mar. Abr 7th, 2026

El calco, el clon o el títere. Apodos crueles pero precisos. No hay una palabra de Claudia Sheinbaum que muestre su propio pensamiento, una acción que ofrezca un atisbo de autonomía, una propuesta que se aparte ni un milímetro de lo que ha dicho o hecho López Obrador. Puede ser en Chiapas o Sonora, pero desde Palacio Nacional los hilos son tan invisibles como sólidos, y tiran de ellos sin siquiera darle margen de acción y mucho menos dignidad personal.

Ha imitado al demagogo autoritario y en ese proceso su persona desapareció. Quizás en algún momento de su vida fue una mujer con ideas y convicciones propias, pero eso fue antes de convertirse en satélite, el más fiel en su órbita, del actual astro rey de la política nacional. Subordinación, más bien abyección, que le permitió ascender en la escala de los afectos presidenciales.

Claudia sería, en todo caso, una oscura académica de la UNAM esperando jubilarse a los 61 años, quizás escribiendo arengas progresistas en algún medio marginal, en lugar de ser la candidata a la continuidad (nunca mejor dicho) a la presidencia. Ella lo sabe. Trabajó concienzudamente por el lugar que hoy ocupa con su obediencia. El candidato no es Ebrard (tan aplaudido ayer en el cierre de campaña) y menos Monreal, con ideas propias y trayectoria política. Ni siquiera el paisano y querido amigo de su juventud, Adán López, fue juzgado suficientemente sumiso por el Procurador.

La regla de oro del obradorismo para ocupar un cargo es clara: 100 por ciento lealtad, conocimiento y experiencia opcionales. No se trata de intelecto, carácter o habilidad, sino de ejecutar órdenes sin cuestionarlas. Sheinbaum nunca cometió el error de pensar que le debía el cargo en Tlalpan o en la Ciudad de México a los electores. Nunca tuvo la osadía de anteponer los intereses de los ciudadanos a AMLO.

Lo que lleva a dos extremos sobre la personalidad de la morenista: o es una maquiavélica abyecta o una que se mantendrá obediente incluso cuando ocupe la presidencia. Los presidentes fuertes sufrieron enormes decepciones cuando quienes se creían enanos les mostraron su verdadera estatura: Lázaro Cárdenas contra Plutarco Elías Calles, Adolfo Ruiz Cortines contra Miguel Alemán, José López Portillo con Luis Echeverría. Pero nadie había designado a su sucesor esperando una obediencia absoluta y mucho menos exigiendo la continuación de una “transformación” como la que el mesiánico experimenta en sus fantasías. Ninguno de ellos llegó a Palacio debiendo toda su carrera política a su antecesor.

Tampoco ninguno de ellos tuvo las Cámaras tan limitadas como las afrontaría Sheinbaum; Su agenda legislativa les será presentada el 5 de febrero. ¿Presupuesto? Ya estamos comprometidos con los elefantes blancos y las pensiones. ¿Los gobernadores? Adictos macuspanos. Lo fácil para ella sería mantener el camino de la obediencia. Si tiene alguna duda, bastaría con una llamada a Palenque o quizás preguntarle al hijo del abogado, quien probablemente mantendría su despacho en Palacio Nacional.

O habrá el camino de pequeñas rebeliones que escalarán; mordeduras, inicialmente leves, en la correa, que finalmente desembocan en un enfrentamiento abierto. Porque para el Graduado la obediencia es total o no lo es.

Luis Spota escribió que al hombre de poder se le conoce en el poder. En el mismo sentido, Robert Caro dice que el poder revela, muestra a la persona tal como realmente es. Si lo consigue, revelará el misterio de Claudia Sheinbaum.

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