sáb. May 2nd, 2026

Cuando el PRI era todavía el partido hegemónico en México, asistí a varias de sus asambleas. Recibió una invitación para observar lo que sucedía allí. Como politólogo me resultó sumamente interesante conocer de primera mano las formas de ese partido hegemónico que gobernó México durante más de siete décadas.

El PRI era un partido de reglas formales y no escritas. El líder indiscutible del instituto político era el Presidente de la República. Él tomó las decisiones más importantes. Hasta la Asamblea 17 de 1996, cuando los asambleístas pusieron candados a las candidaturas a cargos de elección popular, incluido el presidencial, con la complacencia explícita o implícita del presidente Zedillo. Cuatro años después, por primera vez en su historia, el PRI perdería la elección presidencial.

Una de las cosas que siempre me llamó la atención en las asambleas del PRI fue el reiterado llamado a la unidad partidaria. La palabra “unidad” no solo fue utilizada por todos los oradores, sino que los asambleístas la gritaron al unísono con frecuencia. “Unidad, unidad, unidad”, clamaron con contundencia los priístas.

Sí, para el PRI la unidad era fundamental. Ya se había producido la traumática fractura de un grupo de distinguidos militantes del partido, entre ellos Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, la famosa Corriente Democrática, que puso en peligro la elección presidencial de 1988. Ni Salinas ni Zedillo querían otra ruptura similar en su sexenio. De ahí los llamados permanentes a la unidad.

No es fácil lograr la unión en un partido, sobre todo en la mayoría, como el PRI de antes. Si la elección de Gobernador o Presidente la va a ganar este partido, lo importante es quién será su candidato. Ahí es donde ocurre la verdadera lucha por el poder.

En tiempos del PRI, como ha demostrado Jorge G. Castañeda en su magnífico libro “La herencia: Arqueología de la sucesión presidencial en México”, la disputa por la candidatura presidencial era feroz. En la superficie, todos los posibles candidatos se abrazaban y sonreían. Pero se dieron fuertes patadas debajo de la mesa; en muchas ocasiones con consecuencias desastrosas para todo el país.

El único factor real de unidad que tuvo el PRI fue el Presidente de la República. Tenía los instrumentos para disciplinar y neutralizar a los políticos que no conseguían ninguna candidatura. Fue impresionante ver cómo, tras el desvelamiento presidencial, los vencidos corrían a abrazar al vencedor, declarando que el partido había elegido al padrino.

Ya en la década de 1990 se hizo cada vez más difícil sostener estas prácticas. En 1993, cuando el partido (léase presidente Salinas) destapó a Colosio, Manuel Camacho se negó a felicitarlo en público.

Las grietas en la tricolor eran cada vez más evidentes.

Y, en la medida en que se hacía más difícil lograr la unidad, más gritaban los priístas esa palabrita.

Esto lo he recordado ahora que las famosas “corcholatas” de Morena han acudido a las pasarelas con diputados y senadores de su partido.

Palabras de Claudia Sheinbaum: “Un compañero que es calumniado, un compañero que hay que defender, porque eso es la unidad y no lo digo por mí, lo digo por todos. Aquí estamos todos juntos, porque la crítica que nos hacen es al proyecto, no a la persona”.

De Marcelo Ebrard: “Siempre hemos abogado, luchado y actuado por la cohesión y la unidad”.

Adán Augusto López dijo: “Los que militamos en este partido lo que queremos es eso, es que haya unidad, unidad de los grupos parlamentarios de diputados y senadores y que se vayan todos. Ya se avecina una batalla que no va a ser fácil, que no nos confiemos, yo creo que vamos a salir bien si estamos unidos”.

Y, sucintamente, Ricardo Monreal: “Unidad, hermanos”.

Como ya dije, si algo aprendí al presenciar algunas asambleas del PRI es que cuanto más se habla de unidad, más se necesita. Creo que algo similar le está pasando a Morena. Las llamadas “corcholatas” no están del todo seguras de lo que van a hacer los perdedores de la candidatura presidencial. No es que vayan a romper con el partido, pero sí aplican eso de “manos abajo”, es decir, no colaborar en nada para que gane la elección el candidato que designará el presidente López Obrador.

Por ahora, los tapones de botellas sonríen y se abrazan como “hermanos”. Sí, como Caín y Abel que también eran hermanos y así terminaron. Los golpes bajo la mesa entre ellos ya se están dando y serán cada vez más frecuentes en 2023. A ver hasta dónde llegan.

Leo Zuckermann es analista político/periodista y presentador de un programa de opinión en televisión.

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