lun. May 4th, 2026

Decíamos el miércoles que hay tres escenarios hacia 2024. El primero es que Morena logre salvar el proceso sucesorio sin ruptura mientras la oposición sigue en el pantano que hoy habita; en el segundo, Morena se quiebra, sin quebrarse, mientras la ciudadanía logra imponerse a los patéticos dirigentes partidarios; en la tercera rompe Morena, y de ahí surge una tercera candidatura, que se cobija en los partidos pequeños, llevándonos a una elección de tercias.

Los tres no tienen la misma probabilidad, ni agotan todas las posibilidades. Por ejemplo, podría ocurrir algo similar al segundo escenario, pero sin que los ciudadanos realmente consigan nada, volviendo al primer escenario. Hay una gran cantidad de variaciones, imponderables, sorpresas, que no deben alarmar a nadie: no podemos conocer el futuro.

Los escenarios propuestos implican una competencia diferente en cada caso: una sola opción en el primero, dos en el segundo y tres en el tercero. En el primer caso, Morena no tendría a nadie frente a ella, mientras que en el segundo correría el riesgo de perder. En la tercera bastaría el 35 o 40 por ciento de los votos para ganar y, en este momento, así de grande es Morena.

Sin embargo, estos escenarios se desarrollarán en un contexto que aún no está claro. Además de la política, existen otros tres ámbitos relevantes de análisis: la economía, la cuestión social y el entorno geopolítico, cuyo reflejo inmediato es esencialmente comunicacional.

Económicamente, los últimos meses han sido sorprendentemente buenos. La economía se estaba debilitando a fines de 2022, pero comenzó este año, especialmente a partir de febrero, con mucha fuerza. Crece el empleo, crecen los salarios, y aunque ambos están muy rezagados con respecto a 2018, todo indica que la memoria no es el fuerte de la población. El peso fuerte ha sido utilizado por López Obrador como señal de éxito económico, aunque no lo es, ni su nivel depende de decisiones gubernamentales. Tampoco parece haber claridad en esto.

El peso fuerte es el resultado de dos cosas: la debilidad general del dólar y el diferencial de tasas de interés. Pero, además, no es una buena noticia, aunque a mucha gente lo parezca. Por un lado, dificulta las exportaciones y la atracción de turismo; por el otro, ha reducido notoriamente los ingresos petroleros del gobierno; finalmente, las altas tasas han elevado el costo financiero de la deuda pública. Sumando, la vulnerabilidad de las finanzas públicas ha crecido significativamente en estos meses que, al parecer, han sido tan buenos.

Como es bien sabido, para evitar que la crisis fiscal se haga evidente, el gobierno ha optado por aniquilar las funciones tradicionales que cubría: seguridad, salud, educación y la gestión de cientos de trámites. Nada de esto está funcionando, y después de cuatro años así, ya hay molestia, enojo, quejas, que suelen ser utilizadas por los pequeños empresarios políticos en los procesos electorales. También en esto hay un aumento de la vulnerabilidad.

En el tema específico de la seguridad, el asunto es más serio. Este sexenio no solo es el más violento de la historia, sino que si a los homicidios le sumamos las desapariciones, ha mantenido una tendencia creciente respecto a los anteriores. La pérdida del control del territorio, el avance de la extorsión o, en pocas palabras, el colapso del Estado, se hace cada día más evidente.

Al último ámbito, la geopolítica, le prestamos muy poca atención en México. Tal vez por eso no evaluamos el creciente potencial de conflicto. La invasión rusa de Ucrania ha entrado desde ayer en una fase muy grave; el nerviosismo de Xi ante una China en ruinas; Las turbulencias latinoamericanas no solo dentro de los países, sino entre ellos.

Si alguien ve los próximos 12 meses como un final feliz, está muy equivocado.

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Metro

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