mié. Abr 8th, 2026

El senador Monreal se ha distanciado del presidente López Obrador en un tema medular: “entre lo legal y lo justo, me quedo con la ley y el estado de derecho”, espetó a los diputados federales de Morena hace un par de días.

Digo soltó porque supongo que causó sorpresa o molestia a más de un diputado. Es sabido que el presidente sostiene lo contrario y se salta o tuerce la ley siempre que puede, cuando no está alineada con su proyecto político. Monreal tiene razón al desmarcarse de esa estrategia.

En el número de enero de la revista Enlaces, mamá Amparo Casar y Ma. Elena Morera, han publicado —como en años anteriores— un recuento de las ilegalidades cometidas por la actual administración en los últimos meses. La lista es larga y elocuente. Por supuesto, también es preocupante. A juicio de los autores, el quebrantamiento de la ley se ha convertido en “una conducta habitual que denota una forma de operar propia de un gobernante que desprecia la legalidad”. Desafortunadamente, tienen razón.

En su relato, las ilegalidades se clasifican en tres rubros: derechos humanos, economía y democracia. En realidad, el texto conjuga decisiones u omisiones políticas que no siempre son, en sentido estricto, actos ilegales. Ellos mismos lo advierten en su ensayo.

En algunos casos, se trata de indiscutibles tonterías gubernamentales que no necesariamente violan las leyes vigentes. La legalidad para el gobierno es un material maleable y funcional que, llegado el caso, se ignora. De ahí que el ensayo de Casar y Morera sea un insumo fundamental para “dar una vuelta de tuerca” al problema de la torcida relación del actual gobierno con el Estado de derecho.

Por ejemplo, los recortes presupuestarios en sanidad, el retroceso del programa nacional de vacunación (que, como señalan los autores, fue uno de los mejores del mundo) o la escasez de medicamentos son actos culposos y reprobables pero no necesariamente ilegales.

Lo mismo ocurre con algunas de las costosas decisiones u omisiones en la educación. La desaparición de programas como las Escuelas de Tiempo Completo o la cancelación de becas del Conacyt no se realizaron al margen de la ley, sino utilizando los recursos legales de manera discrecional y arbitraria.

Lo que quiero afirmar es que el gobierno también sabe usar la ley para imponer abusos. Su mecánica es colocar el poder a la derecha pero no siempre fuera de la derecha. La estrategia oscila entre el abuso del derecho y la irrelevancia del derecho.

En las áreas de seguridad pública y seguridad nacional, por ejemplo, la imposición se ha operado a través de reformas legales y cambios constitucionales. Es probable que algunas de las leyes en la materia sean inconstitucionales —y otras no porque, para evitarlo, han modificado la Constitución—, pero eso solo lo sabremos cuando la Corte Suprema resuelva la ingente cantidad de recursos judiciales interpuestos en la sujeto. Por ahora son legalmente válidos. Esa fue la apuesta perversa y calculada del presidente.

Lo mismo ocurre con el terrible tema de la prisión preventiva informal: para ampliarla y blindarla se reformó el artículo 19 de la Constitución. Por eso podemos denunciar su carácter draconiano y antiliberal, pero jurídicamente sólo podemos apostar por organismos internacionales. Por ahora, tenemos que convivir con la figura porque técnicamente es constitucional.

Un caso diferente son las violaciones a los tratados y normas vigentes, por ejemplo, en materia ambiental. En estos casos, advierten Casar y Morera, dado que hay normas que no se cumplen, los actos son ilegales en estricto sensu. Lo mismo ocurre con decisiones económicas como la cancelación de obras y la realización de otras contraviniendo leyes y sentencias judiciales. En este campo estamos ante “un ramo de ilegalidades”. Lo mismo ocurre con los problemas de energía eléctrica. Las revocaciones de permisos sin fundamento son ilegales y serán costosas. Esto, sobre todo, porque a pesar de nuestra impunidad, terminarán dirimiéndose en instancias internacionales.

En su ensayo, los autores enfocan sabiamente su mirada en otra serie de actos administrativos en los que la discrecionalidad es la regla y con toda posibilidad la ilegalidad también, pero el problema es que han surtido efecto y siguen surtiendo efecto sin que nadie los detenga. . Allí la responsabilidad se extiende al Poder Judicial. Ante un poder ejecutivo arbitrario y una mayoría legislativa sumisa, lo que necesitamos son jueces implacables.

En los próximos meses nos enfrentaremos a una batalla legal sin precedentes. El terreno será la arena electoral. El gobierno y su mayoría legislativa han optado por la inconstitucionalidad. La justicia federal tendrá que sentenciar si se sale con la suya. Espero que no.

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