jue. Abr 9th, 2026

Ayer Marcelo Ebrard abrió la puerta a un exilio que se dará aunque no salga de México. Uno de los políticos con mayor bagaje como funcionario público ha sucumbido a la realidad que creía poder desafiar. Su otoño ha comenzado justo cuando creía que se acercaba su mejor época.

El excanciller anunció este lunes que se queda en Morena casi como si reconociera lo obvio: que se necesita demasiado para darle la espalda a Andrés Manuel López Obrador, y que al hacer los cálculos vio que no había acumulado suficiente para acusar al tabasqueño de su desdén.

La mayor sorpresa no es que siga en las filas del lopezobradorismo, sino lo mal que jugó sus cartas, lo improductivo que ha sido su berrinche, lo mal negociador que resultó ser quien tantas veces hizo política limpiando hasta errores por contrato.

¿Por qué Ebrard se queda en Morena? ¿Encontrará la manera de resucitar, una vez más, a este político que fue desalojado varias veces en el pasado? ¿Por qué despilfarró así su capital en estos dos meses en los que se negó a reconocer a Claudia Sheinbaum como la legítima ganadora de la contienda interna?

El exjefe de Gobierno es el gran beneficiado del anuncio de Marcelo. Se impuso por completo a quienes la despreciaban. Lo derrotó tanto en las encuestas como en la forma en que capituló el ex gobernante defeño. Y ella se queda con el entendimiento de que le harán un lugar. Ella vuelve a fallar.

Claudia recibió el bastón, no un bastón. El relevo generacional que diseñó AMLO tiene, a su imagen y semejanza, vocación unipersonal. El movimiento tendrá un presidente emérito y, eventualmente, un presidente en funciones. A excepción de un miembro de la familia, además de ellos dos, nadie contará.

López Obrador no quiere un director de orquesta que haga brillar a algunos solistas. Es presidencialista a tal punto que arrasa con el Legislativo y, como no ha podido capturarlo, hostiga al Poder Judicial. Y ni hablar de los gobernadores: al primer clic vienen a tomar el dictado.

El único futuro posible es la convivencia de quien ganó internamente con la sombra que se proyectará desde Palenque. Andrés Manuel no va a permitir, y tampoco lo hará su sucesor, que otros quieran erigirse como apóstoles de López Obrador.

Ebrard quedará relegado porque lo acusarán por su intento de rebelión y porque le resultará muy difícil encontrar un lugar en la estructura que diseña Sheinbaum. Los perdedores de la sucesión no viven mucho tiempo, y menos si ocupan un lugar destacado, en un gabinete.

El talento y la experiencia de Ebrard difícilmente serán utilizados en el eventual nuevo sexenio morenista, ya que sería ilógico que se le permitiera crecer hasta el punto de eclipsar, no digamos al próximo presidente, sino a sus colaboradores favoritos.

El marcelismo no nacido ha muerto; víctima, para empezar, del estilo autoritario que él mismo ayudó a crear con el apellido López Obrador. Marcelo debe culpar a su inteligencia de perderse en ensoñaciones, como la que ayer le hizo decir que es la segunda fuerza en Morena.

Parece que por estar en el extranjero no se enteró de que el clairismo surgió el fin de semana, con tal fuerza que descarriló al personaje mejor posicionado en las encuestas de la capital.

Como segundo lugar de la competencia interna, Marcelo es el gran perdedor de la misma. Otros vieron que no les bastaría y bajaron sus apuestas. Siguieron pero sin darse por vencidos, sin hacer daño a quien los iba a vencer. En cambio, no entendía tanto el juego que se levantó de la mesa, acusándolos de hacer trampa. Ayer, insistiendo en ello, Marcelo inició su otoño.

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