sáb. Ago 8th, 2026

Buenos Aires.- Javier Milei, la esperanza de un cambio desde fuera del establecimiento en Argentina se esfumó la noche del domingo cuando tenía en sus manos la posibilidad de consolidar su vertiginoso ascenso y salir del debate presidencial con las llaves de la Casa Rosada en la mano.

Quizás fue para mejor. El caso es que la defensa y promoción de las libertades no puede estar en manos de un improvisador que no es capaz de hilar dos frases coherentes sobre una idea.

Personajes como Milei no sirven a las causas liberales porque las banalizan, vaciándolas de contenido para dejarlas con algunas consignas y muchos insultos.

El periódico La NaciónUno de los dos grandes medios impresos de Argentina, se refirió ayer a un paralelo entre Javier Milei y Andrés Manuel López Obrador, al referirse a las amenazas que vive el periodismo libre.

Su enviado a la reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) destacó que “AMLO, como lo llaman en México, y otros líderes regionales tomaron un párrafo aparte en el documento final, junto con el candidato presidencial de La Libertad Avanza, Javier Milei, cuyos ataques a la prensa fueron discutidos en la asamblea y dejaron una profunda preocupación por el futuro de la Argentina.

Milei fue un paquete de insultos la noche de su debacle, aunque no fueron dichos como colofón a argumentos contundentes ante su vulnerable adversario, sino que los insultos fueron su único argumento.

Sus insultos no reflejaban la ira del ciudadano común, sino que denotaban miedo. Miedo e impotencia.

A juzgar por lo visto en el debate y lo que se pudo hablar, escuchar y leer ayer, el candidato oficialista Sergio Massa logró demostrar que siempre se puede estar peor.

Exhibió la confusión de ideas que tiene el candidato que, hasta antes del debate, en el promedio de los seis encuestadores serios que participaron de las mediciones, estaba unas décimas por encima de Massa.

Si los debates influyen un poco, aunque sea muy poco, es posible que el domingo por la noche Sergio Massa le haya sacado la victoria de la bolsa al libertario (candidato de La Libertad Avanza).

Las segundas vueltas electorales –la votación final es el próximo domingo– suelen ser un plebiscito sobre quién está peor. O cuál es el mal menor. El 30 por ciento que votó por Milei en la primera vuelta votará por él dentro de cinco días. Y el 37 por ciento que votó por Massa repetirá el domingo.

Milei recibió el apoyo del candidato que quedó en tercer lugar, de Juntos por el Cambio (que reúne al PRO y al Partido Radical), pero esa alianza se rompió y algunos irán con Milei y otros por Massa. La disputa está en ese nicho de votantes. Estaban “cabeza a cabeza”, como dicen aquí.

Así que ahora, el día que se anunció que la inflación marcó un nuevo récord desde 1991, con 144,5% anual, el ministro de Economía, Sergio Massa, tal vez dio el paso adelante que la consagra como el mal menor.

Paradojas de la política en un país complejo, cuyos habitantes dicen ser “desconfiados”, pero con sus votos llevaron a la final a un “loco” -como llaman a Milei- y al ministro de 141 por ciento de inflación anual.

Si el debate hubiera sido en México, un momento hubiera sido destacado en los medios y aquí pasó sin importancia:

Cuando Massa se ofreció a promover la igualdad de trato salarial para las mujeres, que en el norte del país ganan 23 por ciento menos que los hombres, Milei le dijo que esa era otra de sus mentiras. “Si fuera cierto, las fábricas estarían llenas de mujeres”, rebatió la candidata.

Leí y escuché en los medios que Massa amarró a Milei con preguntas para que no respondiera por el desastre de la economía. De hecho, ese fue el caso. Pero no vi que le taparan la boca a Milei para decirlo en los bloques de ocho minutos que sucesivamente y durante dos horas dispuso a cada uno para hablar o preguntar sobre distintos temas previamente acordados.

Milei desilusionó con lo que se supone es su fuerte: la economía.

Denunció en la práctica su exitosa bandera del libre comercio, que subordinó a cuestiones ideológicas al poner obstáculos en la relación de Argentina con sus dos principales socios, Brasil y China.

Renunció a sus propuestas de campaña más radicales y atractivas –no sé si buenas o malas–, como eliminar subsidios (muchos de los cuales son claramente clientelistas) y establecer bonos para elegir educación y atención médica.

Tuvo que disculparse con el Papa Francisco.

Defendió su admiración por Margaret Thatcher (hace menos de 50 años envió a la Armada y al Ejército de Gran Bretaña a recuperar las Malvinas), mientras que uno de los invitados de Massa al debate fue el general Martín Balza, jefe del Ejército argentino en la guerra contra el inglés.

Y admitió, sin decirlo explícitamente, que le quitaron el puesto en el Banco Central (que ahora ofrece “dinamitar”) porque reprobó el examen psicotécnico.

Eso sí, Milei le decía en todas sus cartas algo que casi todos los argentinos firmarían: “Eres parte del gobierno más ladrón de la historia”, en referencia a uno de los mandatos de Cristina Fernández de Kirchner.

Pero no siguió la idea, fue sólo una frase, y el tema bastó para centrar la mitad del debate, ya que conmueve el sentimiento de los argentinos. La otra mitad de los sentimientos políticos está agitada por la inflación.

Massa se dio el lujo de distanciarse de Cristina: “Somos tú o yo quien vamos a gobernar la Argentina”. Y se presentó como el candidato que va a traer “el gran cambio que necesita el país”.

Podría ser. Con él nunca se sabe. Es lo más parecido a un anfibio.

“Yo quiero el cambio, pero el loco no, oye. Está enojado. Lo viste anoche y no supe qué decir. Voté por Bullrich (en primera vuelta), pero ahora no voy a votar por el loco, si es un chatarra…”, Fabián Domínguez, taxista, hincha de Boca y -según contó yo – me dijo un amigo personal de Bullrich. Chaco Giménez.

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