
Durante buena parte del largo período del casi único partido hegemónico, que duró más de siete décadas, se solía decir, como descripción de la realidad imperante, que en México “nunca pasó nada”.
Eso sí, hasta que pasó algo, que fue muy de vez en cuando. Y todo ello bajo el estricto control del llamado “sistema”, que básicamente constaba de dos elementos, como correctamente identificados y definidos por Daniel Cosío Villegas, a saber: el presidencialismo exacerbado y el partido oficial. Y como el segundo era un simple instrumento del primero, sólo quedaba realmente el presidente, como voluntad única e inapelable de todo lo que se hacía y decidía en el país.
Recordando esto ahora, puede parecer una exageración para algunos, pero literalmente lo fue. Eran los tiempos en que se instalaba lo que Vargas Llosa llamó la “dictadura perfecta”. La rama del árbol no se movió, ni se aprobó nada en el Congreso, bueno, ni siquiera se inauguró una toma de agua pueblerina sin antes obtener la autorización, el visto bueno, o por lo menos dar conocimiento al Todopoderoso, omnisciente y omnipresente. Caballero. El mismo que nombró a su sucesor, lo que muchos consideraron algo totalmente normal. Como es normal ahora, no pocos ven también que el actual Ejecutivo está en proceso de hacer exactamente lo mismo, es decir, designar a su sucesor o sucesora.
Ahora bien, se puede decir que los acontecimientos se suceden en una cascada imparable. Ciertamente ya no es el país donde no pasó nada. Hoy los ciudadanos, más atentos a lo que ocurre en la esfera pública, se estremecen casi permanentemente al conocer hechos que de una u otra forma impactan en la vida nacional.
¡Y vaya cosas que pasan! Entre otros, los ataques contra el INE, la nulidad a todos los efectos prácticos del INAI (en detrimento de la transparencia), los furiosos ataques a la Corte, el riesgo latente de que en algún momento se produzca el llamado Plan B, por la ejercen fuertes presiones, surten efecto a pesar de su notoria inconstitucionalidad; el ministro plagiario que sigue ahí tan libremente perjudicando el prestigio de la SCJN; la creciente militarización del país; la escasez de medicamentos, que parece no tener fin a pesar de que se niega. Y así una larga lista de hechos que literalmente tienen en vilo a la sociedad mexicana.
Es más, como si lo anterior fuera poco, en los últimos días tuvimos el episodio que surgió por el problema de salud que tuvo el presidente López Obrador. El manejo comunicacional que se le dio a este asunto (desinformación, inconsistencias, contradicciones) fue tan pésimo que resultó en una verdadera farsa. Afortunadamente, como todo parece indicar, fue algo relativamente menor.
Es necesario no olvidar que por el esfuerzo callado pero perseverante y tenaz de quienes lograron pacientemente la alternancia hace un cuarto de siglo, como paso inicial hacia el pleno desarrollo democrático, sin esperar nada a cambio, siempre pensaron que harían de México, el país donde iban a suceder las cosas, por medios civilizados y para mejor. No olviden a esos héroes anónimos, en cuyas trincheras no militan, por cierto, los que ahora detentan el poder, porque decían que “no creían en la democracia”.
Esos mexicanos lo hicieron, es verdad. Pero nunca imaginaron que lo que comenzaría a suceder dos décadas después volvería al antiguo régimen. Peor aún, porque es evidente, que el presidencialismo del pasado palidece ante los excesos, autoritarismo, narcisismo, actitud antidemocrática, mesianismo y mitomanía del actual. Todo indica que esto no va a acabar bien.
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