lun. Abr 6th, 2026

Es habitual hablar de desigualdad utilizando referencias monetarias: renta y riqueza, especialmente. Me parece que, puesto en esos términos, la discusión no es fructífera, particularmente en la búsqueda de soluciones. Es muy fácil caer en la falacia de la suma cero al pensar en pesos y centavos: tomo uno para dárselo a otro.

Si realmente estamos interesados ​​en mejorar el nivel de vida de la mayoría de la población, creo que es más útil pensar en equilibrar las oportunidades tanto como sea posible. Al final, los ingresos y la riqueza dependen de muchos factores, incluidas las decisiones que toma cada persona, que no pueden (no deben) tomar los demás, por muy bien intencionados que sean.

Un objetivo inicial en esta búsqueda de la igualdad de oportunidades debe ser que un recién nacido tenga un piso de partida razonable: salud, oportunidades educativas, espacios. Piensa en la posibilidad de tener todas las vacunas (ya había), tamizaje neonatal (también), maternidades y guarderías (también había), escuela de tiempo completo (lo mismo). Pero todo eso es insuficiente si el entorno es complicado. No es fácil eliminar la violencia intrafamiliar, pero desde un principio habría que evitar la inseguridad en las calles, en el transporte, en los centros de reunión.

Este último debe ser el objetivo de los gobiernos locales: espacios públicos, transporte digno, iluminación y vigilancia. Creo que es un mínimo que prácticamente no se cumple en ninguna ciudad del país. Los espacios públicos son escasos, muy mal cuidados, lejanos. El transporte público ha sido tomado por mafias durante décadas, desde empresarios hasta sindicalistas, que extraen ingresos de la población. En los últimos tiempos, el crimen organizado ya se sumó, en control, y desorganizado, al robo de hormigas.

No voy a continuar con esto, pero una comparación con las ciudades donde quieres vivir muestra claramente la importancia de lo anterior: salud, educación, seguridad pública y un entorno urbano amigable. Ya saben que en México se taparon las tres primeras cosas, con calidad variable, pero se han deteriorado por mucho tiempo. La seguridad desde la década de 1980, la educación desde la década de 1990 y la salud habían mantenido un nivel razonable. En esta administración se ha sacrificado todo eso a cambio de transferencias en efectivo con el único fin de garantizar los votos.

Pero el entorno urbano se ha derrumbado desde mediados de la década de 1960, cuando terminó el crecimiento en el campo y la migración a las ciudades se convirtió en una avalancha. Los políticos de entonces aprovecharon el momento: especulación inmobiliaria, clientelismo de invasiones, administración de miseria. Primero con cinturones de pobreza y ciudades perdidas, luego con ordenamiento territorial para extraer rentas, y desde los años 80, saqueos a través de pequeñas intervenciones: “Trabaja que algo sobra”.

Quizás el caso paradigmático sea la Ciudad de México, que hasta principios de la década de 1990 se beneficiaba de ser parte del gobierno federal, y por tanto de recibir inversiones que los estados no tenían. Así se hicieron las grandes vías: viaducto, periférico, ejes viales y circuito interior y, por supuesto, el Metro. Desde 2001, López Obrador desvió el presupuesto local a programas de patronazgo, acelerando el deterioro del equipamiento urbano. Aunque Ebrard corrigió un poco, y hasta construyó una línea de Metro, o no se hizo bien, o tuvo mal mantenimiento, como es bien sabido.

Creo que es muy evidente cómo las transferencias (becas y pensiones) no solo no resuelven la pobreza, sino que amplían la desigualdad. También está muy claro el desastre que es la Ciudad de México, gracias a esas políticas. Por qué hay gente que dice que esto es de “izquierda” y por eso lo celebran es algo que me parece inexplicable.

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By Metro

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