lun. Ago 3rd, 2026

No quiero hablar de la narrativa que López Obrador ha logrado imponer con mucho éxito desde el inicio de su gobierno. Una narración en la que se sitúa como el gran transformador y como enemigos del pueblo y guardianes de los privilegios a todos los que señalamos los errores de su proyecto, las ilegalidades en las que ha incurrido en el ejercicio del poder y el futuro autocrático. que viene o ya está aquí.

Quiero hablar de los hechos. Los que vienen desde el primer día de su gobierno y que vistos juntos conforman un distanciamiento escandaloso del Estado de derecho.

El alejamiento del Estado de Derecho, como lo he mencionado varias veces, se manifiesta en la multiplicación de acciones de inconstitucionalidad, controversias constitucionales y amparos. No podemos cerrar los ojos. Cuando cualquier persona, empresa, organización, partido político, organismo autónomo o poder local eleva sus denuncias ante el Poder Judicial, es porque se presume una vulneración del Estado de Derecho, ya sea por destrucción ambiental, falta de medicamentos o acceso a la salud. , falta de atención a las víctimas, desvío de recursos, desconocimiento de las normas del proceso legislativo, retiro arbitrario de una concesión, adjudicación de contratos a mano.

El desprecio por la legalidad ha sido una constante pero se incrementa día a día. Este año comenzó con la publicación del Plan B electoral y estamos finalizando con un decreto para expropiar algunas vías férreas del corredor del Istmo de Tehuantepec al Grupo México por razones de seguridad nacional e interés público. ¿Qué es la seguridad nacional en este caso? Que el Presidente así lo ha decidido sin darse cuenta de las consecuencias. Entre la seguridad nacional y la razón de Estado sólo existe una delgada línea. Y, es bien sabido, el concepto de razón de Estado es ajeno al de estado de derecho: encubre “la imposición de todo el complejo de postulados políticos favorables al príncipe y sus secuaces, contra el orden jurídico y moral vigente”. .”

En los últimos meses se destacan varios hechos dignos de ser recordados por su elocuencia.

Comenzó con el desacato del Presidente y sus “corcholatas” a la resolución de la Corte de invalidar la primera parte del Plan B -la Ley General de Comunicación Social- que incluye la prohibición a los funcionarios públicos de hacer propaganda electoral. El Presidente la ignora sin ninguna consecuencia llamando reiteradamente a la ciudadanía a votar por la continuidad de la cuarta transformación y conseguir la mayoría cualificada en las urnas en 2024. No sólo eso. Se da el lujo de decir que si los mayores no quieren perder su pensión, que voten por su movimiento. Las corcholatas y los gobernadores de Morena hacen lo propio sin el menor pudor y, además, sin ninguna consecuencia.

La facción morenista en el Senado, presuntamente por orden del Presidente, hace caso omiso de la orden de un juez de distrito para que la Jucopo acuerde la designación de al menos uno de los comisionados del INAI y la someta al pleno para su aprobación. El Senado la ignora sabiendo que no existe ningún mecanismo que la obligue a obedecer.

La Corte declara la nulidad del decreto (“el acuerdo”) mediante el cual se determinó que la información sobre obras públicas calificadas como de seguridad nacional e interés público no estaría sujeta a la Ley de Transparencia y, al día siguiente, el Ejecutivo emite una nuevo decreto, en el que vuelve a considerar al Tren Maya, el corredor interoceánico del Istmo de Tehuantepec y tres aeropuertos como de “seguridad nacional e interés público”.

Junto a estas tres acciones -hechos y no palabras- el Presidente redobla su confrontación ante la Corte. Los llama corruptos, facciosos, defensores del liderazgo, elitistas y oligarcas. Francamente, no es una forma de referirse a los ministros más allá del acuerdo o desacuerdo con sus resoluciones.

Y, aquí, la narrativa sí importa. Detrás del discurso incendiario contra la Corte hay una razón declarada: deslegitimarla frente a su amado pueblo. Para él, la Corte, a diferencia de su persona y de los legisladores, no tiene legitimidad popular y por tanto no puede corregirlos. De ahí su bizarra pero peligrosa idea de proponer una reforma para que se elijan magistrados. Y, como en sus cálculos, en 2024 recuperará la mayoría cualificada para hacer las reformas constitucionales que le plazca, como ya ha estado allí. El 1 de septiembre de 2024 presentará una iniciativa para que los ministros hagan campaña y sean elegidos por voto popular. Es la única manera de garantizar que los tres poderes caminen en armonía. Claro, bajo su liderazgo.

De prosperar tan nefasto proyecto, López Obrador lograría la verdadera cuarta transformación: La ansiada desaparición de la división de poderes. Lástima que ya no podía disfrutarla. ¿O si?

María Amparo Casar es Licenciada en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, docente y doctora por la Universidad de Cambridge. Es especialista en política mexicana y política comparada.

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