dom. Ago 9th, 2026

Termina el año 2022 que, al igual que los anteriores, casi acaba con nosotros, o al menos así se sintió. En el relato de lo acontecido en la educación básica a lo largo de estos doce meses encontramos, como en un cofre navideño que llega el 31 de diciembre, todo: bueno y constante, nuevo y actual, viejo y rancio.

La buena y constante fue realizada por familias y docentes, y en menor medida en los espacios de autoridades estatales y sociedad civil. Los últimos dos meses del ciclo escolar 2021-2022 fueron complicados: en algunas zonas del país aún existía un esquema híbrido, por la incapacidad de las autoridades para garantizar espacios seguros y protocolos firmes, pero también por la presión gremial para ampliar los cierres y los temores desinformados de multitudes de familias. La conclusión del ciclo fue precipitada, y no se entendió el enfoque de inclusión con el que los funcionarios intermedios de la SEP diseñaron un esquema para que el registro de calificación y la certificación del grado escolar no fueran una barrera para continuar. Las familias suspiraron profundamente y acompañaron a los estudiantes todos los días, usando cubrebocas, rifándolos en las carreteras o en el transporte público, animándolos a continuar. Maestros y maestras volvieron como los grandes, de desyerbar y redecorar el aula, a asumir que recibían a niños que a pesar de su edad no sabían leer, o que habían vivido en tal hostilidad que llegaban todos furiosos, negándose a colaborar y entenderse unos a otros. otro. .

El segundo semestre, ahora con un nuevo ciclo, ha sido más realista en expectativas, reforzando rutinas y anclando procesos. Con todos sus pisos y con la justa crítica a los procesos sucios, pero sobre todo poco humanos, jóvenes vibrantes se incorporaron al magisterio —y no por motivos populistas—, y llegó también otra generación de directores y supervisores a los que no se les dio sus regalos nombramientos, pero los lograron con el despliegue de su esfuerzo en la escuela, no en la marcha, el comedor o la sujeción a un líder. Muchos ya se han aprovechado de las evaluaciones diagnósticas, y han relativizado sabiamente las confusas instrucciones de superioridad, para servir mejor a sus verdaderos alumnos.

Lo nuevo y actual fue el impactante espectáculo que se sigue dando en torno al Plan de Estudios. Al menos, el equipo de Delfina tuvo la decencia de apresurarse a sacarlo de total ilegalidad y falta de fundamento, con un acuerdo firmado en el último segundo por el saliente Secretario de Educación. Como la pizza preparada por jóvenes hipstersque aman fingir pobreza sin poder ocultar su privilegio, la incoherencia, la verbosidad y la incoherencia se han extendido por todo el territorio nacional, en forma lamentable rehacer Camión Scooby Doo económico. Académicos “establecidos” y organizaciones ajenas al estudio cayeron de bruces ante críticas clasistas y ridículas, dando oxígeno adicional, por el contrario, a un trabajo desigual de diseño curricular que, como una colcha de anciana, cose mal tramos de tela interesantes pero desfavorables. no se corresponden entre sí. Nada más lejos del discurso y la visión del Presidente, a quien servilmente intentan halagar con toda la cantidad de cambiantes libros de texto gratuitos, que los gruesos párrafos que se refieren a encontrar una alternativa al enfoque patriarcal, vertical, violento, etc., actual escuela (que, por cierto, es la que ama López Obrador, ya que ve toda la educación como “enseñanza”, y que lo importante del sistema para él es mantener a los maestros en paz y cooperar, aunque los niños de la Coordinadora lo niegan semana tras semana). Alguna cita o planteamiento luminoso de Boaventura de Sousa, Catherine Walsh o los pedagogos del Zulia —por muchos admirados y seguidos— a la fuerza y ​​sin pericia se ven incrustados en un tejido chapucero e inacabado, y que se pretende redimir en el ” co-diseñar”, echando la responsabilidad del último tramo a cada escuela y docente, quienes, en la práctica, siguen siendo disciplinados cuando muestran una verdadera autonomía.

Lo viejo y rancio sigue siendo la gestión de la educación por parte de la clase política. Ni siquiera entrando en la falta de preparación de los titulares —donde este gobierno no tiene una exclusiva, sino que hay que remontarse al siglo XX para encontrar a un destacado educador que llegó a ser Secretario por las razones correctas y con bastantes detenciones— el regreso era muy pobre No hay compromiso de apoyo a los docentes en realidad, sus aumentos salariales fueron barniz e ilusión óptica, no hay inversión en su formación continua; Dan minibecas a las familias y destruyen más sistemas de apoyo estructural. No hubo vacunas suficientes y oportunas para niñas y niños, ni alimentos por razones claramente políticas. El programa más grande en cantidad de recursos, además de sueldos docentes y becas, que nunca ha tenido la SEP en toda su historia, el programa La Escuela es Nuestra, es un pozo de opacidad y captura.

¿Hay esperanza? Mucho, y magnífico. 23 millones de esperanzas, los estudiantes. 2 millones de esperanzas, los servidores públicos de la educación. Los campamentos de aprendizaje en Tabasco, los refuerzos en Guanajuato para los años de transición, el diagnóstico y refuerzo en Veracruz y Nuevo León, el trabajo de consolidación del sistema en Jalisco, Querétaro, Yucatán; cómo no se dejaron arrollar por el sindicato-depredador en Guerrero, Chiapas o Tamaulipas. Lo que hace la sociedad civil, lo visible en el desafío y lo silencioso en el capilar. Va a ser un buen año, 2023.

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