dom. Abr 19th, 2026

Si estos primeros días de enero constituyen un anticipo de lo que sucederá el resto del año, este 2023 llevará la impronta de la confusión, dejando la circunstancia nacional bajo el dominio de la incertidumbre y colocándola al borde de la inestabilidad.

Buenas y malas noticias se entremezclan sin terminar de definir cuál de ellas establecerá su poder en el curso de los acontecimientos. Esto, en el marco de la polarización imperante que todo exagera en un sentido u otro, aboliendo el matiz en la reflexión y la acción política, puede llevar al cierre del sexenio y, con ello, la contienda electoral del próximo año a escenarios complicados. . extremadamente, por no decir, peligrosa.

Por el bien de todos, es hora de comprender, interpretar y afrontar la realidad con mucha mayor objetividad, aplomo y serenidad, sin pretender encontrar en la ruina del adversario la posibilidad de construir un imperio. Es hora de exigir que los actores políticos, formales e informales, actúen con mucha mayor seriedad y moderación. El país y la nación están involucrados.

En el vértigo de los acontecimientos de esta primera quincena, los hechos se contraponen aun cuando el arrebato de disputar su sentido dificulta su comprensión.

El secuestro del partido tricolor por parte de su líder, ante la indiferencia o superposición de sus aliados. La falta de certeza sobre las reglas con las que se disputará el poder dentro de un año. El asalto al penal de Ciudad Juárez para liberar a los delincuentes. La captura de Ovidio Guzmán que, como pudo haber sido, reivindica al Estado. El cinismo de la pasante en la Corte, aferrada a lucirse como abogada tras plagio y mantenerse como ministra. El atentado contra el periodista Ciro Gómez Leyva con una reacción oficial aún insuficiente, pero sana. Aún con sus disonancias, la sana sustitución de la Cumbre de América del Norte en la perspectiva de fortalecer a la región como polo y bloque de desarrollo. Los signos de conflicto al interior de Morena, por la pelea por la candidatura presidencial. El accidente en el Metro que advierte del riesgo que implica destinar recursos a otras tareas, a costa de descuidar servicios fundamentales…

Esas buenas y malas noticias exigen estar alerta, no hacer sonar las alarmas con histeria. Sobre todo, teniendo en cuenta cómo la polarización puede poner en aprietos a la democracia, como se vio en Brasil hace unos días y en Estados Unidos hace unos años.

Lo visto en los últimos días del año pasado y los primeros de este resume el alto costo que dejan el estado de derecho y la democracia, la impunidad criminal y la pusilanimidad política, así como el deseo de acceder o conservar el poder a costa de serlo. .

El juicio en Estados Unidos al exsecretario de Seguridad, Genaro García Luna, coloca en el banquillo no solo a un funcionario que supuestamente desdibujó la frontera entre la política y el crimen, sino también a un gobierno –no solo el de Felipe Calderón– que más de una vez ha colocado en puestos claves no a los que están empeñados en ponerle freno a los criminales, sino a los dispuestos a asociarse con ellos y hacer de la impunidad y la inseguridad un negocio lucrativo entre particulares, a expensas de la nación. El actual presidente puede revolcarse en ese hecho del pasado, pero en el presente su movimiento en más de un estado ha tolerado la asociación del crimen con la política y, tarde o temprano, recibirá el proyecto de ley correspondiente.

Desde esta perspectiva, sorprende cómo la oposición y la resistencia regatean con el gobierno por la captura de Ovidio Guzmán, formulando propuestas dementes, en lugar de reconocer una correcta actuación del Estado después de haber sido expuesto al escarnio hace dos años. ¿Es justo?

Quienes están dentro y fuera del poder deberían haber honrado y rendido homenaje completo a los militares, oficiales y tropas que perdieron la vida en ese incidente.

El otro gemelo de la impunidad criminal es la pusilanimidad política que daña por igual a la democracia y al Estado de derecho.

Cuando, en el ejercicio de un pragmatismo ajeno a los principios y centrado en el afán de poder, se superpone y tolera aliados impresentables, al final se sufren las consecuencias. Allí, de un lado y del otro, los tirios y los troyanos se han convertido en ojos de hormiga. En nombre de la solidaridad han hecho de la complicidad un recurso para apoyar o apoyar a personajes que, en más de un caso, podrían ser candidatos a ocupar una celda o, al menos, a aparecer en el cuadro de terror del cinismo más obsceno. Ni uno ni otro los separa para generar una cultura política diferente. No, nada de eso, los defienden y cobijan, reproduciendo lo que supuestamente quieren desterrar.

Sólo así se explica la supervivencia política de personajes como el líder priísta Alejandro Moreno o la ministra Yazmín Esquivel. Cómo confiar en un político que se traiciona a su vez para salvar su propio pellejo, cómo pensar que una ministra va a hacer cumplir y defender la ley, si su origen la define como un fraude.

En el vértigo de los hechos de estos últimos días y en la pugna por imponer la interpretación o el relato en torno a ellos, es notoria la fragilidad de la circunstancia, así como la incapacidad de los supuestos políticos profesionales para controlar las variables en juego.

Insistir en la idea -por no decir exageración- de que el país avanza sostenidamente hacia el infierno o el paraíso, según el extremo en el que se milita, es un engaño que, mediante la reiteración constante, puede terminar construyendo una realidad marcada por el desconcierto que lleva a la incertidumbre y, de ahí, a la inestabilidad. Es mejor caminar con pies de plomo.

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