
-¿Qué serie estás viendo? Le pregunto a Michel Franco, esperando que me recomiende algo que valga la pena porque estos días no encuentro nada.
-No veo series de televisión, más que las de directores que respeto, como Lynch o Lars von Trier ahora, pero son series que juegan con otras reglas. Estos directores hacen lo que quieren.
“Ojalá no me gustara la serie”, le digo, algo frustrado.
-Es que la vida pasa observándote. Toda la vida.
Y si.
Por eso Michel Franco prefiere leer. Ya no toca el bajo como antes, cuando tenía una banda formada por amigos y, si tenían suerte, tocaban en un bar. No lo hace desde que se convenció de que no tenía talento. Habría sido músico si lo hubiera hecho.
-Tus películas apenas tienen música…
-Es por eso. Por respeto a la música. Me gusta el cine o la música. A veces conviven, claro, pero casi siempre se utiliza la música en el cine para dar fuerza a lo que no se filmó bien, a lo que los actores no supieron proyectar, a los diálogos que no funcionan. La música es un lubricante en esos casos. Kubrick es otra cosa, Fellini, Woody Allen, Almodóvar. El principio de Nuevo orden tiene tres minutos de Shostakovich, muy delantero, y luego no hay más. Es mi manera de no ir por lo fácil.
Una vez, Michel Franco escuchó el sonido de una guitarra eléctrica. Venía del edificio de al lado. Se asomó a la ventana. Era un adolescente de su edad. Jugaron juntos durante unos minutos. Franco le enseñó un par de canciones, Dulce hijo mío y otro. Un mes después se reencontraron. El novato lo había pasado. Acaba de empezar a jugar; Franco tenía años. “Había que ser muy tonto para no darse cuenta. Eso, y que siempre me sentí inseguro jugando”.
Su padre dejó la escuela a los 12 años para mantener a sus seis hermanos menores. Durante 50 años, ha estado haciendo trajes. Primero los vendió en Ciudad Juárez, de donde es, luego fue empleado en una tienda y terminó montando su propio negocio en la Ciudad de México. Su madre nació en Israel.
Franco comenzó a obsesionarse con el cine. los olvidados, Una Naranja Mecánica y ficción de la pulpa le volaron la cabeza. A su padre, hijo del esfuerzo, el cine le parecía una fantasía más, como la música. Ambos resolvieron que estudiaría comunicación, para trabajar en publicidad y ganarse la vida. “Para él tenía más sentido y no me pareció terrible”, dice el cineasta. Fue toda una apuesta porque en esos años, a finales de los 90, en México se producían tres o cuatro películas por año, no más.
-¿Tenías el plan de hacer comerciales para sobrevivir y eventualmente hacer películas?
-Era casi eso, pero lo del cine parecía muy lejano, así que filmé cortometrajes. Mi papá me había dejado muy claro que más allá de los 25 años no contaba con su apoyo económico. Eso me presionó para disparar mucho y adquirir habilidades con la cámara rápidamente.
Filmó obsesivamente, un corto tras otro. Todavía no soñaba con ser director de cine; se contentaba con no tener una vida rutinaria como la de su padre, quien siempre le decía que esperaba dedicarse a algo más apasionante. “No es que no aprecie su trabajo, que nos dio para vivir, pero siempre dijo que lo hubiera hecho mejor si hubiera tenido la oportunidad”.
A mitad de su carrera, Franco realizó un cineminuto muy comentado para Secodam, Cuando sea grande, que estaba en la cadena Cinemex y tenía un mensaje contra la corrupción. Tuvo una gran respuesta del público. Más tarde, hizo la serie de papa piratapara combatir la piratería. Envió un par de cortometrajes más a las jornadas de cortometrajes de la Cineteca, que fue la antesala de Morelia, que inició como festival de cortometrajes. Entre dos, con Lumi Cavazos, ganó en Huesca. “Era la primera vez que me atrevía a enviar un cortometraje fuera del país”. Después de eso, ya con varios clientes, no pudo parar. Ella nunca se graduó. Dejó la Ibero en el octavo semestre. “No me interesaba nada, solo filmar”.
¿Sabías que eras bueno?
-Al contrario de la música, cuando tocábamos en los bares y nos gritaban, el cine me venía natural. Y no pensé que algún día iba a hacer una película; eso era un sueño más que un propósito. Hasta que gané en España y ahí dije basta, basta de cortos, es hora de pensar en una película.
Franco rodó su primer largometraje, daniel y ana, a los 28 años. Fue seleccionado para la Quincena de Realizadores de Cannes. Siguieron otros éxitos, incluyendo Después de Lucía, Crónico y Nuevo orden.
-En México no hay tantos directores como tú, que también escriben…
-Mi modelo fue Woody Allen, el primer director que me obsesionó. Todavía estaba haciendo una película al año en ese momento, y todas eran excelentes. Nunca se me pasó por la cabeza que alguien más escribiría una película mía. Si en México se hacían cinco películas al año, imagínense lo difícil que era encontrar un buen guionista. Cuando estaba satisfecho con Entre dos Pensé en escribir una película. A partir de ahora, no creo que me interese nunca dirigir algo que no escribo.
¿Qué no querrías en tu vida profesional?
-Yo nunca, nunca querría trabajar por contrato. No me gusta filmar, me gusta escribir y hacer lo que escribo. Me gusta ver cómo se hace realidad lo que imagino, pero todo es muy difícil, laborioso y en el cine muchas veces te topas con la pared. Todos los esfuerzos y frustraciones valen la pena ver terminado lo que imaginé. El placer viene de ahí, pero al contrario de lo que cualquiera pueda pensar, no me gusta filmar.
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