Soy nieto de migrantes y conozco las trágicas historias de personas que tuvieron que abandonar su lugar de origen forzadas por la situación económica, política o de inseguridad. Los flujos migratorios han cambiado mucho desde que mis abuelos estaban en esta situación, pero el problema en el fondo sigue siendo el mismo. Migrantes que enfrentan discriminación, que son engañados y maltratados, que son separados de sus seres queridos e incluso pierden la vida tratando de prosperar en otro país.
Esa fue la primera desgracia para los 80 migrantes que se encontraban en un centro de detención provisional en Ciudad Juárez. Querían venir a Estados Unidos forzados por la miseria económica, la persecución política o la inseguridad de su integridad física. Ellos no pudieron. Quedaron varados en México a la espera de ser deportados a su lugar de origen. La desgracia de migrar a las fuerzas.
La segunda desgracia es la política migratoria de México dictada por Estados Unidos. Ante la impotencia de este país para controlar los flujos de inmigrantes indocumentados, el entonces presidente Donald Trump amenazó al presidente López Obrador con imponer aranceles a las exportaciones mexicanas si nuestro país no retenía a los migrantes en sus fronteras sur y norte. Ya sabemos el resultado. El gobierno mexicano acordó convertirse, en efecto, en un “tercer país seguro” para los Estados Unidos, uno donde los indocumentados podrían permanecer hasta que se resuelva su estatus migratorio.
El presidente Biden reemplazó a Trump y, para efectos prácticos, mantuvo la misma política migratoria, es decir, que México le resolviera el problema a Estados Unidos.
¿Qué ha recibido nuestro país a cambio de aceptar esta obra indignante?
El buen trato de los gobiernos americanos. No presionan al gobierno mexicano en temas como las violaciones al Tratado de Libre Comercio, el creciente poder de los grupos del crimen organizado en el territorio nacional, la nefasta situación de los derechos humanos o el paulatino desmantelamiento de la democracia liberal. O sea, miman mucho a López Obrador.
En otros países, Turquía por ejemplo, las naciones de tránsito receptoras de inmigrantes indocumentados han obtenido miles de millones de dólares en ayudas que se requieren para tener campos de refugiados más o menos dignos donde se respeten los derechos humanos. México no quería tal trato. En su lugar aceptó un quid por quo que beneficia mucho al gobierno de AMLO pero no al país y mucho menos a los migrantes que aquí se botan.
La tercera desgracia es precisamente la falta de infraestructura adecuada para mantener a estos migrantes en México. Ochenta estaban en un centro de detención provisional que no era más que una prisión donde vivían hacinados bajo la custodia de personal sin la menor formación en el manejo de migrantes de otras naciones.
Como viene diciendo desde hace años Jorge G. Castañeda, el personal del Instituto Nacional de Migración son “animales”. No exageres. Eso fue lo que condujo a la cuarta desgracia. Migrantes desesperados iniciaron una protesta para que no fueran deportados. Encendieron unas esteras. El personal, en lugar de abrir las puertas para que salieran, los mantuvo encarcelados y salió corriendo del lugar en busca de ayuda. Cuando regresaron, ya había muertos y heridos. El saldo, hasta ayer, era de 40 muertos. Una tragedia producto de una desgracia tras otra.
Podemos visualizar la última desgracia: No pasará nada.
Hoy lo que pasó en Ciudad Juárez es un escándalo. Pero el ciclo de noticias es implacable. Vendrán nuevos temas y lo que pasó con estas personas quedará en el olvido. Se mantendrá la política migratoria dictada desde Washington. El Gobierno de López Obrador, fiel a su estilo, no procesará a los responsables.
De hecho, los dedos ya se apuntan entre sí. El secretario de Gobernación, Adán Augusto López, dice que el encargado de temas migratorios es el canciller Marcelo Ebrard. La ley dice que corresponde a la Segob, pero este Presidente no es de cargos sino de órdenes y efectivamente el asunto fue trasladado a la Secretaría de Relaciones Exteriores. Ambos personajes son presidenciales. Los dos intentarán escapar lo más elegante y rápidamente posible de esta tragedia.
De esta forma, las víctimas se convertirán en victimarios. Unos tontos que prendieron fuego a sus colchones y provocaron el fuego que los mató. Y, a la larga, nadie los recordará.
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