
Lo recuerdo bien, esa mañana de domingo ya daba muestras del calor que generaba la caricia de los primeros rayos del Sol al bañar esta tierra del Mayab, pero aún conservaba un poco de la frescura que está goteando el cambio climático. sobre nosotros ahora.
Al notar mi presencia en la fila, el funcionario electoral abandonó momentáneamente su puesto en la mesa y se acercó a mí con esa gran sonrisa que lo distinguía y que lo convertía en un hombre conocido y popular, me saludó y mientras colocaba en mis Manos una gruesa fajo de papeles, me dijo: “Raulito, tacha todas estas papeletas donde dice PRI, y cuando te toque, depositalas en la urna”.
Era el año de 1984, acababa de cumplir la mayoría de edad legal que me otorgaba el derecho constitucional de elegir a nuestros gobernantes, y emocionado llegué a ejercer por primera vez esa prerrogativa. El funcionario me conocía, pero no lo suficiente, ya que si hubiera conocido los valores y la educación que yo había recibido de mis padres en la casa familiar, se habría imaginado que yo solo me llevaría, como lo hice, el billete. que me correspondía usar, para luego devolver amablemente todos los demás.
Eran tiempos algo agitados en el ambiente político de Yucatán. A pesar de que la Constitución ya impedía la participación de los militares en la política, en ese momento nadie se atrevía a salirse con la suya diciendo que “la ley es la ley”, por lo que gracias al pago de cuotas extraoficiales que el gobierno debía cumplir con las Fuerzas Armadas, un hasta entonces desconocido general del Ejército había sido primero senador de la república y luego gobernador de Yucatán.
La avanzada edad del general, sumada a su limitada experiencia y capacidad política, había derivado en una situación de ingobernabilidad que motivó la intervención y presión del entonces Secretario de Gobernación, Lic. Manuel Bartlett Díaz, para hacerlo renunciar y dar paso a un gobernador interino. recién en el mes de febrero de ese mismo año.
Cuando todo esto estaba pasando, no había ni IFE ni INE. Pero si hubiera existido, y si el funcionario que trató de convencerme de cometer un delito electoral hubiera sido propuesto por el presidente de México para ocupar el cargo de asesor del presidente, seguramente hubiera ganado una votación para serlo, ya que él era muy popular.
Ahí radica la importancia de proteger a toda costa los avances que hemos logrado los mexicanos en materia de democracia, de fortalecer y nunca debilitar las instituciones autónomas encargadas de organizar los procesos electorales y entregar resultados veraces y confiables.
No queremos gente popular al frente de estas organizaciones, queremos gente capaz y competente, no queremos gente impuesta por cuotas en los cargos de elección popular, y menos a los que se lo impide la ley, a los que ya se les han otorgado bastantes poderes indebidos. . No queremos renuncias forzadas ni imposiciones, aunque a veces estas son para corregir lo que estaba mal.
Así fue el México del siglo pasado, precisamente así no queremos que vuelva a ser.
Raúl Asís Monforte González.
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