mar. Ago 4th, 2026

En la experiencia de comer, no solo usamos nuestros sentidos del gusto, el olfato y la vista, sino también nuestros oídos. El sonido crujiente agrega una dimensión adicional y puede influir en cómo percibimos el sabor y la textura de los alimentos. Va más allá de los receptores químicos en la boca. Tiene un papel importante este ruido que produce la comida al masticarla, que se transmite a través del aire, así como a través de los huesos de la mandíbula y del oído.

El crujido, ya sea de una patata frita, una galleta, una zanahoria o incluso un helado con trozos, proporciona una sensación satisfactoria, activa nuestros sentidos y añade una dimensión extra a la hora de comer.

Charles Spence, reconocido profesor de psicología experimental y director del Laboratorio de Investigación Crossmodal de la Universidad de Oxford, ha trabajado en cómo las facultades sensoriales -vista, oído y tacto- influyen en nuestra experiencia culinaria. Investigación innovadora que explora cómo afecta nuestra percepción del sabor, la textura y la calidad de los alimentos.

Spence llama a este fenómeno comida “condimentada fonéticamente”. Él sugiere que el ruido que produce cuando se mastica puede influir en nuestras expectativas y mejorar la experiencia de sabor. La textura de la comida también está determinada por los receptores sensoriales en la boca, así como por el sonido que hace cuando se mastica. Aunque algunos alimentos crujientes pueden ser incómodos o incluso dañinos para nuestros tejidos, morder algo crujiente le da al cerebro un extraño placer, aunque pueda estar causando daño.

La preferencia por estos alimentos puede tener un trasfondo evolutivo. Según Spence, los crujidos tienden a tener un alto contenido de grasa y nuestro cerebro tiene un deseo innato de comerlos debido a su alto contenido de energía. Además, el crujido puede indicar frescura en algunos, lo cual es un indicador de calidad.

Un estudio de 2009 reveló que los humanos tienden a buscar alimentos dulces, salados y crujientes cuando están estresados. Usar la comida como método para controlar nuestras emociones es bastante común. Todos hemos experimentado la sensación de liberar energía acumulada en forma de catarsis, y consumir alimentos crujientes podría ser otra manifestación de ese proceso. No sorprende que recurramos a la comida cuando estamos aburridos o molestos; distrae nuestra mente y, además de satisfacer el hambre, libera potencialmente la tensión de la mandíbula.

Sin embargo, no todo el mundo disfruta de los sonidos de la comida crujiente. Algunas personas experimentan misofonía, una condición en la que determinados ruidos, como el de masticar, resultan sumamente molestos e incluso provocan una respuesta negativa o agresiva. Para estas personas, el sonido de la masticación de otra persona puede ser insoportable y perturbador. Recordarán situaciones en las que a alguien le molesta cuando masticamos, ya sea al comer maní o incluso hielo, algunos lo expresan abiertamente, mientras que otros no lo mencionan para evitar conflictos.

En definitiva, seguro que todos hemos probado alguna patata frita que, por la humedad o el tiempo, ha perdido su crujido al masticarla, y aunque el sabor es el mismo, no se disfruta de la misma manera. Lo crujiente es lo que añade ese placer “extra” al consumirlo.

Aunque la apreciación del sonido de la comida es subjetiva y puede variar de persona a persona, como se ve en el caso de la misofonía, en definitiva comer con los oídos es una parte intrigante y compleja de nuestra relación con los placeres de la comida. mesa.

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