mié. Abr 29th, 2026

“Quiero que me castre”. Eso le preguntó al médico un individuo de aspecto extraño. El cirujano pensó que había oído mal. “¿Cómo dijo?” preguntó. Repitió el tipo: “Quiero que me castres”. El médico se quedó atónito al escuchar aquella insólita demanda. Quería saber si el hombre padecía alguna enfermedad que requiriera esta ablación. Él le aseguró que no: estaba perfectamente sano. El médico supuso entonces que el visitante tenía alguna orientación sexual, como en la película “La chica danesa”, lo que le hizo querer despojarse de las partes que se tienen en especial estima en los hombres, tanto así que se utiliza su nombre vulgar. ponderar el alto valor de algo Así se dice en expresión plebeya: “me costó un tono… y la mitad del otro”. Luego se preguntó si el motivo de la sorprendente solicitud era de origen religioso. Las religiones llevan a los hombres a participar en todo tipo de extravagancias y rarezas. Algunos se abstienen de comer carne con mujeres; a otras les crece una especie de rizos o rizos que les cuelgan a ambos lados de la cara; guardan silencio permanente; los que salen en procesión llevando zarzas espinosas sobre sus espaldas desnudas, o se azotan con látigos, y no faltan los que meten las armas en cajas o sacos llenos de serpientes venenosas, porque el Libro Bueno promete a los creyentes que el veneno mortal de los reptiles no les harán daño. En resumen, la lista de extrañas prácticas religiosas es interminable. El doctor de mi historia me recordó a Orígenes, un teólogo cristiano del siglo III, considerado el padre de la Iglesia y uno de sus más brillantes pensadores. Tenía defectos, claro, era abstemio, vegetariano y orador, pero su vasto trabajo apologético sigue vivo hasta el día de hoy. Pues bien: Según las crónicas de la época alejandrina, el propio Orígenes se cortó los testículos, didymos o compañeros para librarse de las tentaciones de la lujuria. Que necesidad Habría esperado unos años; Esas tentaciones desaparecen por sí solas. Tras escuchar la extravagante petición de su paciente, de castrarlo, el cirujano consultó el caso con su conciencia. Ella, tras guardar en un cajón el juramento hipocrático -“Quitaré todo daño o injusticia de mis pacientes”-, dio su visto bueno a la referida intervención. Luego, el cirujano procedió a cortar los testículos del sujeto. Al día siguiente de realizada la castración, revisó al muchacho y vio que no presentaba ninguna complicación. No se mostró ningún signo de infección; el proceso de curación sería rápido y efectivo. Incluso el paciente ya había pedido a las enfermeras que le llevaran comida. El médico había indicado una dieta blanda los primeros días, pero exigió un chile relleno, chicharrones en salsa verde o costillas de cordero asadas. Después de discutir mucho con él, el médico autorizó que le dieran dos tacos de pollo, pero sin la huerta -es decir, sin lechuga, tomate ni cebolla-, y sobre todo sin picante. El hombre, aunque de mala gana, aceptó la magra comida, no sin citar al médico un prólogo de su abuelo, quien nunca admitió restricciones en cuanto a la comida. Cuando le advertían que una mala alimentación acortaría su vida, solía responder: “Más vale un año de chiles rellenos que dos años de atole blanco”. Asentado el asunto, el doctor se despidió de su paciente. Él le dijo: “Nunca nadie me ha pedido que lo castre. Si te lo hice, fue solo por tu insistencia. Y ahora me retiro. Voy al quirófano a hacerme una circuncisión”. Al oír esto, el hombre exclamó consternado: “¡Circuncisión! ¡Co…! ¡Esa era la palabra!”. FIN.

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