mar. Abr 21st, 2026

Prometo no ver más las mañanas. Prometo que, de ahora en adelante, mi cerebro se dedicará a pensar en algo que no haya sido sugerido por el Sr. Presidente. Prometo que volveré a recordar que la solución a todos nuestros problemas está en nosotros y no en lo que los demás hagan o dejen de hacer. No sé si al presidente de México le gusta o no hacer balances, lo que sí sé es que –visto por lo que he visto– no le gusta llevar la cuenta de lo que ha hecho o lo que ha dejado de hacer. Es difícil no hacer este ejercicio cuando se tiene una situación en la que, desde principios de año, no ha hecho más que acumular un contratiempo tras otro. Desde principios de año, cada iniciativa de la administración del presidente López Obrador ha estado acompañada de un obstáculo o un resultado diferente al previsto.

Hace unos años tuve la suerte de estar al lado de uno de los verdaderos artífices –junto al rey emérito Juan Carlos I– de la democracia española: Adolfo Suárez. Este gran líder español decía que el poder empieza a perderse en el momento en que se da una orden y no se cumple. Es cierto que, en la condición humana, esperar a ver la capacidad de daño que tienen para infligirnos lo es todo. Cuando se nos pregunta si algo está bien con nosotros, nuestro cerebro actúa inmediatamente en base a dos primeros. El primero, guiado por el interés o la curiosidad de actuar sobre lo cuestionado. Aunque, si no hay más opciones para tomar una decisión, la toma de decisiones es naturalmente difícil. Y, la segunda, es la que se rige por la convicción de actuar conscientemente y defender lo que se cree. Hoy en México nos encontramos en una clara disyuntiva en la que ni siquiera sabemos lo que creemos y mucho menos -y lo que es peor- lo que realmente queremos. O quizás dentro de nosotros sí lo sabemos, pero una cosa es saberlo y otra actuar para lograrlo.

Como todo en la vida, la energía también se agota y se desgasta en un momento determinado. Al nacer todos llevamos tatuada en la piel una cláusula que inevitablemente cumpliremos algún día y que supondrá nuestra salida de este mundo. En esto no hay excepciones ni hay quien pueda salvarse, ni siquiera el verdadero hijo de Dios. Parecía que nunca llegaría el momento en que se acabaría definitivamente con el anterior régimen y que –sin rastros ni pruebas de lo que había antes– nada ni nadie tendría la fuerza, la convicción y, por supuesto, el mandato divino para poder para cambiar lo que se hizo.

No importa si es joven, viejo o goza de buena o mala salud, la realidad es que hasta la fecha no he conocido a ningún gobernante que, después de sentarse en la silla, no crea que nació para ocupar ese lugar y , lo que es peor, que morirá haciéndolo. La democracia tiene un sentido último y una convicción última que radica en que es el pueblo quien, en teoría, decide quién lo va a gobernar. Asimismo, un sistema democrático eficiente también debe tener la libertad y la facultad de destituir de su cargo a quienes ya hayan cumplido su mandato o no hayan dado los resultados esperados.

Actualmente nos encontramos en medio de una situación en la que lo que está ocurriendo contra la democracia es mucho más importante y grave que un simple nombramiento electoral. Puede haber un cambio de poder, aunque, tal y como se han planteado las cosas, estamos ante un cambio trascendental en nuestra Constitución y en nuestro ordenamiento jurídico. No podemos equivocarnos, en las luchas que se han librado desde principios de año, queda lo más importante de la continuidad de nuestro sistema democrático que nadie nos dio. El problema es que nadie, excepto nosotros, puede defenderlo y no quiero plantear las alternativas o lo que debería ser. Lo que es un hecho es que el presidente López Obrador ha tenido un éxito completo en la destrucción de las fuerzas de oposición con una gran colaboración de las propias fuerzas de oposición.

Desde pequeño aprendí que es muy duro y difícil tener el Estado enfrentado a uno, pero que es mucho peor vivir sin la existencia de un Estado. Parece que nos hemos enfocado en destruir las estructuras de lo que conocíamos como el Estado Mexicano, aunque aún no está claro cómo queremos construir las bases y la estructura que regirá nuestro futuro. Para lograrlo necesitamos un elemento clave y fundamental para la esperanza de los pueblos: la educación. Sin embargo, este pilar de nuestra sociedad parece no estar ni en la mente de la actual administración, ni en la de la oposición, ni en la de nadie más, y eso es en sí mismo un delito grave.

Desde la época de José Vasconcelos, en nuestro país se había tomado la decisión de cambiar balas por libros con el objetivo de trazar la nueva historia del México moderno. La educación es algo que va -o debería ir- más allá de cualquier asignación de presupuestos o promesas de campaña, es algo intrínseco a las sociedades y debería ser una de las principales prioridades de quienes están en el poder. Sin embargo, una de las grandes víctimas y la que peores consecuencias tiene de la implantación de la austeridad republicana por parte de la ‘4T’ es la educación. En México hay millones de niños que deambulan por las calles y que no han tenido la oportunidad de regresar a las aulas tras el estallido de la pandemia del Covid-19. Lo más triste de todo esto es que estos jóvenes probablemente nunca más vuelvan a pisar un aula educativa, ya que el monto destinado a la contratación de docentes, la creación o adecuación de instalaciones, o incluso al desayuno escolar -que para muchos niños representaba su única comida segura- por día – es cada vez menor o incluso inexistente. Y estos recursos han sido diezmados o simplemente han desaparecido en manos de los verdaderos creyentes del dogma de este nuevo régimen.

El delito contra el sistema educativo es algo que nos mancha e involucra a todos. Si antes no éramos lo suficientemente conscientes para ver la desastrosa realidad por la que atravesaba el sistema educativo de nuestro país, ahora nos tenemos que conformar con ver más niños armados y pertenecientes a grupos del crimen organizado que niños con un libro de texto sentado en sus pupitres. Es incomprensible e inconcebible que, en un país como el nuestro, aparentemente con tantos recursos, haya millones de niños que no tengan acceso a una educación, y mucho menos digna, sino básica.

Toda esta situación se agrava cuando recordamos la reforma que realizó al sistema educativo el primer Secretario de Educación Pública de la ‘4T’ –ahora Embajador de México en Estados Unidos– Esteban Moctezuma. Estamos dejando morir el sistema educativo y no por descuido legal, sino por falta de recursos y porque, hay que confesarlo, sin ningún tipo de vergüenza, la educación no forma parte de las prioridades. El sistema educativo no está dentro de lo único que define a nuestro país y nuestro régimen, que es lo que el Presidente piensa, quiere y en lo que invierte su tiempo.

Mientras tanto, seguiremos viviendo ya no en la irrealidad, pero sabiendo que aunque Don Quijote confundió los molinos de viento con enemigos gigantes –no de la ‘4T’, sino de los impulsos de su cerebro– nos hemos empeñado en retrasar lo inevitable. Y lo que ya no puede esperar es la instalación del evento económico, político y social más importante del mundo en este momento y que conocemos como T-MEC.

Desde el inicio de la administración, este régimen buscó caracterizarse por poner a los pobres en primer lugar y por ser el régimen humanista mexicano más importante que jamás haya existido. Pero lo cierto es que es un régimen que solo llora por la historia. Y es muy difícil encontrar gestos en momentos, como el vivido recientemente en Ciudad Juárez, que permitan analizar la responsabilidad que tenemos colectiva e individualmente en este tipo de barbaridades como la ocurrida la semana pasada. Es inhumano ver cómo el fuego comenzó a arder y las cerraduras seguían sin abrirse, pero más increíble fue la forma en que los líderes se deslindaron de responsabilidad, culpándose unos a otros. Sin duda, este tema terminará en los tribunales y, naturalmente, por más idas y venidas que se den y por más que se pase la pelota, el culpable será el gobierno.

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