lun. Ago 3rd, 2026

“Del Cielo una hermosa mañana bajó la Guadalupana al Tepeyac. Suplicante juntaba sus manos, y su porte y rostro eran mexicanos. Juan Diego pasó por el cerro, y luego se acercó al oír un canto. ‘Juan Dieguito’, le dijo la Virgen “Este cerro elijo para hacer mi altar”. Y sobre la tilma entre las rosas pintadas, su amada imagen se dignó dejar. Desde entonces, para el mexicano, ser guadalupeño es algo imprescindible.” Más allá de creencias religiosas y polémicas historicistas, no cabe duda de que la Virgen Morena es un elemento de primordial importancia en lo que llaman “la idiosincrasia nacional”. Este amigo mío, Lo sabía un industrial japonés, quien puso una imagen de La Morenita en su fábrica de México y dijo con su peculiar acento: “No creo en Dios, pero sí en Baralupe”. y como sin merecerlo soy guadalupana, aplaudo sinceramente, y con ambas manos, para mayor efecto, a Rubén Moreira, diputado por Coahuila -y por Saltillo-, por la iniciativa que presentó para hacer del 12 de diciembre un feriado guadalupano, ser declarado día de descanso obligatorio, no faltará algún jacobino trasnochado que critique esta propuesta, pero ciertamente el diputado Moreira interpreta el sentir de la gran mayoría de los mexicanos, quienes consideran esa fecha un hito en el calendario, no sólo religioso, pero también nacional, y solemnizarlo en diversas y diversas formas. Más de un millón de peregrinos acuden cada año a la Basílica de Guadalupe, en Ciudad de México, para postrarse ante la Virgen, su consuelo y su esperanza, y esta profunda devoción se muestra también en todas las ciudades y pueblos del país. . A mi edad todavía camino el 12 de diciembre en peregrinación solitaria desde la Catedral de mi ciudad hasta el Santuario de La Morenita. Allí caen mis dudas y heterodoxias ante el hermoso lienzo de la Guadalupana, que tantas cosas dice a quien sabe escuchar. Por eso envío, por encima de todas las diferencias, un fuerte y merecido aplauso a Rubén Moreira por esta iniciativa tan razonable, tan justa y -sobre todo- tan mexicana. A punto de dejar este mundo, el marido interrogó a su esposa con voz débil: “¿Me fuiste fiel, Clariola?”. “¡Con toda el alma!” -Respondió ella, vehemente. “No hablo del alma”, señaló el marido. “Es el cuerpo del que tengo sospechas”. Babalucas regresó de un viaje turístico a la India y le dijo a un amigo: “Me mordió una serpiente en un bazar”. El amigo preguntó: “¿Cobra?” “No”, respondió el malo. “Gratis.” Doña Gules se matriculó en la Academia de Canto “Amelita Galli-Curci”. El director la despidió el primer día porque cuando cantaba desafinaba el piano. A pesar de ello, la señora de Gules hacía alarde de ser una gran soprano. Una tarde le comentó a su marido: “Me invitaron a cantar dos piezas en la sesión del club de costura. Cantaré Casta diva y Caro nome. ¿Quién crees que debería acompañarme?”. Sin dudarlo el marido respondió: “Un guardaespaldas”… Don Acisclo, un caballero a la antigua usanza, dirigió un piropo a la señorita Himenia, una mujer madura célibe también a la antigua usanza. Él le dijo: “Tienes unos dientes bonitos, amiga mía, como perlas de Ormuz”. Solicia, la mejor amiga de Himenia, le sugirió: “Pásale la dentadura postiza, para que pueda verla más de cerca”. La tía de Pepito era dueña de un busto prominente, erguido y adelantado como la proa de un galeón. La invitaron a cenar en casa de los padres del niño. Durante el transcurso de la cena el hombre reprendió a Pepito, y ante la respuesta del niño le dijo: “A mí no me importa lo que tu tía ponga en la mesa. Tú no pongas los codos”. FIN.

ESTAR ATENTO

Por Armando FUENTES AGUIRRE

“Un árbol que crece torcido nunca endereza su tronco.”

Conocí un árbol que creció torcido y por eso sufrió intensamente, porque sabía que su tronco nunca se enderezaría. Semejante certeza le angustiaba. Ni siquiera tuvo consuelo en los pájaros que anidaban en su follaje y que allí hacían sus nidos y sus cantos. Por la noche, cuando nadie lo veía, el árbol lloraba silenciosas lágrimas de resina.

Sucedió que un día alguien colgó un columpio en la rama del árbol que crecía torcido, porque parecía hecho para eso. Los niños empezaron a jugar en el columpio. Sus gritos y risas enredaron el árbol y lo llenaron de alegría. Su tristeza desapareció y desde entonces fue feliz. Los árboles que crecían derechos no eran aptos para poner un columpio, y por su rectitud lo envidiaban.

Ahora paso por el árbol. Veo el columpio colgado de su rama y pienso que aún con nuestros defectos podemos hacer el bien a los demás, y ser felices. Por su tranquila lección doy gracias al árbol que creció torcido.

¡Nos vemos mañana!

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