sáb. Abr 11th, 2026

Por un mínimo de cortesía, Andrés Manuel López Obrador y Mario Delgado deberían invitar al panista Marko Cortés y al priísta Alejandro Moreno a Palacio Nacional.

Tal cortesía no tendría el propósito de entablar un diálogo, mucho menos que, de más está decirlo, no aparece en el glosario de la llamada Cuarta Transformación. El único fin sería agradecerles todo lo que han hecho a favor del gobierno y de Morena. Reconocer la generosidad desapegada con que, desde la pequeñez, miopía y mezquindad de sus respectivas acciones, han contribuido deliberada o involuntariamente a la causa del movimiento en el poder.

Como recompensa –sujeto, claro, a seguir por donde van–, quizás, el líder y la líder de Morena podrían hacerle una oferta a la dupla. Le garantizo a Alejandro Moreno que su destino no será ver el interior del penal de La Palma. A Marko Cortés que suspenda cualquier acción contra su coordinador inmobiliario -perdón, parlamentario- en la Cámara de Diputados. A ambos, apoyarlos en lo que puedan para que sigan al mando de la albiazul y la tricolor e interesarse en que reciban a tiempo las prerrogativas del Estado.

En el ejercicio del poder, contar con tal oposición es un bien invaluable, digno de reconocimiento.

Tras la brutal derrota sufrida en las elecciones de 2018, los cuadros experimentados y con solvencia política y moral del PAN y el PRI se desligaron de la dirección de su respectivo partido y se instalaron en el puesto que, pese al naufragio, ocuparían. Hasta hace poco medían lo que significaría tal actitud para la Acción Nacional o el Revolucionario Institucional.

En este marco de desinterés, indiferencia y desánimo, Marko Cortés y Alejandro Moreno encontraron las condiciones para hacerse con el control de la dirección y órganos de gobierno de su respectivo partido. Así, se convirtieron en administradores de cargos, canonjías, privilegios y prerrogativas para, aún en la adversidad política, beneficiarse de ellos y salpicar a quienes los sustentan o consecuentes.

A lo largo de su actuación no hubo interés en entender qué pasó con sus partidos tras conformarse con el Pacto por México y, a base de autocrítica, replantearse el futuro de su organización. Su estatura, formación y visión no fueron suficientes para eso y tanto Acción Nacional como Revolucionario Institucional quedaron a la deriva, quejándose del cargo; del poder establecido, una abominación; de la oposición, una contención poco efectiva; y del habla, la letanía de decir lo que no se quiere, sin tartamudear lo que se quiere.

Sin darse cuenta o no, al oponerse sin proponer terminaron siendo un apoyo.

Luego vino el reclamo ciudadano. La agrupación de algunas organizaciones cívico-ciudadanas que, sin prestar mucha atención al estado que mantenían ni al repudio que despertaban en amplios sectores del electorado, vieron en estos partidos de oposición el vehículo para expresar su descontento y tener un espacio de participación.

Haciendo una mueca, ese dúo se vio obligado a considerarlos. Ciertamente, en las elecciones intermedias los partidos –no las organizaciones– recuperaron parte del espacio distrital, pero no territorial, con excepción de la Ciudad de México. En las organizaciones, esta experiencia reforzó la idea de replicar y fortalecer esa alianza opositora en las elecciones del próximo año, donde por su dimensión estará en juego el poder en muy distintos niveles y escalas. Empezó a sonar el concepto de un gobierno de coalición y, sumado a ello, los grupos cívico-ciudadanos encontraron razones para movilizar a la ciudadanía, mostrando vigor y llevando a remolque a los partidos.

Las movilizaciones constituyeron un momento interesante, pero a partir de entonces los líderes de Acción Nacional y Revolucionario Institucional comenzaron a lanzar señales contrarias a la idea de la coalición, apoyando el discurso aliancista de boca para afuera. Uno, sin invitar y muchas organizaciones ciudadanas consultadas, decidió repartirse el método de selección de candidatos entre ellos; dos, no establecieron ni han establecido una posición ante la plataforma “Que nadie se queda atras”, elaborada por colectivos ciudadanos; y, tres, plantear requisitos sin consenso para inscribirse como candidato a la candidatura presidencial que, en el buen romance, es un portazo para quien no tiene los recursos y la estructura para inscribirse.

Eso sí, a modo de espectáculo organizaban pasarelas haciendo la lista de los que querían desfilar desde la guía telefónica.

Tales desaires a las organizaciones cívico-ciudadanas, así como la lentitud con que los líderes de Cortés y Moreno tramitan la propuesta política; elaboran el modelo, diseño e integración del supuesto gobierno de coalición; y establecen requisitos en el método de selección, obligan a considerar una posibilidad.

Ambos líderes tienen la firme decisión de competir, pero no de ganar. Solo preservar los pequeños intereses que, aparentemente, los mueven. Y, así, intencionalmente o sin querer, contribuir al menos en la contienda por la Presidencia de la República al triunfo de Morena, es decir, si podrá resolver el juego sucesorio en el que se vio envuelto.

Los líderes de Acción Nacional y Revolucionario Institucional no son vistos con hambre de poder. De ahí que Andrés Manuel López Obrador y Mario Delgado deberían invitarlos a Palacio Nacional, agradecerles lo que han hecho y, en todo caso, ofrecerles unos bocadillos.

Pronto

Como amable sugerencia, el pasante disfrazado de ministro debería preguntarle a Francisco Garduño, director del Instituto Nacional de Migración, cómo logra dormir tranquilo y decir que no piensa renunciar.

Leer la nota Completa

Metro

By Metro

METRO es un sitio web internacional en donde destacan las noticias más relevantes de hoy, actualidad y diversos temas como deportes, politica, economía y más. Con información veráz y acertada en cada noticia de todo el mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *