sáb. Abr 18th, 2026

La relación entre México y Estados Unidos se ha vuelto notoriamente complicada en las últimas semanas. Si bien llevamos tiempo experimentando dificultades derivadas de las estrategias contra la migración por su parte y las relacionadas con la energía por nuestra parte, la situación ha sido mucho peor desde el juicio de García Luna en ese país.

Por un lado, López Obrador quiso aprovechar ese juicio para convertirlo en una inhabilitación total al gobierno de Felipe Calderón. Por otra parte, la atención que los medios internacionales tuvieron sobre México desde la manifestación del 13 de noviembre, que se reflejó positivamente en la del 26 de febrero, implicó también plantear el tema del narcotráfico, con motivo del juicio. Debido a las menciones de su persona en ese proceso, López Obrador fue bajando poco a poco el tema, pero en Estados Unidos sucedió al revés, y algunos políticos comenzaron a asociar el tema con el Presidente.

El caso muy confuso de los norteamericanos secuestrados en Matamoros, donde murieron dos de ellos, luego encontraron un campo ya preparado. Los republicanos aprovechan para descalificar a Biden en el tema del fentanilo y la seguridad, desde donde se extienden a la migración. Algunos han vuelto a la idea de declarar organizaciones terroristas a los cárteles, lo que para algunos en México se interpreta como el inicio de una invasión armada.

Los demócratas tratan de minimizar estos ataques, y para ello trasladan parte de la responsabilidad a López Obrador, y exigen un trato más duro, no solo en materia económica, sino también en seguridad. No mencionan la migración, donde, como sabemos, México es el muro.

Aquí, López Obrador se hace eco de quienes imaginan una invasión armada para envolverse en la bandera nacional, y volver a ese cuento de bronce que tanto ama y que sigue siendo casi el único referente para la mayoría de los mexicanos. No tengo dudas que este sábado, en conmemoración de la nacionalización de la industria petrolera, aprovechando el lema que le dieron a Pemex al inicio del sexenio, el tema será “en defensa de la soberanía”.

En ambos países la relación se ha convertido en un tema electoral, porque ambos elegiremos presidente en 2024. Eso ya nos había pasado en 2015, cuando Trump nos usó durante la campaña para ganar votos, creando una ola xenófoba entre sus seguidores. El riesgo que esto implicaba en materia económica se reflejó en una depreciación del peso que no tenía otra explicación. Pasamos de 15 a 22 pesos diarios después de la toma de posesión de Trump, y ahí nos quedamos por la renegociación del TLCAN, primero, y el triunfo de López Obrador, después. Las amenazas de hoy no son las mismas, pero el entorno financiero es más volátil.

Algunos opositores imaginan que la presión de Estados Unidos sobre López Obrador es una buena noticia, pero no lo es. Primero, no es algo orientado al beneficio de los ciudadanos mexicanos, sino al interés de los políticos estadounidenses. Segundo, es una gran oportunidad para que López Obrador aproveche su caduco discurso soberanista (el que no usa con Cuba, Venezuela o Nicaragua).

Lo más probable es que tengamos un aumento de la polarización en ambos países que no terminará con las elecciones de 2024. Tanto Trump como López Obrador (el Trump mexicano, lo llamaba Fareed Zakaria) creen que esto los beneficia, y no les importa si perjudica a sus naciones. Son la culminación de un proceso de deterioro político: autoritario, irresponsable, narcisista, que hace realidad aquella frase atribuida a Luis XIV: “después de mí, el diluvio”.

Dos grandes naciones subyugadas por dos mentirosos. Después del diluvio, tendremos que reconciliarnos y reconstruir.

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Metro

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