
Una referencia indispensable para evaluar el desempeño de cualquier gobierno es la definición clara de sus funciones. La identificación teórica de esas responsabilidades ha sido influenciada por la evolución del pensamiento económico.
El punto de partida moderno se remonta a Adam Smith, quien asignó al gobierno pocas pero esenciales tareas que son difíciles de llevar a cabo para los particulares. en su libro La riqueza de las naciones, el llamado “Padre de la Economía” consideró que el soberano tiene tres obligaciones para con sus ciudadanos: la defensa contra la violencia y la invasión del exterior; protección contra la injusticia o la opresión de otros miembros de la sociedad a través de la administración “exacta” de justicia; y la provisión de ciertas obras e instituciones públicas que, aunque no sean rentables privadamente, produzcan un beneficio social superior a su costo.
La visión enfocada de Smith y otros economistas que lo sucedieron tendió a coincidir con el negocio general de muchos gobiernos durante el siglo XIX. Entre otros indicadores, se reflejó en una proporción del gasto público que no superó el 10 por ciento del PIB. El tamaño relativamente pequeño del gobierno no impidió que algunas naciones registraran un crecimiento económico espectacular, como fue el caso destacado en Gran Bretaña.
En contraste, durante el siglo XX, nuevos desarrollos teóricos llevaron gradualmente a una ampliación del papel del gobierno. En particular, el pensamiento marxista contribuyó a incorporar la redistribución del ingreso como un anhelo gubernamental, a través de medidas actualmente muy difundidas, como los esquemas tributarios progresivos.
Del mismo modo, las teorías keynesianas impulsaron la conveniencia del apoyo gubernamental a los ingresos individuales durante las recesiones económicas. Además, se impulsaron los planes públicos de pensiones y se crearon empresas estatales.
Finalmente, dos nuevos conceptos económicos dieron lugar a una extensión potencialmente indeterminada de las asignaciones gubernamentales. El primero es el “bien público”, definido como aquel en el que no es posible excluir a nadie de su consumo y el disfrute de unos individuos no limita el de otros. Las tareas contempladas por Adam Smith pueden racionalizarse en estos términos, pero también muchos otros, como las estadísticas oficiales, el lenguaje común, las direcciones de carreteras, la radiodifusión y la televisión abierta, etc.
La segunda noción es la de “externalidad”, consistente en un costo o beneficio de una actividad o situación sobre personas no involucradas, que no son indemnizadas o no pagan, según el caso, por tal efecto. Un ejemplo negativo es la contaminación que produce una fábrica y uno positivo, el beneficio de una casa atractiva para los vecinos.
Tanto en los bienes públicos como en las externalidades se invoca la participación del gobierno, infiriéndose que, de lo contrario, se producirían o combatirían en menor medida de lo deseable. A menudo, sin embargo, tales conceptos se han aplicado de manera vaga para proponer, en la práctica, una larga lista de actividades como presuntas ocupaciones gubernamentales.
Teniendo en cuenta que el gobierno tiene recursos limitados, el enfoque disperso de las tareas conlleva el riesgo de descuidar su calidad y eficacia. Además, abre la puerta para otorgar beneficios a grupos de interés y promover políticas paternalistas que son contraproducentes para el desarrollo económico.
En México, la Constitución, promulgada en 1917, ha sufrido innumerables reformas, muchas de las cuales han buscado ampliar el campo de acción del gobierno. Dentro de estas demandas, se destaca una lista creciente de derechos de las personas y familias, que se acompaña de garantías para su cumplimiento.
Por ejemplo, la Constitución señala como derechos: la educación gratuita en todos los niveles, incluida la alimentación superior, “suficiente y de calidad”, la protección de la salud, el acceso al agua, el disfrute de una vivienda “digna y decorosa”, el apoyo económico a los discapacitados, un régimen no contributivo pensión para adultos mayores, y becas para estudiantes de todos los niveles, entre muchos otros.
La actuación del gobierno mexicano ha sido claramente deficiente. La prevalencia de altos niveles de inseguridad y corrupción, así como el deterioro de la infraestructura física del país revelan el abandono de las funciones originales del gobierno. El declive de los sistemas públicos de educación y salud son sintomáticos de la incapacidad y el despilfarro del gasto público.
En lugar de continuar agregando a la lista de compromisos, el gobierno debe concentrarse en cumplir con sus responsabilidades básicas de manera efectiva.
Ex Vicegobernador del Banco de México y autor de Economía Mexicana para Desencantados (FCE 2006)
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