mié. Oct 21st, 2026

A veces los refranes, los proverbios se vuelven comunes. Aunque están llenas de lógica y son perfectamente comprobables, a fuerza de decirlas, medio mundo las olvida o les parece que ya no tienen relevancia.

El comentario es por lo que dice: “dime con quién estás y te diré quién eres”. Es uno de esos dichos que peje siempre ha valido la pena madres. Está claro que desde pequeño no se le decía nada de malas amistades. Al contrario, con el tiempo aprendió los beneficios de tener malos amigos y compararse con ellos. Ya lo hemos dicho en este espacio: es muy fácil que el Presidente se sienta Gandhi si sus amigos son el mezquino Riobóo, la plagiaria Yasmín, el psicópata Epigmenio o la criminal Layda Sansores. El encuentro con la bazofia le da al Presidente una especie de sentido de autoridad moral que seguramente lo hace levitar por los pasillos de Palacio.

Lo mismo ocurre con sus pares de otros países. ¿Con quién se siente cómodo el presidente? Pues con sujetos que podrían representar la era de los hombres de las cavernas, el prototipo del narcisismo o alguna nueva forma de delincuencia y criminalidad política. Siempre consideró a Donald Trump un amigo, defendió su derecho a las amenazas e insultos que lanzaba en las redes sociales. Seguramente lo extraña. Porque es verdad: extraña a quien admira.

En días pasados, López Obrador entregó una condecoración al dictador cubano Miguel Díaz-Canel. Es una vergüenza para nosotros como país y una tontería para el pueblo cubano. Pero para nuestro Presidente fue un momento sublime engalanar a un dictador que lo transporta a su anhelo de nostalgia. Imaginó que condecoraba a Fidel Castro y que él era Echeverría y que juntos representaban a los pueblos del tercer mundo contra el imperialismo. Cosas de esas que pasan por la cabecita de nuestro Presidente, en su mundo de fantasía donde es el gran justiciero internacional.

Seguramente al Presidente le entristece que necesite a Idi Amin o alguien así para que le permita resaltar su “humanismo mexicano”. Alguien que cuando le pone una medalla, el Presidente puede pensar: “si le doy una medalla, lo mínimo que merezco es una estatua en el Zócalo o en la entrada de la ONU”. Porque no solo condecoró al cubano, también dijo que organizará una defensa más activa para que “todos los países se unan” y defiendan la soberanía e independencia de Cuba. Esa especie de sueños grandiosos de sentirse libertadores como Simón Bolívar ya se vivían en los años locos de Luis Echeverría, quien al final de su gobierno quiso ser candidato al Premio Nobel de la Paz.

La condecoración que López Obrador entregó al tirano cubano nos recuerda que se acerca el último año de gobierno y que vienen días para sustentar los delirios de grandeza del Presidente.

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Metro

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