sáb. Jun 6th, 2026

En marzo de 2018, el candidato Andrés Manuel López Obrador dejó fríos a los asistentes a la Convención Bancaria Nacional. “Si las elecciones son justas, son libres, me voy a Palenque”, dijo. “Si se atreven a cometer fraude electoral, yo también voy a Palenque a ver quién amarra al tigre. El que suelta al tigre para amarrarlo; No voy a arrestar a la gente después del fraude electoral”. La declaración fue tomada como una amenaza de violencia si no ganaba las elecciones presidenciales, y aunque días después negó esa interpretación, nadie le creyó porque su biografía política está llena de presión social y extorsión política en cada elección que perdió en la pasado. .

Este 4 de enero esa amenaza revivió en otro cuerpo y en un momento radicalmente diferente. López Obrador es Presidente de la República, no un líder opositor, y un tigre como el que amenazó, ya no es un cuerpo político errante y anárquico, sino uno que puede ser manipulado desde Palacio Nacional. “Ayudar a los pobres es seguro, porque él ya sabe que cuando hay que defender, en este caso la transformación, se tiene el apoyo de ellos”, dijo. “No así con los sectores de la clase media, ni con los de arriba, ni con los medios, ni con la intelectualidad. Entonces, no es una cuestión personal, es una cuestión de estrategia política”.

López Obrador reconoció lo que siempre ha negado. Sus programas sociales no forman parte de una política pública para mejorar el bienestar de los que menos tienen -como él presume-, ni para solucionar el problema de la pobreza -que se ha agudizado durante su sexenio-, sino de una campaña electoral. estrategia para generar clientelas que voten por él. quien indica, o puede ser movilizado a las calles, en caso de que sus candidatos no triunfen en las urnas. Ya no hay engaños, ni declaraciones furtivas. El enigma ha desaparecido.

Desde ayer comenzó a implementarse la estrategia. La Secretaría de Bienestar, a través del banco creado por el régimen con fines clientelares, comenzó a repartir más dinero entre los más necesitados. Comenzó con los adultos mayores, quienes en orden alfabético recibirán su pensión con un aumento del 25% durante los próximos seis días, que irá aumentando paulatinamente hasta el próximo año, cuando se celebre la elección presidencial. Al mismo tiempo, el Presidente llamó a cuentas a la Secretaria del Trabajo, Luisa María Alcalde, con el objetivo de resucitar el fallido programa Jóvenes Construyendo Futuro, otro caldo de cultivo electoral.

Los recursos para los programas sociales son inagotables, y el Ministerio de Hacienda, como también ordenó hacer el Presidente con el financiamiento para la construcción de la refinería de Dos Bocas, tendrá que idear más ajustes al gasto público, reducción de la nómina de la burocracia, mayor eficiencia en la recaudación de impuestos, aunque con tácticas de intimidación, y la deshidratación de la economía en general. No hay tema que le importe más al presidente que estos dos. Uno por su capricho juvenil de tener una refinería, y el otro porque no puede dejar abierta ninguna posibilidad de que Morena pierda la elección presidencial, porque tiene la certeza de que su proyecto de nación se truncaría.

Por eso es tan reveladora su declaración de la mañana de este miércoles, que también produce escalofríos, cuando López Obrador comienza a quitarse la máscara. Su viejo llamado a la acción de “primero los pobres” no es una posición ética y de justicia social, sino una estrategia para convertir a ese segmento de la población, a través del encanto de su palabra, en una máquina de votar.

En las elecciones presidenciales de 2018, la empresa BGC, encabezada por Ulises Beltrán, realizó una encuesta a boca de urna que reveló que, si bien López Obrador tenía mayoría de votos en todos los sectores por estratos de ingreso, eran los sectores menos favorecidos -con ingresos inferiores a 2.500 pesos al mes– quienes más lo sustentan (53%), seguidos de los que ganan menos de 8.000 pesos (46,6%).

López Obrador entiende muy bien a su electorado y sabe qué resortes puede tirar para mantenerlos leales. La narrativa de que hay grupos de privilegiados clasistas y racistas que odian a los pobres y quieren impedir que sigan apoyándolos con recursos directos, se vuelve plausible si va acompañada de la creciente inyección de dinero que está llegando a ese grupo de la población. . . Las generalidades conducen a errores o mentiras en las conclusiones, pero el discurso sencillo, directo y repetitivo del Presidente, independientemente de la veracidad de su contenido, ha tenido éxito.

El problema de fondo no es que busque consolidar esa clientela electoral -otros partidos lo han intentado antes, a veces con éxito y otras no-, sino que pretende utilizarlos como carne de cañón en el caso de que ni siquiera con su voto compitan para Morena. Lo resaltó por la mañana cuando expresó su confianza en que repartiendo el dinero directamente, “cuando hay que defender, en este caso la transformación”.

Si confía en que será un grupo al que pueda llamar a movilizarse en caso de una derrota de Morena en las urnas, podemos imaginar que en defensa de su proyecto -y por ende de su trascendencia- López Obrador arriesgue todo con todo. Ya no será la amenaza del tigre que sacó ante los banqueros en 2018, sino la advertencia a la oposición, instituciones y contrapesos de lo que hará si pierde la elección presidencial, es decir, llevar al pueblo a la calles para generar inestabilidad e ingobernabilidad.

Los escenarios para la elección presidencial de 2024 tienen que incorporar esta eventualidad, por lo que el desafío intelectual y político de la oposición no es sólo cómo derrotarla, sino cómo evitar el caos que generaría su aferramiento al poder, equivalente a un autogolpe, para gobernar desde la sombra. El verdadero problema no son las elecciones, sino el día después.

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