“Teta-hombre”. Así se llama en Estados Unidos al hombre que le gusta el busto por encima de las demás partes del cuerpo femenino. También está el “hombre de las nalgas”, que favorece las caderas. En este punto, recuerdo al individuo a quien le preguntaron qué tipo de muslos le gustaban en las mujeres: delgados o gruesos. Él respondió: “Prefiero el término medio”. Cierto sujeto llamado Pechino era definitivamente un hombre de tetas, por lo que cuando vio a una señora con un pecho opulento en la barra del Bar Ahúnda, no pudo contenerse, y como también le había tirado tres o cuatro tragos entre el pecho y la espalda. , se dirigió hacia ella y le dijo con la mayor desfachatez: “Señorita: con gusto daría 20.000 pesos por besarle el busto una sola vez”. La mujer se mostró partidaria de la claridad en la relación entre las personas, por lo que preguntó para evitar imprecisiones: “¿20 mil pesos por cada uno, o por los dos?”. “Para cada uno” -respondió sin dudar el de la proposición. La señora mentalmente multiplicó 20 mil por 2, y el resultado de su simple operación matemática le pareció interesante. Entonces, le indicó al chico: “Vamos a mi auto”. Fueron, efectivamente, y en el asiento trasero del vehículo descubrió el doble encanto con que la naturaleza la había dotado generosamente. El hombre contempló extasiado la belleza de aquellos cálices de ébano cuya belleza… (Nota del editor. Nuestro estimado colaborador se extiende por 12 útiles páginas y gira en la descripción del busto de la dama, descripción que, aunque interesante, veremos en la dolorosa necesidad de borrar por falta de espacio). Después de haber contemplado con satisfacción la preciosa atracción de ella, el individuo posaba sus manos sobre ella y la acariciaba con deliciosa lentitud. Por mucho tiempo estuvo en ese goce inefable, hasta que el dueño de los maravillosos alabastros le preguntó, impaciente: “¿A qué hora los vas a besar?” “No”, declaró el tipo, “te dije que con gusto pagaría por besarlos, pero no tengo dinero”. Estoy seguro de que muchos votantes acudieron ayer a las urnas tanto en Coahuila como en el Estado de México. El mayor enemigo de la democracia es el abstencionismo. Por eso, independientemente de los resultados de las elecciones, desconocidos al momento de escribir esto, espero que la participación de los votantes haya sido copiosa, abundante. Fui a votar, naturalmente, y lo hice asistido por un personal amable y bien preparado para recoger los votos de los ciudadanos. Al emitir mi voto, no sólo ejercí un derecho y cumplí una obligación: adquirí la facultad de criticar los actos de quienes nos han de gobernar y representar, pues contribuí a designarlos. Esa atribución no la tienen las personas que se abstuvieron de votar cuando podían hacerlo, ya que voluntariamente se marginaron de un proceso fundamental para la vida cívica y política de la comunidad. Así, perdían el derecho a quejarse o protestar por los errores, abusos u omisiones de los gobernantes o representantes populares, ya que no votaban para nombrarlos o elegir a otros. La calidad de ciudadano se adquiere cumpliendo las obligaciones y ejerciendo los derechos de ciudadanía. Quien se abstenga de votar por pereza, desgana o por importa madrismo, guarde silencio en todo lo relativo a los asuntos públicos. Y no diré más, porque no estoy aquí para abofetear a mi vecino como un dominó, sino para guiar a la República, tarea que espero realizar ahora que, después de las elecciones en Coahuila y México, ya tenemos en vista de la principal preocupación del día 24, de la cual dependerá en gran medida el futuro de México. FIN.
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