Himenia, una célibe que rondaba los 40 -no dijo cuántas veces los había dado- aspiraba a recibir las atenciones de don Caramuelo, un soltero que tenía en su haber más de 50 calendarios. Una tarde lo invitó a merendar a su casa y le ofreció un ambiguo bienmesabes con un vaso de rompope. Bebió media botella don Caramuelo, quien también dio buena cuenta de la repostería. Cuando lo vio animado por comer y beber, Himenia le dijo al visitante: “Si adivinas mi edad, te doy un beso”. Don Caramuelo, temeroso de comprometerse, respondió: “3 mil 500 años”. Himenia lo besó mientras decía: “Bueno, un año más, un año menos”. El novio era ambientalista. Sin tomar la opinión de la dulcinea decidió que pasarían su luna de miel en una cabaña alejada de la civilización. Aceptó a regañadientes la loca sugerencia, porque había planeado pasar todas las mañanas y tardes del viaje nupcial de compras. La noche de la boda apareció por primera vez desnudo, bajito, es decir, sin ropa, ante la atenta mirada de su mujer. La vio de arriba abajo -de en medio, sobre todo- y exclamó con cara, pero con rotunda claridad: “¡Joder…! ¡Y ni siquiera hay señal de TV ni de Internet!”. Don Chuy trabajaba como vigilante nocturno en el Ateneo Fuente durante la época en que tuve el honor de dirigir ese glorioso plantel, uno de los innumerables orgullos de mi ciudad, Saltillo. Le gustaba hablar en público -hablaba castelariano- y siempre que había ocasión me pedía permiso para ocupar la tribuna. Eso es lo que dijo a pesar de que no había plataforma. Comenzó sus peroratas con la fórmula habitual: “Señoras y señores”, pero enseguida agregó: “Sí lo son”. No faltaron maestros susceptibles y profesores quisquillosos que se ahogaron en esa duda cartesiana, pero me pareció oportuna la salvedad, porque vemos caras, señores y señoras que no conocemos. O lo sabíamos, porque en estos tiempos esas categorías ya han desaparecido: Algunas damas esperan que los caballeros no sean tan caballerosos, y muchos caballeros confían en que las damas con las que tratarán no sean tan caballerosas. Por mi parte, recuerdo la ocasión en que en Nueva York le abrí la puerta de una tienda a una mujer que entraba y cortésmente la sostuve para que entrara. Me vio con cara de anfisbena y al pasar me dijo: “Vete a la mierda”. Eso es como una lengua materna, pero con más economía de palabras. La arpía debe haber sido una de esas feministas radicales que quemaron su sostén en público como símbolo de la liberación de la mujer, ya que necesitaban con urgencia esa prenda. Todo esto lo digo en relación con los insultos que un grupo de mujeres, seguramente simpatizantes de AMLO, vertieron contra la ministra Norma Lucía Piña frente a la Corte Suprema. Uno de ellos ataviado con una impactante toga y birrete, y portaba una imitación de un rifle, una amenaza velada contra el jurista, quien en los últimos días ha sido blanco de reiteradas agresiones verbales por parte de López Obrador. El lenguaje grosero que usaron las mujeres antes mencionadas habría avergonzado a las damas caritativas que sedaban los riones de los hombres en las casas que antes se llamaban malas notas, cuando todavía había malas notas en la sociedad. Si me tropezaba con una de esas morenas en un callejón oscuro, ella rezaría las oraciones de los moribundos, porque con solo verla me daría por muerto. En fin, cada gobierno tiene el país que se merece, y la clientela de AMLO está hasta la 4T, una altura parecida a la del betún, si se me permite una expresión que escuché en Tabasco. El betún es la grasa con la que se lustran los zapatos. FIN.
MANGANITAS
por AFA
“AMLO asistió al aterrizaje de un avión de DHL en AIFA”
tal vez estaría equivocado
si digo sin mas certeza
que los dueños de la empresa
todavía se están riendo.
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