dom. May 17th, 2026

En el antiguo régimen del partido hegemónico, cada seis años, llegado el momento, el Presidente de la República decidía quién lo sucedería. Todo el mundo lo sabía, aunque el mundo oficial pretendiera no saber que era así. Se trataba de pretender que el proceso de reposición presidencial se ajustaba a los cánones democráticos, porque concluía en una asamblea masiva que por unanimidad, siempre conmovedoramente por unanimidad, aprobaba al ungido.

El engaño, la simulación y la mentira fueron la base de aquellas farsas sexenales, conocidas como “coverismo”, que tuvieron su desenlace en el dedo.

Una farsa no parecida sino peor –por el “no somos iguales”– es la que ha construido el actual presidente Andrés Manuel López Obrador. Peor por ser más grotesco, ridículo y bufonesco. Pero el dedo será el mismo. Y como en el pasado, solo engañará a aquellos que acepten ser engañados. Por eso, con ingeniosa ironía, Héctor Aguilar Camín ha teorizado al respecto y dicho del corcolatismo que “es la fase superior del tapadismo”.

Imposible abordar este tema y toda su parafernalia en un solo texto, necesariamente breve. Ya algunos analistas, con razón aunque de manera insuficiente, han señalado que este proceso anónimo es clara, abierta y flagrantemente violatorio del marco legal electoral.

Y que lo anterior, a la luz de los precedentes establecidos el año anterior por la autoridad electoral en las elecciones para gobernador de Michoacán y Guerrero, debe tener las mismas consecuencias de estos casos. El autor de esta farsa, es decir, el presidente, no puede ignorar estos precedentes y otros similares. Por tanto, debe entenderse que la impugnación que lanza López Obrador a la vigencia del ordenamiento jurídico puede tener otros fines. Que no sería remoto que sean incluso golpistas.

Queriendo ser inteligente, para justificar su maniobra, López Obrador ha declarado que el proceso partidista recién iniciado no es para seleccionar al candidato presidencial de Morena para las elecciones de 2024, sino para nombrar al coordinador de defensa nacional del cuarto movimiento de transformación.

Para ello, en una reunión nocturna que sostuvo el propio López Obrador con los llamados tapas, líderes de Morena y varios gobernadores, el 5 de junio, puntual y detalladamente, explicó las condiciones, requisitos, tiempos y formas que tendrá que tener el proceso para simular que su candidato presidencial será designado “democráticamente”. Y los interesados, con obediencia sumisa y sin bromas, firmaron para estar de acuerdo con todo.

Entonces, al más puro y rancio estilo priísta, el Consejo Nacional de Morena aprobó el pasado domingo lo que el autócrata ya había dictado seis días antes. La prensa informó que no duró ni una hora esta trampa de los asesores morenistas. Por cierto, en otra ocasión bien vale analizar ese documento partidista de once páginas que contiene los “acuerdos”, porque es un monumento a la ignominia política, testimonio de intolerancia y manual de antidemocracia.

Pues resulta que los estatutos de Morena, en ninguno de sus artículos, establecen la existencia de una “coordinación para la defensa de la cuarta transformación”. Esta coordinación no funciona, o no debería funcionar porque no existe en la realidad ni en el mundo jurídico interno de Morena. Es una fantasía, una mera ficción para justificar la farsa de la nueva versión del dedo.

El artículo 14 de los estatutos de Morena es el que establece la estructura orgánica de ese partido. Su texto es un auténtico galimatías, algo tan incoherente e ininteligible que seguramente la dirección morenista se vio en la necesidad de añadir un artículo 14 Bis para intentar explicar el artículo anterior. Dicho artículo 14 Bis enumera los órganos de Morena, a los que clasifica en ocho tipos distintos (a saber: órganos constitutivos, de dirección, de dirección, de ejecución, electorales, consultivos, jurisdiccionales y formativos), los cuales a su vez se dividen en 21 órganos específicos en orden geográfico y territorial. áreas jerárquicas, según su naturaleza. Pero absolutamente nada se afirma que se llame coordinación de la defensa de la 4T o algo similar.

¿Cómo se justifica entonces que un órgano de Morena, como su Consejo Nacional, determine las reglas de una “coordinación” estatutariamente inexistente? ¿Cómo justificará ese partido ante la autoridad electoral el otorgamiento de recursos, que finalmente son públicos, para llevar a cabo tal proceso, que en realidad es una farsa? Veremos.

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