mar. Ago 11th, 2026

Para The Economist, México ya no es una democracia. En la edición de este año del índice de democracia estamos clasificados como un sistema híbrido, y considerando que los 15 años anteriores habíamos sido una democracia fallida, el rumbo no parece estar en duda: vamos hacia el autoritarismo.

Los seguidores del Presidente afirman que no podemos hablar de un sistema autoritario porque seguimos expresando nuestra opinión sin sufrir por ello. La afirmación no es del todo cierta, como lo demuestran decenas de periodistas que han muerto por la ausencia del Estado, y más de un puñado de compañeros que han perdido espacio, o han sufrido amenazas, por los incesantes ataques desde el púlpito matutino. .

En todo caso, esa es una pésima defensa, porque para cuando ya no podamos opinar, será porque hace tiempo que México habrá dejado de ser un país de libertades. No es la libertad de expresar una opinión lo que se pierde primero. Antes de eso, el derecho a participar en la definición del gobierno puede haber desaparecido, como ya lo está intentando López Obrador a través de la “desmembración” del INE. No es un conflicto personal con Lorenzo Córdova o Ciro Murayama, ni es una venganza por su derrota en 2006, que quiso hacer pasar por un fraude. No, se trata de evitar que los mexicanos decidan terminar con su “transformación”, que no es más que la restauración autoritaria que ha representado López Obrador durante décadas.

Cuando se quejó de fraude en 2006, nunca pudo probar su reclamo. Nunca llamó a un recuento general de los votos, y donde lo hizo, no cambió el resultado; reivindicó dichos del entonces presidente Fox, que no son nada comparados con lo que hace todos los días; Exigió castigo a las empresas porque su publicidad utilizó ciertos colores o frases, que no se pueden comparar con lo que hoy hacen sus candidatos. Es un farsante, como es evidente para cualquiera que no esté cegado por el fanatismo o el interés.

La entrega de la máxima medalla nacional al dictador cubano, un burócrata de quinta categoría a cargo de los intereses de los hermanos Castro, es un gesto más que confirma la voluntad autocrática de López Obrador. Se suma a la “contratación” de “médicos” de ese país, que deben ser, como lo fueron en Venezuela, la vanguardia que precede al saqueo. Pero México no es Venezuela.

Evitar que este proceso de restauración autoritaria continúe es lo más importante que debemos abordar hoy. Aunque tenemos bastantes problemas, porque este gobierno ha sumado varios más a los que ya teníamos, no creo que haya duda de prioridad. Si perdemos la capacidad de elegir nuestro gobierno, perdemos todo lo demás.

Por eso, esta columna insiste en que no es momento de entrar en detalles que dispersen la discusión y dividan al público. No estamos en el momento de afinar programas o proponer proyectos. Los que recomiendan este camino son ingenuos, si es que lo hacen de buena fe. Ahora tenemos que garantizar elecciones limpias y justas, en las que nosotros mismos contamos los votos, como lo hemos hecho desde 1997. Después de eso, el resto se puede ocupar.

Una oposición dividida, frente a un gobierno autoritario y corrupto, es lo que destruyó a Venezuela. Es lo que permitió el control de los cubanos, el saqueo y la transformación del Ejército de ese país en poco más que un cartel criminal.

Una ciudadanía unida, concentrada, demostrando públicamente sus convicciones democráticas, es el antídoto contra el deterioro institucional y la restauración autoritaria. Como sucede con las avenidas de agua, los caminos y canales aparecen como se requieren. Pero sin afluencia, sin corriente, sólo hay tierra árida, yerma, estéril. Todos a la calle el 26 de febrero.

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