dom. Jun 14th, 2026

Una epifanía no pide permiso: llega, como regalo de la vida, de un momento o de una persona. El caso es que nos coge por sorpresa. Por otro lado, hay ocasiones en las que por mucho que queramos e intentemos tener una revelación, esta se nos escapa, bajo la premisa de que cuanto más la buscas, menos aparece.

El día de su boda, el novio entró al templo de la mano de su padre. Era la primera vez que asistía a una ceremonia de la comunidad judía y no sabía qué esperar. La escena estaba fuera de lo común. Sin embargo, fue conmovedor saber que Sara, la madre del novio, había fallecido meses antes. Sin embargo, estoy seguro de que ella estaba allí.

En el momento en que la novia caminó por el pasillo acompañada de sus padres, la energía del templo cambió. El intercambio de miradas de amor entre la pareja, así como entre sus padres, inundó por completo el recinto y contagió a todos los presentes, como si el sentimiento se materializara. He asistido a muchas bodas, he visto a muchos novios enamorados, pero la inocencia, la ilusión, la autenticidad de esta pareja nos envolvía a todos.

La ceremonia terminó con rituales y tradiciones, antes de pasar a la fiesta. El baile de los novios y de los novios se desarrolló de una forma distinta a la habitual: el novio, después de bailar con la novia, bailaba con su padre. Con la canción de fondo “Señora, Dama -de Denisse de Kalafe- a ti que me diste tu vida, tu amor y tu espacio…”, padre e hijo se abrazaron, lloraron y nos hicieron llorar a todos.

Me encantó que se dejaran llevar por lo que sentían. En una ocasión tan importante, se permitieron la libertad de expresar algo tan natural como el amor y la solidaridad. ¿En qué momento se infiltró el machismo en nuestra mente para hacernos pensar que tal escena era imposible? Qué necesario es romper los roles arcaicos y abrirnos a las emociones que durante siglos han buscado la libertad para expresarse.

Después de dos minutos, la canción se cortó por la mitad para dar paso a otra con ritmo de celebración y celebración. En ese instante, padre e hijo se separaron y el ambiente cambió. Me llamó la atención la felicidad plena que había en sus rostros, así como la de los familiares que se juntaron para acompañarlos en la pista de baile. Todos en círculo y entrelazados saltaban a celebrar el amor y la nueva vida que comenzaba.

Me captó la actitud de los protagonistas porque no era una fachada -eso se nota y se siente inmediatamente-, la alegría venía del corazón, como si nunca hubieran sufrido un dolor. Las expresiones de la pareja durante el baile impregnan de magia un acto que puede volverse muy formal, estudiado o falto de autenticidad, cuando se da importancia a la forma y no al fondo. Al igual que en una oración, las palabras repetidas mecánicamente no significan nada, lo que las imbuimos al pronunciarlas es lo que crea el hechizo. ¡Qué lección! La escena se congeló en mi mente. “Así es la vida”, pensé: el amor y el dolor son caras de una misma moneda. Si queremos ser felices, depende de nosotros aprender a vivir la tristeza y la alegría al mismo tiempo.

La fiesta brindó a los invitados una muestra del significado del amor, así como de una actitud vital y de unidad familiar. Elementos que nos devuelven al presente para apreciarlo y atesorarlo tanto en momentos de tristeza como de alegría, cuando se borra el tiempo y se encuentra la sabiduría.

Vivir y morir, amar y perder es lo que nos toca como parte de la vida.

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