sáb. Mar 28th, 2026

John B. Reuter murió ayer a una edad muy, muy prematura. Deja una familia con raíces mexicanas y grandes recuerdos de lo que es un gran editor.

El periodismo de México en este siglo se nutrió de su estilo original y nada menos atrevido. Es una pena que ya no estará con su esposa e hijos, ni al frente de sus proyectos originales. Fue un privilegio verlo en acción, una gran oportunidad haber colaborado con él.

No puedo contarme entre los que más lo trataban ni decir que éramos amigos, bueno, amigos. Me contrató a finales de 2004 y durante tres años dirigí Chilango bajo su visión y apoyo.

En ese período fui testigo del talento de un jefe exigente y explosivo; un tipo comprometido con el éxito empresarial, pero también con conseguir que los empleados disfruten de su trabajo y que eso se traduzca en salarios y condiciones laborales dignas, que entonces (y no digamos ahora) ya decía mucho.

Ese Grupo de Expansión de principios del dos mil fue un ejemplo de lo mejor de todos los mundos.

En la casa de Constituyentes se fomentó la informalidad que hoy todos apreciamos en lo que se denomina trabajo a distancia, pero que nadie confunda esa permisividad en los modos con relajamiento del rigor y menos con licencia para no llegar a las metas, no cumplir con lo Se acordó, no estar a la altura.

Cuando algo no salía bien, John gritaba. Estaba desesperado por la mediocridad, el piso, lo que pudo haber sido excelente, lo que quedó en mérito, ‘ai pa lotra’, si hubiéramos tenido un parque…, iba a ser la mejor portada pero el editor se jodió la rodilla, por qué… nada de eso valía con él. Nunca.

En estos días de salas de redacción modestas (y oficinas, para el caso), muchos aprendices de periodismo, diseño, fotografía, ventas, producción o relaciones públicas pagarían por estar en las estridentes sesiones donde John hizo que su equipo hiciera todo lo posible. . literalmente todo lo posible, para conseguir la mejor portada, el mejor artículo, la fotografía perfecta, la revista impecable, un evento sensacional, la mayor audiencia.

No conozco a nadie en esa sala de redacción multimodal que produjo una docena de grandes revistas que apreciara un saludo de John, ni recuerdo a nadie que dijera que después de la sesión difícil surgió un producto peor.

Recuerdo en público esa parte de su carácter no porque fuera lo más importante o lo que lo distinguía. Era algo de su estilo, pero solo eso, una faceta más de un tipo talentoso y, por supuesto, un defensor a muerte de su equipo, un tipo obsesionado con planificar y pensar en grande.

Creía en el periodismo sin concesiones y en que la mejor defensa de éste era la claridad de su objetivo, la solvencia de la información, la pulcritud en la redacción, la contundencia en viñetas y diseño de portada, la belleza de un bien hecho revista. centímetro a centímetro, incluyendo promoción y venta.

Y de una manera no sensiblera, creía en México. En esos años nos animaba a leer todo lo que no fuera mexicano como una forma de ver todo lo que valía en lo mexicano. Y viceversa. No era extranjero, era nativo, de aquí y de allá.

No pocos han agradecido desde ayer las oportunidades recibidas. Ese fue Juan, invitó a trabajar, dejó trabajar, exigió trabajo, aplaudió la ambición, premió el trabajo original, y reivindicó las “pinshis pendejaras”.

Todos los días muere gente, no todos los días muere un John B. Reuter. Gran editor.

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Metro

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