lun. Ago 24th, 2026

Si el proceso de selección del candidato presidencial de Morena concluye con relativa sintonía y sin rupturas, Andrés Manuel López Obrador se habrá apuntado una victoria más. No así el movimiento que –casi diez años después de haberse registrado como partido– no tiene del todo resuelto qué hará cuando desaparezca su líder y cuando deje de tener como aliados a grupos o personalidades impresentables.

Obviamente, es anticlimático abordar este tema cuando el movimiento está celebrando. El líder, la dirección, los candidatos presidenciales, los cuadros y la militancia del movimiento celebran las reglas y las encuestas con las que determinarán a quién pertenece la candidatura presidencial. Sin embargo, hay una realidad innegable: la dirección que hoy da dirección y cohesión al movimiento ha entrado, según el calendario sexenal, en una fase menguante, aunque da muestras de una tenacidad infatigable.

Bajo la dirección del tabasqueño, el movimiento ha adquirido brío y enorme poder, pero no ha resuelto cuestiones fundamentales de su vida interna que, en la oscuridad, se traducirán –como ha ocurrido– en conflicto. Tiene la fuerza, pero no la organización e institucionalidad para hacer política hacia adentro y hacia afuera. Pese al partido, Morena debe señalar que el final del sexenio y el inicio de la campaña presidencial marcan una nueva etapa, en la que tendrá que valerse por sí mismo.

Hay voces que proponen pedirle al tabasqueño que no se retire al terminar su mandato presidencial y se mantenga cerca del movimiento. Entre ellos destaca el de Citlalli Hernández, secretaria general de Morena. Lo que dijo, el 22 de abril de 2022, al final de Entredichos (https://bit.ly/43ZIYGS) es elocuente:

“Como yo, mucha gente confía en Andrés Manuel López Obrador. Algunos de nosotros estamos pensando que después de 2024, la ausencia de su liderazgo traerá grandes desafíos dentro del movimiento. Pero, me parece, que es hora de exigirle que especifique -y, creo que de eso no hay duda, porque es un hombre aferrado a cumplir su palabra-, que especifique lo que prometió en términos de cimentando un proyecto de Nación. Y que él también, bueno, siga acompañando este movimiento. Espero que no vaya a su rancho, después del 24”.

Establecer en la dirigencia de López Obrador la continuación de la llamada Cuarta Transformación y la cohesión del movimiento no resuelve el problema de fondo.

Varias razones advierten al movimiento de la necesidad de atender cuanto antes a los términos de su vida interna.

El propio Andrés Manuel López Obrador ha reiterado su intención de retirarse de la política activa al término de su sexenio y, aunque podría retractarse, su estado de salud –dicho con respeto y estima– ha sido motivo de preocupación para tanto él como sus familiares. amigos y seguidores. Tal vez, eso explique el testamento político, la precipitación del juego sucesorio, el aseguramiento de los pilares del proyecto, el deseo de evitar rupturas en el último tramo de la contienda por la candidatura presidencial y el llamado a definir qué colaboradores lo acompañarán. hasta el cierre del gobierno y que buscará alguno de los cargos en juego el próximo año.

Otra razón. Si el movimiento avala la próxima presidencia de la República, será muy difícil que quien la ocupe sienta en la nuca el aliento de su antecesor. Por disciplina y prudencia no hablan de ello, pero si finalmente les sucede uno de los suyos, ese hombre o esa mujer intentarán trabajar bajo su propia luz y no a la sombra del líder.

Por lo demás, si –según lo establecido– el vencedor debe integrar a la coordinación parlamentaria del Congreso, así como a su gabinete, a quienes compitieron por el cargo presidencial, su margen de maniobra se reducirá aún más. La convivencia con el líder y los excompetidores no será fácil, sin contar los retenes y candados con los que se han asegurado políticas, programas y obras emprendidas en este sexenio.

Por eso, aún con el desafío electoral por delante, el movimiento debe comenzar a explorar vías y mecanismos para valerse por sí mismo. No hacerlo puede llevar a Morena a una crisis antes de lo esperado.

Tras la hazaña de armar, empoderar y convertir un movimiento en una fuerza hegemónica, los dirigentes, cuadros y militantes de Morena no han regenerado la política.

En tal condición qué le puede pasar a Acción Nacional. Con la llegada al poder de los albiazules se abrió la posibilidad de superar la subcultura política legada por la tricolor. Pero, sucedió lo contrario. El panismo no arrastró al priismo a una cultura superior, aquél lo arrastró a la suya. Algo similar está pasando con Morena. Muchos de los priistas que se sumaron al movimiento a última hora y se autodenominan totalmente de Palacio (Nacional) o de izquierda insospechada han hecho de Morena el nuevo vehículo para hacer negocios como siempre. Los peores, el líder del movimiento y algunos de los cuadros más destacados se han puesto en sus manos como si no supieran de qué están hechos.

Y de los grupos aliados, ni hablar. Son franquicias de alquiler o venta al mejor postor, fiestas que han convertido la política en negocio o extorsión. Esto no regenera, degenera la política y es asombroso que el movimiento, habiendo acumulado tanta fuerza y ​​poder, todavía les da o les frota la mano.

Sí, el líder y el movimiento pueden estar de fiesta, pero aun así, deberían revisar seriamente lo que sigue.

Pronto

Inconcebible. El desprestigio de la interna disfrazada de ministra ya arrastró al Ejecutivo que la propuso, al Legislativo que aprobó la propuesta, al Tribunal donde trabaja, a la Universidad Nacional y, ahora, al Tribuno local… y ahí sigue.

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