Grande fue la sorpresa de aquel ejecutivo que amaneció en la cama de su hotel de Las Vegas junto a una mujer desconocida -bastante fea por cierto- que seguía durmiendo. Ella no recordaba nada de la noche anterior, pues había bebido demasiado, pero él buscó su billetera para pagar los servicios que seguramente había obtenido de la suripanta. Sacó unos billetes para despertarla, dárselos y despedirla, pero en ese momento escuchó la voz de otra mujer, aún más fea, que con una sonrisa desdentada le dijo desde el sofá donde había dormido: “¿Y no hay nada para la madrina de la boda?”. Admito que no conozco a fondo la civilización occidental. Cuantas veces tuve la oportunidad de tratarla, había algo que me impedía: O estaban pasando una buena película en el cine, o un amigo tenía un cumpleaños y comía rosbif y cerveza, o alguna chica linda finalmente aceptaba mi invitación para ir a ver las luces de Saltillo desde el Cerro del Pueblo. En la secundaria, eso sí, leí los manuales de historia de A. Malet, y luego los profusos reportajes de Pirenne y Will Durant, así como las entretenidas obras sobre Grecia y los romanos escritas por Indro Montanelli, uno de los pocos historiadores con sentido del humor. que en este mundo han sido. Casi todos son, para usar una frase usada en el rancho Potrero, más serios que un cerdo meando. Estas lecturas me inspiraron una idea: la civilización occidental es como un trípode, una mesa de tres patas (o patas, dependiendo de la confianza que tengas con la mesa). Esos pilares sobre los que descansa la cultura occidental son la religión judeocristiana, la filosofía griega y el derecho romano. Los tres nacieron a orillas del Mediterráneo, mar que con razón se ha llamado umbilicus orbis, el ombligo del mundo. Una vez navegué a través de él, y lo vi al caer la tarde con el color del vino, como lo describe Homero. Pero noto que estoy caminando por los cerros de Úbeda, muy diferente a ese Cerro del Pueblo que te comentaba antes, de tan gratos recuerdos. Lo que voy a decir es que uno de esos tres fundamentos de la civilización, el derecho, es condición indispensable para la vida en sociedad. Cuando el orden legal se rompe, la comunidad se enfrenta a una seria amenaza. He aquí uno de los males más nefastos que sufre México. Aquí la mayoría de los encargados de hacer las leyes son vasallos al servicio de una especie de reyezuelo que no reconoce otra ley que su voluntad. Aquí el que juró cumplir la Constitución es el primero en pisotearla. No está solo en este desapego de la ley. Le acompañan sus chapas ya abiertas, que con sus campañas anticipadas se van pasando las normas electorales por las que Petra pasa la peineta, si se permite esa expresión plebeya. Lo acompañan militares que han cambiado la integridad del Instituto Armado por un plato de lentejas en forma de aeropuertos, trenes, aduanas y otros regalos a los que pronto se sumará una aerolínea, seguramente en quiebra desde antes de nacer. Lo acompañan diputados y senadores morenistas sometidos ignominiosamente al Caudillo, y quienes, al retratarse con él en su Palacio, contribuyeron a la iconografía política de México con una de sus imágenes más vergonzosas. Le acompañan, por último, los turiferarios que en los medios celebran sus caprichos y caprichos sin el menor sentido de crítica. Y yo seguiría adelante con esta relación, pero tengo que parar para ir a ver qué es turiferarios. En la oficina del productor de televisión, la guapa actriz terminó de vestirse y comentó: “No sabía que el procedimiento para conseguir un papel en la televisión es exactamente el mismo que para conseguir uno en el cine”. FIN.
Licenciado en Derecho y en Lengua y Literatura Españolas / cronista de Saltillo.
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