sáb. Ago 8th, 2026

Con frecuencia nos llega información sobre el problema en las ciudades mexicanas fronterizas con Estados Unidos, pero poco se sabe de lo que sucede en los pueblos estadounidenses del otro lado.

En el caso de la frontera con Texas (1.241 kilómetros), sabemos que el gobernador Greg Abbott ha librado una guerra contra lo que llama “la política de fronteras abiertas de Joe Biden”.

Ha construido muchas millas de muro y recientemente dispuso que se colocara una barrera flotante en el Río Grande, frente a Eagle Pass. Creó un grupo de trabajo para atrapar y deportar inmigrantes ilegales y llevó a otros en autobús a ciudades santuario como Nueva York, Chicago y Washington.

En Texas, desde 2004, hay más población hispana que blanca. También es el segmento que más está creciendo, no solo por la migración, sino también por su mayor fecundidad: representan el 50% de los nacimientos. Por lo mismo, los jóvenes hispanos son mayoría y en las escuelas hay más niños con apellidos españoles que anglosajones.

Al mismo tiempo, es un estado sólidamente republicano. A pesar de sus políticas antiinmigrantes, Donald Trump ganó las elecciones allí en 2016 y 2020 y tanto el senador Ted Cruz como Gregg Abbott han sido reelegidos dos veces.

Para comprender esta contradicción, se debe conocer la realidad socioeconómica y política del Estado.

El río ya no es grande ni bravo

Los condados fronterizos se encuentran entre las áreas más pobres de la Unión Americana. Y los del Valle del Río Grande, a dos horas en auto desde Monterrey, parecen del tercer mundo.

En realidad, el Valle no es un valle. Es el delta aluvial del río, cuyos cauces y barras varían según la fuerza de la corriente y los sedimentos de limo, arena y arcilla que ésta trae. También, cuando hay huracanes.

El río está formado por el derretimiento de la nieve de las Montañas Rocosas y por las lluvias torrenciales del verano. Actualmente, solo el 20% de su caudal llega al Golfo de México, por lo que ya no es navegable en su parte final y tiene partes estrechas y poco profundas, con una corriente lenta, por las que es posible cruzar con cierta seguridad.

Con excepción de Harligen, que fue fundada por pioneros del norte, todas las poblaciones de la región son casi 100% de origen mexicano. Las calles y tiendas tienen nombres en español. Pocos aprenden a hablar inglés, comer sin tortilla, o escuchar música que no sea ranchera.

La población de esa región aumentó a fines del siglo pasado, cuando quienes lograban cruzar la frontera no se arriesgaban a internarse más para evitar los controles migratorios.

Muchos viven hacinados en campamentos, cerca de campos de cultivo, respirando pesticidas todo el tiempo.

Otros compraron pequeños lotes en terrenos arenosos, en las llamadas “colonias”, sin agua corriente, alcantarillado, electricidad ni calles pavimentadas; muy lejos de zonas urbanas y servicios médicos o educativos. Al principio viven en cobertizos, luego en remolques y finalmente en casas de un dormitorio.

Pocas de las más de mil colonias han logrado incorporarse como ciudades, con lo que obtienen, tras años de esfuerzos, subsidios para la urbanización y el establecimiento de una oficina de correos y una escuela primaria.

Algunas ciudades, como Laredo y McAllen, prosperaron con el contrabando y luego con el crecimiento del comercio transfronterizo. Otros, como Brownsville, porque su aeropuerto fue, durante muchos años, la última parada para repostar antes de viajar al sur del continente.

El resto de la población sobrevive de la agricultura y los cupones de alimentos. La abundancia de mano de obra hace que los salarios sean muy bajos.

Por eso, los nuevos migrantes no son bienvenidos, especialmente los jóvenes, con los que los dueños de fincas y ranchos reemplazan a los mayores de 40 años. Hay rechazo, sobre todo, a los centroamericanos y caribeños, a quienes no consideran hispanos, sino latinos. .

Durante muchos años apoyaron abrumadoramente a los demócratas, quienes prometieron instalar clínicas y escuelas, además de ofrecerles un trámite rápido y fácil para obtener la residencia y la ciudadanía. Decepcionados porque poco de eso sucedió, votan cada vez más por los republicanos, lo que, como mínimo, limita la población flotante que les quita trabajos y servicios. Y porque han permitido que un par de nativos de la zona lleguen al Congreso.

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Metro

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