dom. May 3rd, 2026

“…me pueden faltar al respeto, humillarme, y bueno, tengo que cuidarme de la autoridad”. Estas son las palabras del presidente López Obrador para argumentar por qué el Senado no asiste a la entrega de la Medalla Belisario Domínguez. “Tengo que encargarme de la toma de posesión presidencial”, dijo el hombre famoso como presidente por encargarse de la toma de posesión mientras bajaba del auto para saludar a la madre de la retaco; el que insulta a diestra y siniestra desde Palacio, el que ha convertido a la Presidencia en una carpa de circo, en un bosquejo con música en vivo.

Esta actitud del presidente López Obrador es curiosa. Habla de que sus oponentes “están muy enojados” y que lo pueden insultar. Tiene miedo de que puedan atacarlo y humillarlo. Agredirlo tal vez, pero humillarlo solo para que se sienta humillado… y lo es. Su administración ha sido una serie de errores francamente escandalosos mezclados con odio mezclado con ideología barata. Claro, alguien así es humillante, alguien que destruyó el sistema de salud, que no ha podido hacer otra cosa que destruir las instituciones del gobierno federal, alguien cuyo gobierno destila corrupción como en Segalmex, alguien cuyas decisiones han terminado poniendo el Ejército Mexicano en escándalos políticos de corrupción, negocios y frivolidades. Alguien que encabeza tal gobierno, por supuesto, puede ser humillado, no hay ninguna institución que lo proteja de eso.

Nadie puede negar la fortaleza de López Obrador como candidato. Se puede atribuir a su necedad, por supuesto, pero no era lo único que lo caracterizaba. Las campañas que hizo, lo que resistió al abandono, a la burla pública, a la crítica mediática, no fue cualquier cosa. Lo triste es que parece que nada más ganó para vengarse a través de insultos y amenazas, y ahora es un hombre que se ha arrinconado en su palacio –como ocurre con los dictadores en decadencia–, acompañado de unos cuantos que se aprovechan de sus delirios. y protegido por una verborrea supuestamente justiciera y reivindicativa que simplemente revela la pérdida de rumbo del personaje.

Su actuación como Presidente ha tendido más a sembrar miedo al principio, luego ha montado una anarquía que va de la ineptitud a la indolencia; en su gobierno, el “bienestar” es una marca, no algo que disfruten los ciudadanos; ha puesto fin a cualquier avance significativo en cualquier tema en las últimas cuatro décadas, ya sea energía o derechos humanos. Con él, en efecto, no hay medias tintas, o estás con él o estás contra él. Y estar con él es compartir la destrucción y el autoritarismo. Porque si algo ha vuelto de la mano de Andrés Manuel López Obrador es la política de la caverna, los insultos y las calumnias como eje de la conversación pública que mantiene el gobierno con sus gobernados.

Como le queda poco más de un año de gobierno, el Presidente parece sentirse abrumado por una realidad que lo supera: los norteamericanos están hartos de sus rabietas retóricas y su miedo a la delincuencia; los ciudadanos ya salen a las calles a protestar, la SCJN –con excepción de su lacayo y el plagiario y una cortesana– frena sus dementes proyectos y, en respuesta, su desplante es cada vez más grotesco y humilla él solo a la Presidencia. el ejercicio de sus monólogos matutinos. Por eso tiene miedo de ser “humillado”.

Su biografía bien podría resumirse así: un candidato de hierro, un presidente de paja.

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