
Edmundo Jacobo Molina, Secretario Ejecutivo del Instituto Nacional Electoral (INE)
Con ciertas dosis de eufemismo, ahora se dice que el Instituto Nacional Electoral (INE) atraviesa uno de los períodos más “complejos” de su historia. Esto quiere decir que sobre una misma institución penden dos mandatos, dos concepciones, dos designios: preparar las próximas elecciones con base en la Constitución y en los procedimientos institucionales forjados bajo su amparo a lo largo de más de tres décadas de sucesivas reformas que han ampliado los derechos políticos, o bien, hacer una drástica y profunda reconsideración, a mi juicio innecesaria y regresiva. A casi seis meses de iniciado el proceso electoral, el INE se encuentra ante este dilema.
De tal manera que los siete directores que se quedarán y los cuatro directores que llegarán próximamente, tienen que buscar anclas y certezas básicas para avanzar en esta situación “compleja”, y tendrán la seria responsabilidad de tomar decisiones que permitan tener certeza. a la hora de la implementación de la norma en la organización de los procesos electorales, para que estos se ejecuten de acuerdo a lo definido en la Constitución, única norma hoy intacta en materia electoral gracias a que no fue reformada.
Yo soy de los que creen que lo mejor que puede pasar –a estas alturas– es que los jueces, en toda la República y en última instancia, concedan suspensiones para que el INE organice las elecciones de 2024 como esa institución sabe hacer, demostrablemente. durante los últimos 30 años. Pero puede abrirse otra ruta, necesariamente incierta, que requerirá palancas y principios mínimos para avanzar en la misión esencial: organizar legal e impecablemente las elecciones y la transmisión del poder en México.
Estos puntos de apoyo se encuentran, por supuesto, en la propia tradición del INE.
En primer lugar, su servicio electoral profesional, sus mujeres y hombres que cuentan con una triple habilidad: manejo escrupuloso de la ley, conocimiento exhaustivo del territorio y capacidad para encauzar las demandas de los actores políticos dentro del marco legal. Mientras el país tenga este personal especializado, tendremos elecciones confiables.
En segundo lugar, mantener los procedimientos que indiquen no solo el logro de las metas, sino también cómo lograrlas. No hay mejor antídoto contra la desconfianza, la sospecha o la mala fe que la transparencia del método: todo el mundo conoce los objetivos y la forma en que se van a cumplir.
Otro aspecto crucial es el acervo tecnológico con el que cuenta el INE para llevar a cabo sus procesos: desde la emisión de la credencial para votar y su sistema de protección de datos personales hasta los programas preliminares de resultados; desde plataformas capaces de monitorear los gastos de los partidos políticos en tiempo real hasta el monitoreo automático de millones de señales de radio y televisión. Gran parte de la experiencia de treinta años se ha materializado en numerosos sistemas que hoy son indispensables.
A esto hay que añadir la división funcional del trabajo institucional. Uno de los errores menos discutidos que contiene el llamado “Plan B” es su desacato a la Constitución, que literalmente dice: “El Instituto Nacional Electoral será… independiente en sus decisiones y funcionamiento, y profesional en su desempeño; Tendrá en su estructura órganos de dirección, ejecutivos, técnicos y de vigilancia” (art. 41, VA). Esta separación de actividades es clave porque permite una revisión y examen continuos del trabajo electoral: el Consejo planifica y dirige, el Poder Ejecutivo ejecuta esas directivas, y los partidos y consejeros evalúan y dan seguimiento a los objetivos y metas. Mezclar funciones, convertir el trabajo de los directores en uno de carácter “administrativo”, unir roles, no sólo es claramente inconstitucional sino que hace que los gerentes y funcionarios sean juez y partido: se disuelve la rendición de cuentas.
Bajo estas premisas, diseñé una Secretaría Ejecutiva del INE discreta, con poco protagonismo público para “escudar” el funcionamiento institucional, para evitar su “politización”. Lamentablemente, este diseño fue roto por algunos actores políticos que, en el reciente debate –en su afán por “refundar” al árbitro electoral– hicieron del operativo técnico, necesariamente imparcial, parte del debate político y me obligaron a salir a la calle. arena para defender la legalidad, se necesitaba más. Pero en esto tuve que pronunciarme sobre lo que a mi juicio son las intenciones indebidas y los riesgos que conllevan los intentos reformistas.
Estoy convencido que la suspensión dictada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación por no aplicar el “Plan B” coloca al sistema electoral en el camino correcto. Queda poco tiempo, pero mientras se resuelve este enorme litigio y se renueva el Consejo General, creo conveniente utilizar este tipo de apoyo técnico e institucional para llegar a tiempo y con seguridad al mayor evento electoral de nuestra democracia. vida. Es nuestra responsabilidad.
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