vie. Jun 19th, 2026

Hace unos días, en una comparecencia ante el Senado estadounidense, el secretario de Estado, Antony Blinken, al ser cuestionado sobre si son los cárteles, y no el gobierno mexicano, los que tienen el control de partes del país, respondió: “Creo que es justo decir que sí”. El presidente negó la afirmación al día siguiente, pero el presidente miente.

No es algo nuevo. Hace dos años, en marzo de 2021, el jefe del Comando Norte de Estados Unidos, general Glen Van Herck, sostuvo que los cárteles operan en el 35 por ciento del territorio mexicano “en áreas frecuentemente ingobernables”.

Dieciséis cárteles luchan por el control del país. El Cártel de Sinaloa domina el noroeste, el Cártel del Golfo el noreste, el Cártel Jalisco NG domina el bajío, el Cártel Jalisco y Unión Tepito se disputan el control de la Ciudad de México. Los cárteles mencionados tienen presencia en los 32 estados de la República. El gobierno federal lo sabe y lo tolera. Bajo el pretexto de que hay que solucionar “las causas”, ha permitido que operen sin mayores contratiempos. Cuando Estados Unidos presiona, apresan a un capo (como Ovidio Guzmán) un día antes de la llegada de Biden a nuestro país. Cuando la DEA es la que debe presionar, la Guardia Nacional asegura un gran envío de fentanilo a pesar de las afirmaciones del presidente de que la droga no se produce en México. A pesar de la verborrea inflamada del presidente, que es solo para el consumo de su base pública, cuando el gobierno de EE. UU. empuja, el gobierno de México se doblega, como cuando Ebrard-López Obrador se inclinó ante Trump.

En junio de 2021 se realizaron elecciones en varios estados de la República. En Michoacán, Colima, Nayarit, Sinaloa, Sonora y Baja California, el narcotraficante jugó electoralmente a favor de Morena, secuestrando candidatos y operadores electorales de la oposición. Los sacaron de sus casas y los mantuvieron secuestrados hasta que terminaron las elecciones. Los gobiernos que emanan de esas elecciones no responden a los ciudadanos, responden a los cárteles que los impusieron. Lo mismo puede decirse de Tamaulipas. Hay fuertes indicios de que el dinero de la droga de esa entidad está apoyando financieramente la campaña de Delfina en el Estado de México.

El capo de la droga no solo controla vastas zonas del país, también es un aliado político del partido del presidente. Su objetivo es la permanencia del grupo compacto de López Obrador en el poder.

La cuestión es que hay extensos territorios de la República controlados por los narcos, que el presidente lo sabe y que miente cuando lo niega. Tomemos un solo caso. Su famosa visita a Badiraguato, en marzo de 2020, en la que saludó a la madre del Chapo. López Obrador ha dicho que fue un encuentro casual. No fue así. En ese mismo viaje se reunió con los abogados de Guzmán Loera en una comida al aire libre. Nos enteramos, a través de videos que se pueden ver en Youtube, de esta convivencia no por el trabajo de la prensa, a la que se le impidió ingresar: los videos los difundió el mismo cartel. En estos videos, a pesar de que se encontraba en una zona de alto riesgo, no estaban presentes ni el Ejército ni la Guardia Nacional. El narco era el encargado de cuidar al presidente. A un par de días de la reunión en Badiraguato (la primera de cinco), los abogados del Chapo agradecieron la visita, elogiaron al “presidente humanista” y aclararon que López Obrador siempre estuvo a salvo porque cuidaron de su seguridad. “Desde que el presidente llegó a Culiacán en el avión”, le dijo a Azucena Uresti José Luis González Meza, abogado del narcotraficante, “no hubo ningún problema. No había riesgo. Llegó a la tierra del Chapo. La orden era no dañar al presidente. Cuantas veces vaya a Sinaloa, el presidente estará protegido”. Para que quede claro: durante sus visitas a Sinaloa, el presidente estará protegido por el Cártel de Sinaloa. Esta es la triste realidad de México. Un presidente que está de acuerdo con el narcotraficante para asegurar la continuidad del grupo político que encabeza.

Una mañana de 1946, un joven larguirucho con cara de niño llamado Julio Cortázar entró en la oficina de Jorge Luis Borges. Le dejó un cuento que Borges publicaría bajo el título “Casa tomada”. Una pareja de hermanos vive acosada por una misteriosa presencia que se va apoderando habitación por habitación de la casa que habitan. La presencia de estos intangibles intrusos acaba por apoderarse de toda la casa, obligando a los hermanos a marcharse, no sin antes tirar las llaves a la alcantarilla.

México está siendo tomado, estado por estado, con la complacencia del gobierno, por los cárteles de la droga. El gobierno de Estados Unidos presiona. López Obrador se da palmadas, calumnia, reclama pero termina cediendo. En este tenso juego de toma y daca, los ciudadanos nos encontramos indefensos. Nos negamos a renunciar a una casa que es nuestra. Nos negamos a abandonarla y entregar las llaves de la cloaca en que se ha convertido Morena.

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