mar. Abr 7th, 2026

Cuando se obtiene un cargo público, especialmente cuando se alcanza por elección, se lleva a cabo una juramentación. Es un juramento, que comienza diciendo: “Protesto por cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanen…”. Este compromiso, lamentablemente, no implica una sanción por no cumplir, sino sólo un “que la nación me lo exija”, que no parece servir de mucho, a menos que la nación tenga una forma de expresarse.

Durante la primera mitad de su gobierno, que como hemos comentado aquí comenzó en septiembre de 2018 con control mayoritario en ambas cámaras, López Obrador tomó decisiones muy malas, desde mi punto de vista, pero no necesariamente contrarias a la Constitución: la cancelación del aeropuerto, los primeros intentos de revertir la reforma energética, las presiones a concejales de organismos autónomos, dañaron la institucionalidad, pero no fueron flagrantemente contrarias a la Constitución, aunque sí a las normas y, según se interprete, tal vez contra algunas leyes.

Desde su derrota en 2021, cuando perdió la mayoría calificada en el Congreso y solo pudo ganar las elecciones locales a manos del crimen organizado, el Presidente ha olvidado su protesta. Tiene tres intentos fallidos de reforma constitucional, frente a los cuales ha promovido cambios legales claramente inconstitucionales. En el caso del tema eléctrico, así lo han confirmado al menos siete ministros; en la Guardia Nacional, aunque no ha sido procesado, también es flagrante. Ahora, en lo electoral, la evidencia es contundente.

Pero en este último caso, el asunto es mucho más grave. Lo que hace López Obrador, gracias al servilismo de diputados y senadores de su coalición, es romper el orden constitucional, no solo violar la Carta Magna. Modificar la forma en que se alcanza, utiliza, distribuye y abandona el poder es cambiar el régimen político. Esto se puede hacer a través de procesos negociados, o de manera autoritaria, ya sea violenta (como una revolución) o abusando del poder (como un golpe).

En México estamos viviendo un proceso de cambio de régimen, una transición negociada, consensuada o votada, según diferentes autores, en respuesta a las elecciones de 1988. Esto ocurrió a través de dos reformas, en 1990 y 1996, que permitieron la gobernabilidad a través de la liberalización del sistema político. El primer beneficiario de este proceso fue el bloque echeverrista, entonces aún encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas, pero ya con la estrella naciente de López Obrador, quien rápidamente se colocó al borde de la legalidad, y a partir de ahí fue ganando espacio: compitió sin la Derecha lo hizo por la capital del país en el 2000, despreció a la Corte desde ese cargo, inventó un fraude cuando no pudo ganar en el 2006, se consagró como presidente legítimo…

En los últimos 18 meses, como ya hemos comentado, ha perdido completamente el control de sí mismo, en la búsqueda de perpetuarse en el poder. Ya no se trata de que esté al borde de la legalidad, sino que desde la propia Presidencia está violando la Constitución sin ningún reparo. Está rompiendo su juramento, en la medida en que ahora está tratando de alterar el régimen político en el que vivimos sin tener que hacerlo con los requisitos constitucionales. Dicho más fácil: está rompiendo el orden constitucional. O si lo quiere en términos mediáticos: es un golpe de Estado.

De ahí mi insistencia en que este camino conduce a la violencia generalizada. Un muégano político, sin disciplina ni coherencia, encabezado por un megalómano ya desquiciado, será incapaz de procesar el desencanto y el enfado de la población. Una vez allí, cualquier cosa puede pasar.

Veremos qué pasa, pero tomémonos un respiro de fin de año. Nos volveremos a ver el 2 de enero.

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