
Qué jodido estará el tema de la violencia que si ante una tragedia que cercena los sueños de algunos jóvenes uno se quedó con algo que decir, a los pocos días una nueva masacre brinda la macabra oportunidad de plantear lo que uno tendría Quería expresar antes.
Cuando estudiantes de medicina de Celaya fueron asesinados en la primera semana de diciembre, no expresé duda de que, en ocasión fatídica de otra masacre de jóvenes en esa misma región, ahora lo intento.
Los seis jóvenes asesinados en Celaya, y los 12 que ahora se encuentran en la cercana Salvatierra, pertenecen a una generación que ha pasado toda su vida en medio de una guerra perdida. Nacieron al borde del dos mil y desde que fueron conscientes sólo han oído hablar de cárteles, masacres, policía, ejército, levantamientos…
¿En qué país creen que viven o cuál creen que es el futuro? A los que estudiaron medicina, o a los que decidieron hacer una posada donde encontrarían la muerte o un trauma para toda la vida, qué les dijeron las palabras México, instituciones, Presidente, gobernador, elecciones, Claudia, Xóchitl…
Los medios tenemos la brújula perdida. Todo desde la noche del domingo se preguntaba, en la prensa o en su cámara de eco que son las redes sociales, qué diría AMLO sobre esta tragedia indescriptible, sobre las vidas regadas a balazos en la prenavidad, sobre el poder imparable de quienes tienen armas.
Ésta es una pregunta equivocada y ociosa porque la respuesta es predecible y absurda al mismo tiempo.
No son los muertos de un líder porque Andrés Manuel López Obrador no gobierna (es decir) por el momento. Ejerce el poder pensando en su hora de bronce, y en los de carne y hueso que dicen misa, ya sean niños con cáncer y sin medicina, ya sean acapulqueños tragados por Otis, ya sean, obviamente, estudiantes masacrados en un fin de semana cualquiera.
Si nuestro norte fuera correcto iríamos a Celaya y Salvatierra, a Apaseo el Alto y Lagos de Moreno, a Texcaltitlán y no a Palacio Nacional.
No tiene sentido desperdiciar tinta o tiempo aire por la mañana. Al final, lo que es más sorprendente, que AMLO desprecie a los muertos o que los que están muertos crean, ellos y sus familias, ellos y quienes les sobrevivan, que en demasiadas regiones de México la locura de una suerte de normalidad todavía puede ¿Se puede intentar estudiar medicina o bailar en una posada, una fiesta que siempre implica que el año siguiente será mejor, que el pasado ya pasó y que gracias a la vida, por haberles dado tanto?
Lo que les da a estos jóvenes la alegría de vivir en este país.
Entiendo perfectamente, no crean que soy tan obtuso, que las ganas de vivir son incontrolables a esa edad, pero qué se siente trasnochar en Celaya para avanzar en una carrera si quienes deciden quién vende y qué Se vende crimen organizado, si cuando ponen una práctica te piden una tarifa, si cada mercado tiene su regulador en sus manos.
No es AMLO, somos nosotros quienes debemos opinar hoy y sin demora lo que pensamos, como generación fallida, del México que heredaremos de esos jóvenes que estudian y se divierten como si vivieran en un país con mañana.
En España, en octubre un joven se perdió en un extraño incidente que incluyó vagones de tren abandonados y un teléfono móvil sin batería. Una muerte absurda que conmocionó a ese país durante días. Eso es normal. Que una sociedad no deje de preguntarse qué podría haber hecho para evitar que un adolescente se perdiera.
En México nos preguntamos, sin embargo, qué pensará AMLO. Vamos madre.
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