
La captura de Ovidio Guzmán López, el hijo de Joaquín el chapo Guzmán, cuya liberación fue ordenada hace más de tres años por el presidente Andrés Manuel López Obrador, paradójicamente tumbó al gobierno. Lo mostró fracturado y con líneas de comunicación conflictivas. La fuerza que le dio el éxito de la operación se ha ido evaporando por sus contradicciones y acciones que, al mismo tiempo, sugieren que el papel de Estados Unidos fue más importante de lo que públicamente se reconoce. López Obrador aseguró que la detención fue un acto soberano, pero según información de altas fuentes gubernamentales, no tanto.
Los símbolos tampoco ayudan a López Obrador. Días atrás pidió públicamente al presidente Joe Biden aterrizar en el aeropuerto Felipe Ángeles, dejando de lado la logística de seguridad porque era un cargo político. Estados Unidos le informó que aterrizaría en el Aeropuerto Benito Juárez, lo que no lo apoyaría en insultar a quienes lo critican por lo que ahora es un elefante blanco. Pero un día después de la captura de Guzmán López, la Casa Blanca le devolvió un guiño de reconocimiento: Biden sí aterrizaría donde quería López Obrador.
Las condiciones en las que se dio este giro de la Casa Blanca no terminaron, sin embargo, de fortalecer al presidente de México, pues en todo el contexto de la detención parecía estar bailando al ritmo de Biden. El miércoles dijo que “persuadiría” a López Obrador para ampliar la cantidad de migrantes latinoamericanos que esperan en territorio mexicano mientras se procesan sus solicitudes de asilo en ese país, y un día después anunció que lo había logrado. El viernes, López Obrador informó, contra todo protocolo y más allá de la cortesía, que recibiría a Biden en el Felipe Ángeles y le había pedido viajar con él en La Bestia, el vehículo blindado del jefe de la Casa Blanca para charlar.
Dos goles de Biden. Guzmán López, a quien querían desde 2019, entregó; y prorrogar las asignaciones migratorias, otorgadas. Antes de llegar a México, Biden ya había sacado mucho provecho de la visita.
La captura de Guzmán López, que Washington exige desde que fue liberado en 2019, fue tema de discusión en Palacio Nacional, donde el núcleo duro en torno a López Obrador insistió en que no ceda a tal presión. El sector más estratégico pensaba lo contrario. López Obrador, según las fuentes, optó por no seguir enemistando con Estados Unidos y autorizó soberanamente el arresto.
El giro radical del Presidente produjo contradicciones en el gabinete, donde era notoria la falta de consenso sobre lo que iban a informar. El secretario de Gobernación, Adán Augusto López, dijo que Guzmán López había sido detenido en flagrancia por los presuntos delitos de portación de armas de fuego de uso exclusivo del Ejército, pero el general Luis Cresencio Sandoval, secretario de la Defensa, dijo que la captura fue el resultado de seis meses de trabajo de inteligencia.
El secretario de Gobernación también informó que se sumaría el otro delito contra Guzmán López, el de tentativa de homicidio, lo que también contrastó con lo señalado por el secretario de Defensa, quien dijo que había sido detenido en una casa donde se refugiaron sicarios. . su servicio, donde no hubo enfrentamiento.
Otro punto de discrepancia fue el relato del general Sandoval, quien dijo que las labores de inteligencia se iniciaron luego de detectar tráfico de metanfetamina y fentanilo en las zonas de influencia de Guzmán López, por lo que “reconocimiento, vigilancia y presencia de tropas en el norte y al noroeste de Culiacán”, es decir, se inició un operativo encubierto, no “de rutina”, como lo caracterizó el Presidente, ni fue algo fortuito, como sugirió el Secretario de Gobernación.
No fueron las únicas contradicciones. La más relevante se refiere a su extradición. El Presidente, el Secretario de Gobernación y el Secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, afirmaron que tiene un proceso penal en la Fiscalía General de la República, pero este último informó que la detención se originó a partir de la solicitud de extradición de Estados Unidos. él en septiembre de 2019.
En ese momento, cuando el gobierno lo liberó y no persiguió a Guzmán López, el exsecretario de Seguridad Alfonso Durazo lo justificó porque, dijo, no había ningún proceso penal en su contra. Ahora, según el Presidente y los Secretarios de Gobernación y Relaciones Exteriores, la hay. En los casi 39 meses transcurridos desde la fallida captura de Guzmán López, la fiscalía nunca mencionó el inicio de un proceso penal en su contra.
Es clara la falta de consenso al interior del gobierno y la desarticulación en sus líneas de comunicación, donde las contradicciones debilitan los argumentos. Lo único que queda sin agujeros es que el objetivo de la operación era detener a Guzmán López para cumplir con el pedido de Estados Unidos, y que fue muy bien recibido por el gobierno de Biden, quien lo agradeció aterrizando en el Felipe Ángeles. Como dice López Obrador, el amor se paga con amor.
El gobierno de Estados Unidos se mostró muy feliz y satisfecho con lo que hizo México la semana pasada. Los dos pedidos a López Obrador se cumplieron. Pero no todo está dicho. El núcleo duro en torno a López Obrador, una vez que perdió la batalla para evitar el arresto, ganó con su propuesta de no extraditarlo rápidamente, para que Washington no pensara que todo había sido fácil para él. Eso es lo que pasó, como dijo el Presidente y el Canciller, y él no va a ir a los Estados Unidos en el corto plazo.
Pero al final, generará un nuevo problema. Su gobierno lo presiona para que extradite a Rafael Caro Quintero, el capo de la extinta cártel de guadalajara acusado del asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena Salazar, en 1985. Ahora se sumarán las presiones para Guzmán López. Esa posición es incomprensible, llena de giros, después de haber hecho lo que se le pidió, de acuerdo con el Tratado de Extradición bilateral.
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