicamentos e impidiera la importación de otros que podrían haber salvado miles de vidas, que haya desbaratado el sistema nacional de vacunación, que haya Destruyó el seguro popular y no lo ha reemplazado con nada. ¿Porque? ¿De modo que?

Y así seguimos con otros frentes en los que el presidente está promoviendo la destrucción de lo que somos y hemos sido. Como la forma en que está quebrantando nuestra tradición de asilo y atención a refugiados, al extremo de perpetrar crímenes de Estado como el de la estación migratoria (cárcel) en Ciudad Juárez. O el ecocidio perpetrado en la península de Yucatán por la construcción del Tren Maya, y un largo etcétera.

En estos últimos meses del sexenio, parece que los ataques presidenciales son cada vez más intensos, en más frentes y buscando a toda costa eliminar a quienes considera sus adversarios. No hay tregua y los ciudadanos apenas pueden resistir. A López Obrador no le importa si mucho de lo construido se destruye en el camino (como el aeropuerto de Texcoco). Pero solo nos queda aguantar la metralla, resistir el asedio y equiparnos para el 2024.

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