
Entre vetos y protagonismos, se perfila el “momento” de la sustitución de algunos miembros del Consejo General del organismo electoral. Es sorprendente y alarmante que los solicitantes sean objetados por parentesco, posición contraria a todas las ideas constitucionales y republicanas. No hay heroísmo en vetos de esta naturaleza, y hay mucha arbitrariedad.
Desconcierta el “bulo” de que el INE ya no podrá llegar a acuerdos por consenso; Es una inexactitud, una más de las falsedades acuñadas por el gobierno y su partido, como la afirmación de fraude en el proceso electoral de 2018.
Mal, muy mal, que el recelo y la indignación se apoderen de prácticamente todas nuestras deliberaciones. Las sospechas se utilizan para avanzar posiciones, eso sí, siempre emanando de una sociedad civil cada día más fantasmal. Una dictadura surgida de esta sociedad civil, ahora modulada por la reivindicación feminista, parece estar en la sala de espera; Habrá que ver hasta dónde puede llegar esta interpelación, como le gustaba decir al filósofo argentino Ernesto Laclau.
Ante la crisis del sistema de representación de nuestra democracia, concentrada en el derrumbe del sistema de partidos vigente, sólo queda la crítica y la aspiración a una taxonomía que nos guíe por la selva en que se ha convertido el orden. político forjado en la transición a la democracia. Mientras tanto, uno de los aspectos más conflictivos de las nuevas realidades de la política es su conversión en una república de litigio.
De repente, todos somos abogados, expertos en derecho electoral si no en derecho constitucional. Todo está sujeto a la resolución de los tribunales o de la Corte Suprema. A diestra y siniestra derrocamos a jueces y ministros públicos, pero en realidad otorgamos poderes desmedidos a jueces, abogados, magistrados y ministros.
Se deja de lado la idea del Parlamento como contexto privilegiado para la construcción de consensos, precisamente cuando más necesario es debatir nuestros problemas nacionales, que no son pocos.
Los lugareños se levantan en armas contra los delincuentes, escalando así la violencia; exigen una atención condensada en bienes públicos que sólo el Estado puede ofrecer. El riesgo no es menor, si el litigio se desborda, serán los habitantes de esas mismas localidades quienes paguen las costas.
Mientras el gobierno, el Estado en su conjunto, siga recreándose en sus inventos, como el de los abrazos y no de las balas, la situación político-social de vastas regiones seguirá desarrollándose en situaciones que rayarán en la tragedia humana. No puedo entender, y mucho menos asumir, la posición casi generalizada de los gobiernos estatales que confunden la necesaria pulcritud del Estado con la negligencia y la rebeldía.
Lo triste y más es que estos panoramas sigan teniendo como escenario los pueblos de Guerrero… una tierra salvaje de levantamientos de autodefensas.
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