
Un presidente que haría un gobierno histórico. México tendría un líder que lideraría la Cuarta Transformación. Sería algo tan impactante como Independencia, Reforma y Revolución, pero con paz a lo largo de seis años extraordinarios.
Las decenas de millones de pobres podían estar seguros de que, ahora, el habitante de Palacio Nacional los tendría en su mente todo el tiempo. Toda acción sería pensar en ellos, en sacarlos de esa miseria y postración. Una y otra vez, la contundente frase: “Por el bien de México, los pobres son primero”. El Licenciado había recorrido como nadie los caminos de México, desde las grandes avenidas pavimentadas hasta los caminos de terracería más deteriorados, llegando a las estancias más remotas jamás visitadas por un político importante. Entre esos polvos y tejabanes había hablado y maldecido. Porque era un amante de la comida mexicana más popular, apasionado por encontrar elaborados antojitos en un sencillo comal. Se había vuelto humilde y sencillo, se mantenía, viendo a los pobres con ojos limpios y de frente, hablándoles directamente.
En esos recorridos se repetía sin cesar otra frase: “No mientas, no robes, no traiciones”. Con esa extraordinaria habilidad de invocar dichos populares, dijo que las escaleras se barren de arriba abajo. Con él en la cúspide del poder político, su ojo vigilante estaría sobre sus colaboradores. Si alguien consiguiera una mano larga, no habría impunidad para ese ladrón. Porque él y su movimiento eran diferentes.
En esas giras, incansable, había escuchado a la gente. Sabía mejor que nadie los problemas que aquejaban a México y para todos ellos tenía una solución sencilla y contundente que cualquiera que lo escuchara podía entender. Porque el letrado destilaba la sabiduría del pueblo, especialmente de los pobres y sencillos, y la aterrizaba con su formidable intelecto y antena popular.
¿Delito? Abrazos, no balazos. Los líderes criminales entenderían que había llegado alguien diferente y que no podían seguir su camino habitual. Además, rompería el fondo de los grupos criminales ya que ofrecería becas y apoyo a los jóvenes para que puedan estudiar o trabajar. Ya no estarían tentados a cometer delitos. Abrazos a los de arriba, apoyo a los de abajo, y ya está, se acabó el crimen.
¿Corrupción? El Licenciado no se lo permitiría a nadie, empezando por sus familiares. Ni un peso mal habido se le cruzó por las manos, no tenía cuenta bancaria, ni tarjetas de crédito, ni sabía hacer cheques. ¿Dinero en efectivo? 200 pesos en mi bolsillo, nada más. El gobierno tendría así cientos de miles de millones más gracias a esa honestidad combinada con la austeridad (republicana, por supuesto).
Tanto dinero que se podría construir rápidamente un extraordinario sistema de salud, con todo (desde las operaciones más complicadas hasta los medicamentos) completamente gratis, como en Dinamarca. Basta de medicamentos producidos y distribuidos por mafiosos corruptos. Ya se sabe que es tan sencillo como repartir refrescos y patatas fritas.
Además, sobraría dinero del petróleo, que un gobierno eficiente y honesto produciría en abundancia, mientras se construía una refinería a toda marcha. Porque soberanía no es importar gasolina.
¿Los empresarios? Rápidamente aprenderían a trabajar e invertir de la mano de un gobierno sin trampas ni contratos de amigos. México crecería un promedio de 4% anual en el impresionante sexenio.
Resultó un Presidente tan falso como los títulos que venden en Santo Domingo.
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